En nombre del padre (II)

Jean Renoir & Pierre-Auguste Renoir


Foto: Pierre Bonnard © Musée d’Orsay

Recuerdos imborrables

«En abril de 1915, herido en una pierna por “un hábil tirador bávaro”, Jean Renoir es hospitalizado en París. El joven convaleciente se reúne con su padre, reumático y ya inválido, al que apenas le quedan cuatro años de vida, y se entretienen el uno al otro: “A cambio de mis historias de guerra, Renoir me contaba recuerdos de juventud”. Mucho tiempo después, en 1962, el hijo publicaría sus memorias de estas charlas íntimas: “Con frecuencia me he reprochado no haber publicado las palabras de Renoir nada más morir él. Ahora ya no me arrepiento. Los años y mis experiencias propias me permiten entenderlo mejor”».

Así reza parte del texto de la contraportada del libro Renoir, mi padre, en el que Jean Renoir, por aquel entonces ya convertido en uno de los grandes directores de la historia del cine, relata con todo lujo de detalles la vida de su padre y la estrecha relación que mantuvo con él, especialmente durante su infancia y adolescencia. Cuando hablamos del padre, nos referimos nada menos que al pintor francés Pierre-Auguste Renoir, una de las más figuras destacadas del impresionismo, así que está claro que aquel encuentro casual entre padre e hijo debió de tener momentos inolvidables, llenos de intimidad, sinceridad, amor y revelaciones mutuas, como al menos puede deducirse de este «documento excepcional» que es el libro de Jean. Él mismo se atreve incluso a reconocer al comienzo del Capítulo I que aquel tirador bávaro «me regaló una bala en una pierna», seguramente porque, de no haberse producido ese hecho, nada de lo que sucedió a partir de entonces hubiese tenido lugar; es decir, el emotivo encuentro con su padre que él jamás olvidaría. Para José María Aresté, por ejemplo, «hay un profundo cariño filial de Jean detrás de cada página del libro, pero además queda clara la visión del mundo y del hombre de padre e hijo, además de un cuadro vivísimo de la historia decimonónica de Francia, de cómo era París entonces y del modo en que se encauzó la vocación pictórica de Auguste»[1].

Bien es cierto que sobre las relaciones que ambos mantuvieron no hay demasiados testimonios, salvo quizás los numerosos cuadros en los que Jean posó para su padre siendo aún un niño, de modo que resulta casi inevitable remitirse a todo cuanto se relata en este magnífico libro, que para algunos es «uno de los mejores retratos literarios dedicados a un artista». Pero, leído con interés y detenimiento, resulta suficiente para comprender el cariño y la admiración mutua que existía entre ambos, y a veces también, por qué no, el rechazo y la disparidad de pensamientos. En esa disyuntiva, sin embargo, resulta emocionante la forma en la que Jean habla de su padre y cómo añora su ausencia, a pesar del tiempo transcurrido desde su fallecimiento, en 1919. «Con frecuencia —escribe Jean— he dejado libre la imaginación y he tenido la esperanza de verlo aparecer por la esquina de la calle, vistiendo el blusón de pintor, llevando la caja, el caballete y el lienzo, caminando a buen paso, retorciéndose, con ese ademán nervioso que yo conocía tan bien, la breve perilla castaño claro, encendido aún por completo con la presencia de las hadas que le habían hecho compañía por la penumbra de los sotobosques».

Resulta, desde luego, sorprendente a lo largo de todo el libro la entrañable minuciosidad con la que el director de películas tan extraordinarias como Una partida de campo (1936), La gran ilusión (1937) y La regla del juego (1939), entre otras muchas, habla de su padre; no solo de su manera de pintar, sino también de su forma de comportarse, de pensar, de hablar y hasta de moverse; todos ellos recuerdos imborrables que comparte con una deliciosa ternura. «La característica principal de mi padre —escribe Jean— y de todos cuantos lo rodeaban era el pudor. Instintivamente, desconfiaban de todos los sentimientos que se veían demasiado. Renoir habría dado la vida sin titubear por sus hijos. Pero le habría parecido indecente hablar de sus sentimientos con cualquiera, incluso quizá consigo mismo». Eso sí, reconoce también: «Con la excepción de actos que faltasen al respeto a los hombres y a las cosas, a mis hermanos y a mí nos consentía casi todo. Podíamos tener malas notas en clase, saltar la tapia del internado, hacer ruido mientras trabajaba, ensuciar el suelo, volcar un plato lleno, cantar canciones groseras. Hacernos sietes en la ropa». Sin duda, pocas cosas hay en Pierre-Auguste Renoir que su hijo no sepa o no recuerde, incluyendo las más íntimas y personales, lo que demuestra la verdadera fascinación que sentía por él, ya desde pequeño, y que lo acompañó a lo largo de toda su vida, hasta el punto de que en algunas de sus películas queda patente la influencia, creativa y emocional, que su padre ejerció sobre él. «Siempre traté de saber —reconocía una vez el propio Jean— cuánto me influyó mi padre», aunque bien es cierto que no siempre esa influencia la comprendió del todo.


[1] «decine21» (23-4-2007): http://decine21.com/libros/81463-renoir-mi-padre.

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