En nombre del padre (VII)

Juan de Austria, «Jeromín» & Carlos V

Presentación de don Juan de Austria al emperador Carlos V en Yuste (1868), de Eduardo Rosales

Una historia muy «real»

Mucho se ha escrito sobre «Jeromín», aquel niño de «padres desconocidos» que, allá por mediados del siglo XVI, muchos veían corretear por las calles de la localidad madrileña de Leganés, y que con el discurrir del tiempo acabaría convirtiéndose nada menos que en Don Juan de Austria, destacado militar y diplomático que llegó a ostentar los cargos de Gobernador de los Países Bajos españoles y comandante de la Santa Liga de Estados, lo que hizo de él uno de los hombres más poderosos y afamados de su época y hasta un auténtico héroe nacional, dado su decisivo papel en la célebre batalla de Lepanto.

Ciertamente, entre un hecho y otro hay una larga y apasionante historia, con tintes de novela caballeresca, en la que se mezclan sucesos reales con rumorología popular, leyendas, secretos, mentiras y fabulaciones. En tales circunstancias, no es de extrañar que tanto Jeromín como Don Juan de Austria, o sea, las dos caras de la misma moneda, alcanzaran una popularidad inusitada, que bien podría decirse que perduró largamente en el tiempo. De hecho, por ejemplo, tuvieron un éxito más que notable Jeromín, la novela dialogada de Luis Coloma publicada en 1902; la película de igual nombre inspirada en la obra de Coloma y dirigida por Luis Lucia, cuyo estreno en 1953 causó auténtico furor; además de otras novelas juveniles y cuentos históricos como Don Juan de Austria (1950), de Juan de Ariza, o Juan de Austria, el vencedor de Lepanto (1969), obra ilustrada a modo de cómic con guion de E. M. Fariñas y dibujos de Antonio Guerrero, hoy día todo un clásico del género.

Como es fácil suponer, esta especie de melodrama histórico no hubiese tenido el desenlace que tuvo de no haberse sabido finalmente que el pequeño Jeromín era, en realidad, el hijo secreto, ilegítimo o bastardo —según apreciaciones de cada cual— del rey Carlos I de España y V de Alemania, o sea, asimismo emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, y de Bárbara Blomberg, dama alemana que, a la postre, acabaría contrayendo matrimonio con Jerónimo Píramo Kegell. Este, por no dejar incompleto el relato en los primeros capítulos, asumió la tutoría del niño, a cambio de ser nombrado comisario del Ejército del emperador en la Corte de María de Hungría en Bruselas, y hasta consistió que fuese bautizado con su nombre; de ahí el apodo de «Jeromín» que, para bien o para mal, acompañaría al vástago del monarca y emperador durante toda su vida.

Así las cosas, y aunque pudiera parecer que quiso desentenderse de este hijo suyo «no reconocido», lo cierto es que siempre estuvo al tanto de su educación. De hecho, en cuanto tuvo conocimiento de la más que dudosa reputación de Bárbara Blomberg, ordenó a don Luis Méndez de Quijada, su leal mayordomo, amén de consejero y confidente, y único conocedor de la existencia del niño, que viajara a Bruselas y lo trajera en secreto a España, donde quedaría a cargo de Francisco Massy, «tañedor de viola», para más señas, y de su esposa, Ana de Medina.

Apenas cuatro años después, sin embargo, las poco halagüeñas noticias que llegaban de que la educación del niño no estaba siendo la más apropiada hizo que, por decisión del monarca, Jeromín pasara a ser tutelado por el propio Luis Quijada y su mujer, Doña Magdalena de Ulloa, quienes lo acogieron como si fuera hijo propio y pusieron todo su empeño en que tuviera una adecuada formación humana y espiritual; o sea, «misa diaria, intensa formación religiosa, con una atención especial a la práctica de las obras de misericordia, lo que contribuyó a hacer de D. Juan un hombre generoso, abierto y de buenos sentimientos hacia el prójimo», tal y como escribe José Antonio Vaca de Osma en su completo ensayo biográfico sobre Juan de Austria (Don Juan de Austria [Espasa Calpe, 32004]).

Visto el emocionante desarrollo que iba adquiriendo la historia, lo que resultaba evidente era la constante preocupación que el rey mostraba por su hijo, a pesar de seguir manteniéndolo en secreto y de no reconocerlo como tal. De lo que ya no hay constancia, ni oral ni escrita, es de lo que realmente pudiera sentir por él, toda vez que aún no lo había visto y tampoco parecía que tuviera intención de conocerlo. Bueno, hasta que, movido quién sabe si por el deseo, la curiosidad o el cariño oculto, cuando finalmente decidió abdicar y retirarse al monasterio de Yuste, poco tardó en solicitar a Luis Quijada y a Doña Magdalena que se trasladaran a vivir al pueblo extremeño de Cuacos de Yuste.

Parece obvio pensar que este deseo del monarca de tener cerca a su hijo no escondía otra intención que la de poder conocerlo en persona, como así sucedió finalmente en 1558, cuando Jeromín solo contaba once años de edad y aún no tenía conocimiento de quién era su padre, ni lo tuvo hasta después del fallecimiento de este, el 21 de septiembre de ese mismo año, quizá con el deseo ya cumplido de haber podido conocer por fin a su hijo, al que tan celosamente había guardado hasta entonces.

No fue, pues, hasta después de la muerte de Carlos I cuando se conoció la verdadera identidad de Jeromín, toda vez que en una cláusula secreta de su testamento, curiosamente redactado en junio de 1554, o sea, más de cuatro años antes de su muerte, dejaba reconocimiento expreso de su existencia. «Demás de lo contenido en este mi testamento —deja escrito en el mismo—, digo y declaro que por cuando estando yo en Alemania, después que enviudé, tuve un hijo natural con una mujer soltera, el cual se llama Jerónimo». Además de otras consideraciones personales, en el testamento también deja estipulada una renta anual para su hijo, lo que en buena medida revela que siempre asumió su papel de «padre en la sombra». «Es mi voluntad y mando —hace constar en el testamento— que se le den de renta, por vía ordinaria, en cada año, de veinte a treinta mil ducados en el reino de Nápoles, señalándole lugares y vasallos con la dicha renta».

Un buen desenlace, sin duda, para una emotiva y enrevesada historia, «real» como la vida misma, de la que aún quedaría mucho por contar. Baste decir, por no dejar al lector con la miel en los labios, que la presentación pública de Jeromín, y, por tanto, que este supiera por fin quién era su padre, tuvo lugar en 1559. Por expreso deseo del rey, de todo ello se encargó Felipe II, su hijo legítimo y, por ende, su sucesor, quien de inmediato le cambió el nombre de Jeromín por el de Juan de Austria y hasta le otorgó casa propia, al frente de la cual colocó al inestimable Luis de Quijada.

Y fin de la historia, salvo que a alguien le pique la curiosidad por saber más de las futuras y más que emocionantes andanzas de Don Juan de Austria, para lo cual bueno será remitirle al libro de Coloma, a la película de Luis Lucia o a alguna de las muchas biografías que han retratado a este personaje de gran calado histórico, audaz, inteligente y ambicioso, que pasó de ser un niño anónimo de la calle a hijo reconocido de Carlos I de España y V de Alemania.

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