En nombre del padre (V)

Aleida Guevara & Ernesto «Che» Guevara

Foto: Fundación UMMEP

Amor en la ausencia

Aleida Guevara es una pediatra cubano-argentina a la que su nombre la delata enseguida. Si se apellidara de otro modo, es más que probable que solo supieran quién es las personas de su entorno, o sea, sus familiares, amigos, vecinos y compañeros de trabajo. Sin embargo, el apellido «Guevara» hace que de inmediato se la relacione con Ernesto «Che» Guevara, uno de los personajes más emblemáticos del siglo XX, conocido sobre todo por su activa participación en la Revolución cubana, lo que inevitablemente hace que su figura despierte grandes pasiones a favor y en contra.

Así que no hay la menor duda de que la doctora Aleida Guevara March es, efecto, la menor de las dos hijas del mítico comandante y de su segunda esposa, Aleida March, algo que desde niña la ha marcado para siempre, y no solo por lo que el Che simbolizó desde el punto de vista social y político, sino también por lo que para ella representó como padre. En este sentido, resulta sorprendente el decisivo papel que ha jugado durante toda su vida, teniendo en cuenta que Ernesto Guevara murió cuando ella apenas tenía siete años. Desde luego, son muy pocos los recuerdos que guarda de él: «los escritos, las historias ajenas y los relatos de su madre», como ella misma afirma. ¡Ah!, y ese león de peluche que su padre le mandó desde África para que, como en el cuento que su madre solía contarle antes de dormir, la acompañase por las noches hasta que dejara de tener miedo. Un peluche, por cierto, que todavía conserva, como si fuera el mayor de sus tesoros. «Fue una cosa muy bonita para mí —reconoce Aleida—, y ahora que soy adulta lo valoro mucho más, porque era un león que representaba el verdadero animal del cuento; por tanto, iba a ser mi compañero a partir de ese momento. Además, era un regalo de mi papá, que no solía hacerlos, porque papi para esas cosas era muy austero».

En el documental Ausencia presente, estrenado en 2017 con motivo de la conmemoración del 89.º aniversario del nacimiento del Che, la propia Aleida se pregunta: «¿Por qué quiero a mi papá si no lo tuve casi nunca a mi lado?». Entonces solo tenía 16 años aunque, en realidad, hacía ya años que venía preguntándose lo mismo, es decir, cómo era posible querer tanto a una persona con la que apenas había convivido. Para encontrar una respuesta razonable a esa duda, Aleida buscó en su memoria las imágenes y los escasos pero intensos recuerdos que tenía de él, y todos y cada uno de ellos le fueron confirmando que era un cariño real, no inventado ni ficticio. «A pesar del poco tiempo que convivimos —afirma Aleida—, mi papá se había ganado ese afecto, ese amor y ese respeto que siempre he tenido por él». Según Aleida, «demostró que era un hombre con una gran capacidad para amar y que, a pesar de la distancia y el tiempo, logró que nosotros lo quisiéramos y lo amaramos».

Muchos son, en cualquier caso, los recuerdos que hoy conserva de su padre. Algunos de ellos son imágenes de Ernesto Guevara que ha podido ver a lo largo de todo este tiempo; otros son historias que ha leído sobre él o que otras personas le han contado, pero también hay recuerdos que continúan vivos en su mente y en su corazón, como si hubiesen sucedido ayer. De todos ellos, Aleida evoca especialmente «una imagen que ha quedado en mi memoria y que para mí es de las cosas más tiernas». En ella, como explica Aleida con una emoción contenida, «esta mi papá vestido de militar, y yo estoy mirándolo como de perfil. Mi madre está de espaldas a mi papá y en su hombro está la cabecita de mi hermano más pequeño, Ernesto, que apenas tiene un mes de nacido. Él, con una mano grande, está tocando la cabecita del niño, pero lo hace de una manera muy especial… Hay mucha ternura en esa escena. Yo tenía apenas cuatro años y medio, y recuerdo perfectamente lo que estoy diciendo. Mi papá quizás se estaba despidiendo, no lo sé. Muchos años después yo supe que esos fueron los últimos momentos que estuvo con nosotros. Pueden haber sido muchas cosas, pero lo que sí es cierto es que muchos años después yo mantengo muy fresca esa imagen, y es la última que me queda de ellos dos juntos».

En cualquier caso, como bien cuenta Aleida en el documental Ausencia presente, el recuerdo más amargo de su vida es el aquellos días en los que se entera del fallecimiento de su padre. «Hay imágenes que vienen de pronto —explica—: estoy en un auto, dando vueltas en la calle, y de pronto empiezo a ver imágenes de mi papá. Son fotos grandes, y no entiendo por qué hay tantas fotos suyas, no leo corrido todavía, tengo 6 años, no llego a 7, y me cuesta trabajo leer rápidamente».

Fue al día siguiente, sin embargo, al hablar con su madre, cuando se enteró de que algo malo había sucedido: «Me sentó en la cama y me dijo: tengo que hablar contigo. Yo no recuerdo en ningún momento que mi mamá me haya dado la noticia. Ella sacó una carta y la empezó a leer. Mi mamá estaba llorando leyendo la carta y al final dice: un beso grande de papá. Esa niña pequeña unió las dos frases, la de delante y la del final, y se dio cuenta de que ya nunca más iba a tener papá. Me acuerdo de que una lágrima iba a salir […]. Me incorporé en la cama y le dije a mi mamá: no podemos llorar; si mi papá murió, murió combatiendo como él quería, y no se puede llorar por los hombres así. Es el recuerdo que me queda de esa noche, cuando por primera vez supe que mi papá había muerto».

La carta a la que Aleida hace referencia es la que el Ernesto Guevara escribió a sus hijos, poco antes de morir, a modo de despedida. En ella, entre otras cosas, puede leerse:

«A mis hijos

Queridos Hildita, Aleidita, Camilo, Celia y Ernesto:

Si alguna vez tienen que leer esta carta, será porque yo no esté entre uds.

Casi no se acordarán de mi y los más chiquitos no recordarán nada.

Su padre ha sido un hombre que actúa como piensa y, seguro, ha sido leal a sus convicciones. […]

Hasta siempre hijitos, espero verlos todavía. Un beso grandote y un gran abrazo de Papá».

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