En nombre del padre (IV)

Wolfgang Amadeus Mozart & Leopold Mozart

Ilustración: Leopold Mozart, Wolfgang y Maria Anna (1763), de Louis de Carmontelle

«Mon très cher pére»

Salzburgo, a comienzos de 1760. En esta preciosa localidad austríaca, un niño de apenas cinco años que atiende al nombre de Wolfgang Amadeus Mozart no solo demuestra ser un excelente violinista y, sobre todo, un virtuoso tocando instrumentos de teclado, como el clavicordio, sino que a esa temprana edad ya había compuesto 22 piezas de gran mérito, algunas de las cuales aún se siguen interpretando hoy día.

Detrás del extraordinario don para la música del pequeño Mozart había, sin duda, un innegable talento natural, pero probablemente también un componente genético, ya que su padre, Johann Georg Leopold Mozart, era un excelente violinista, además de compositor, profesor y experto en teoría de la música, como lo demuestra su libro «Versuch einer gründlichen Violinschule», un completo tratado sobre la técnica del violín, traducido a varios idiomas, que llegó a ser la obra más influyente de su época.

La formación musical de Leopold Mozart, desde luego, fue esencial para que enseguida reconociera el enorme potencial tanto de Wolfgang como de su hermana Nannerl, o sea, Maria Anna Walburga Ignatia —los dos únicos hijos que habían sobrevivido a los siete que tuvo en su matrimonio con Anna Maria Pertl—, cuatro años y medio mayor que él y también una seria aspirante a «niña prodigio» tocando el clavicordio o el piano, aunque, en aquella época, su condición de mujer le auguraba una carrera musical no demasiado larga, como así sucedió en efecto.

Con dos hijos como los suyos, estaba claro que algo debía de hacer su padre para mostrarle al mundo su talento musical, así que, cuando Wolfgang cumplió los seis años, decidió emprender con ambos una larga gira por las principales cortes europeas. A partir de entonces, Leopold lo dejó todo, incluso su puesto al servicio del príncipe del arzobispado y el de segundo maestro de capilla en la corte, para dedicarse por completo a sus hijos, especialmente al pequeño Mozart, que era en quien tenía la plena seguridad de que, tarde o temprano, llegaría a ser un genio de la música.

Leopold se entregó, pues, en cuerpo y alma al desarrollo del talento de su hijo, lo que inevitablemente hizo que las vidas de ambos quedaran unidas para siempre, ya fuera en la cercanía o en la distancia, en el cariño o en la indiferencia, en la admiración o en el rechazo. Como señala Andrew Steptoe, un eminente psicólogo británico y gran conocedor de la vida y la obra de Wolfgang: «La influencia más importante sobre la vida y desarrollo de Mozart fue la de su padre Leopold»; a lo que el escritor y psicoanalista argentino Arnoldo Liberman añade: «Pocas veces, como en el caso de Mozart, la presencia paterna ha forjado y estructurado un perfil psicológico filial con tanta comparecencia». De hecho, a pesar de que a los 21 años decidió independizarse de su padre e incluso rechazó el puesto que este le había conseguido para trabajar con el arzobispo de Salzburgo, la relación entre ambos continuó siendo estrecha y permanente, aunque no exenta de altibajos, quizá porque, a pesar de sus diferentes caracteres, había una dependencia mutua que siempre se mantuvo viva.

Wolfgang, en efecto, no quiso volver a Salzburgo, porque «no es un lugar ideal para mi talento» y, además, «el arzobispo no tiene el suficiente dinero para pagarme por la esclavitud de Salzburgo», pero durante toda su vida, incluso estando ya casado y trabajando en Viena, mantuvo una permanente correspondencia con su padre. En este sentido, la mayor parte de las 400 cartas personales que escribió a su familia y amigos, una cifra sorprendente que casi puede equipararse con las más de 600 obras musicales que compuso, estaban dirigidas a Leopold, aunque también las hay a su esposa, Constanze Weber, y a su hermana Nannerl. Como afirma Viviana Adatto en su artículo «Las cartas de W. Amadeus Mozart a su padre», en ellas «le da una detallada y fascinante exposición de los pormenores de sus composiciones, alude a los vínculos que teje en torno a ello y a la aceptación o no de sus obras»[1]. Para Vonne Lara, además, en esas cartas hay «registro de sus preocupaciones; del amor a su padre y a su familia; de su lenguaje a veces pícaro y a veces melancólico y enamorado»[2].

Para ser más explícitos, en la carta que, por ejemplo, el 9 de mayo de 1971 le envía a su padre desde Viena explicándole su renuncia a su puesto en la corte de Salzburgo, escribe: «Mon très cher père![3] ¡Todavía estoy lleno de cólera!… y usted, mi excelente, mi queridísimo padre, lo estará sin duda conmigo… Se ha puesto a prueba mi paciencia durante tanto tiempo… Hasta que al final no ha podido más. Ya no tengo la desgracia de estar al servicio del soberano de Salzburgo… Hoy ha sido un día de felicidad para mí. […] No quiero saber nada de Salzburgo… —concluye en la carta— Odio al Arzobispo hasta el frenesí. Adieu… Le beso 1.000 veces las manos, abrazo a mi querida hermana de todo corazón y soy para siempre su hijo obedientísímo».

Más reveladora aún, desde luego, es la última carta que Mozart le escribió a su padre desde Viena, el 4 de abril de 1787, en la que queda clara la estima y el cariño que sentía por él. En ella, entre otras cosas, le escribe: «Acabo de conocer una noticia que me abruma, y tanto más cuanto tenía razones para suponer, tras vuestra última carta, que gracias a Dios os encontrabais muy bien. Acabo de saber que estáis bastante enfermo. No tengo necesidad de deciros con qué ardiente deseo aguardo noticias vuestras que me consuelen; y cuento con ello, aunque sea mi costumbre imaginar lo peor en cualquier circunstancia. […] Deseo, mientras escribo esto, que os encontréis mejor, y lo espero; sin embargo, si, contra todo lo previsto, no estuvierais mejor, os ruego entonces que no me ocultéis, sino que me escribáis o hagáis que me escriban la pura verdad, para que pueda estar en vuestros brazos en cuanto sea humanamente posible. Os conjuro a ello, por todo lo que nos es sagrado.

Wolfgang Amadeus Mozart».

[1] https://nucep.com/publicaciones/cartas-de-mozart/#.W0SNm17tZaQ

[2] https://hipertextual.com/2016/11/mozart-cartas

[3] Casi todas las cartas que Mozart escribe a su padre las encabeza con esta expresión en francés.

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