La llegada de Sara

Palabra de escritor

Nos habían dado día y hora, como el que reserva una mesa en un restaurante, de modo que el «efecto sorpresa» se había perdido por completo: nada de roturas de agua, nada de sobresaltos nocturnos, nada de preparativos improvisados, nada de volantes sin sellar, nada de contracciones incontrolables… Aun así, las fechas previas al «día H» las vivimos con la lógica inquietud y, al mismo tiempo, con el deseo de que todo acabara cuanto antes. Al fin y al cabo, el embarazo se había hecho interminable, con demasiadas complicaciones desde el principio que parecían no fueran a resolverse nunca.



En busca del «del paquete»

Pero, finalmente, a las nueve en punto de la mañana, ahí andábamos mi mujer y yo camino de la clínica, con la maletita en la mano y el corazón repartido entre nuestro hijo Alejandro, de ocho años, a quien, cómo no, habíamos dejado con sus abuelos…

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