Abstracción

«La montaña azul» (1908-1909), de Vasily Kandinsky

Formas mezcladas con formas.

Colores y trazos

tiñendo un lienzo virginal

de azules claros,

de pálidos verdes,

de amarillos dorados,

de rojizos llameantes.

Líneas sinuosas,

curvas dormidas en rectas infinitas,

cuadrados de tres lados y medio.

Reflejos y sombras disimuladas

ocultando un rostro de mujer

tratando de huir despacio

de una pincelada negra

que confunde sin confundir

la blancura de sus mejillas

con la intensa negrura

de una noche ausente

de estrellas y lunas.

Una ventana abierta al infinito

envuelta en espirales domadas

como caballos salvajes

relinchando en valles enrejados.

Quizá el artista olvidó dibujar pesadillas

con su corazón posado en sus manos

describiendo paraísos violetas

emergiendo de entre dunas desiertas.

El sentimiento rebasó al talento

en el instante de plasmar la vida,

la emoción desgarrada

que no siempre es bella.

Pintaba el alma, no la razón,

acompañada de soledad,

mientras un delicado silencio

trazaba imágenes en el aire

asomando la poética lucidez

del pintor que dibuja versos.

Paralelas y verticales,

cuadrados y rectas,

ondas de tonos alborotados,

la abstracción hecha arte,

resucitando de la nada

la sugerencia del todo.

Cielos tapiados de polvo,

soles de tardes nubladas,

memorias recobradas,

inmortalidad pereciendo.

Cuadro y hombre,

ensueño y hombre,

el universo entero

dibujado en óleos

de blanco inmaculado.

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