La más alta cima

Ilustración: Pixabay

La arena del reloj celeste a veces se duerme en su propio sueño, alargando hasta lo imposible su último segundo misterioso. Deja, poco a poco, impacientar mi deseo de que una brisa cualquiera asome a través del ventanal resplandeciente y me anime a volar con ella hacia la abierta inmensidad de un universo aún por descubrir.

Desde lo alto, desde la cima más dibujada en el aire, he de observar caminos indescifrables, gigantes de humo, enanos de piedra, solitarios y mudos, que tratan de agitarse empujando sus vidas. No me sentiré ni más ni menos, ni alto ni poderoso. Solo pretenderé asomarme entre nubes hacia la confusa insolencia de un mundo que parece querer alejarme de ti. Volaré solo si es preciso, cubierto de lluvia, nieve o viento, hacia la luz, hacia un planeta con un infinito horizonte.

Si en un destello de suerte buscada pudiera adivinar tu figura, te diría ven, deseo sentir tu cuerpo a mi lado, flotando suavemente cerca de mí, y, apartados del polvo y la tierra, habitaríamos solos en la más elevada cima del universo.

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