A ninguna parte

Una madre y su hijo, refugiados en cualquier sitio. Imagen: heblo (CC0)

Habían atravesado la capa de nubes y un sol radiante bañaba todo el interior del avión… Por la ventanilla, se podía ver volar en perfecto orden a aquella hermosa bandada de pájaros amarillos y turquesas. Batían sus alas con energía, como si se esforzaran por marcar una senda invisible por la que, al parecer, nuestro vuelo debía discurrir. En realidad, nadie de las decenas de personas que allí dentro permanecíamos hacinadas sabíamos exactamente adónde nos dirigíamos, qué fatal destino nos deparaba al final del viaje. Por el momento, de lo único que éramos conscientes era de la inquietante paradoja que nos acechaba, que había anestesiado nuestra voluntad y nuestros corazones. Cómo no sentirse inútilmente atrapados, amordazadas las palabras y las ideas, cada vez que observábamos aquel vuelo libre que nos acompañaba. Cómo no desahogarse en lágrimas tratando de entender por qué habíamos sido repatriados sin tan siquiera tener patria. Cómo no desvanecerse sintiendo que hubo un día en el que nos movió el ardiente deseo de encontrar una vida mejor, y ahora nos ahogaba la desesperanza.

A los repatriados de cualquier lugar y tiempo, que fueron condenados a volver al infierno

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