Canción dolida

Palabra de escritor

Ilustración: Natalia Lavrinenko

¡Cómo no he de amarte, dímelo tú, fuego de mi sombra, sabiendo que aún existes a mi lado! ¿A quién he de ofrecer mi corazón y mi cordura, si al mirarla recostada sobre mi pecho, lo siento lleno de ti?

No pretendas que otros ojos arrullen mi sueño, cuando tú eres mi paz y mi sosiego, el horizonte en el que ha de renacer mi crepúsculo apagado. ¿Por qué he de huir de tus cadenas si anhelo que tus labios esclavicen mi libertad?

Escucha, hermosa paloma, cómo mi voz se desgarra en el abismo de los silencios, y en su pasión anida esta amorosa canción. Le pone alma y le pone versos, un pétalo de rosa encendida y cientos de palabras ardiendo.

Miedo me da quererte tanto. Si por mí fuera, no permitiría ni que el sol existiera; me bastaría tu acalorado fulgor para que en mí…

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El laberinto de la memoria

Estoy enredado en el laberinto de mis recuerdos. No sé de lugares ni de tiempos. No sé de espacios ni de horas, de minutos y segundos. No distingo el todo de la nada; tu nombre del mío, tu mirada de la mía, el perfil de tu rostro ni la silueta de tu cuerpo. No recuerdo el roce de tus labios ni la dulzura de tus manos agarradas a la mías, apretándolas fuertemente hasta nunca decir basta. No sé si estuviste o no, si fuiste realidad o solo una imagen trazada en el aire.

Oda a la soledad [Anexo]

Palabra de escritor

Ilustración: Egin Akyurt

Los hay que aún andan huérfanos de amor y un poco de compañía, solos en mitad de un vacío que no consiguen colmar. Pero también los hay que han visto cómo lentamente se desvanecían sus viejos sueños, sus grandes o pequeñas esperanzas, sus revoluciones interiores o las que querían aflorar para cambiar el mundo. Tal vez es que, casi sin darnos cuenta, cuando echamos la vista atrás comprobamos que hemos ido perdiendo demasiadas cosas que siempre debieron pertenecernos, pero que alguien nos ha ido arrebatando sin pedirnos permiso. Quizá es que nos hemos dejado abducir por falsas promesas para luego dejarnos desnudos en mitad de la nada, enredados en un laberinto de ideas y enajenaciones ajenas.

En este «invierno de nuestro descontento» ya no queremos que nos hieran más, que nos desangren el corazón y la mente. Solo queremos recuperar nuestra vida, nuestra única y preciosa vida…

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Raíces profundas

Dibujo: Sara Molina

Al quebrar los últimos vientos del atardecer, Matías miró a su hijo y vio cómo la noche se dormía en sus ojos infantiles y profundos. Lo observó en silencio, callado como la hierba que descansaba a sus pies, y no pudo entender del todo que aquel hombrecito, mitad niño, mitad diablillo, formara parte de su vida, como su aliento o sus manos. Bajo el cielo en duelo, enlutado en lo alto, Matías sintió renacer su memoria. Cada año, cada uno de los siete años de su hijo, era tiempo de su tiempo, una etapa más en el resumen de su historia más reciente; quizá el periodo más amargo de su vida, en el que la desdicha y la miseria habían asolado a su familia, pero también el tramo de su existencia durante el cual con mayor intensidad había experimentado su espíritu luchador y su hombría, su satisfacción inmensa de ver crecer a su lado a ese pequeño orgullo de expresión frágil y traviesa, a quien había entregado su cuerpo y su alma.

«¡Dios mío, ya siete años», se dijo a sí mismo Matías, mientras el cántico de las estrellas rodeaba la cima oscura del firmamento. Difícilmente podía creer que tantos días sucediéndose uno a uno hubiesen transcurrido ya, con aquella vertiginosa rapidez. Habían sido tantos los hechos sucedidos, los acontecimientos vividos, que no era posible imaginar que todo aquello ya solo formara parte del recuerdo. En el transcurso de esos años él y los suyos habían pasado del esplendor a la pobreza, del deseo a la desesperanza, del valor al miedo, del pasado al presente. Únicamente algo había permanecido siempre junto a ellos: sus raíces silenciosas, arraigadas en sus corazones como sueños inmortales, sus tradiciones asentadas desde la lejana noche de los tiempos, esa especie de árbol imaginario que, al nacer, cada uno plantaba en su alma para dejar sellada la pertenencia a sí mismo y a ese pueblo al que todos rendían enamorado culto.

Canción a Granada

Palabra de escritor

Ilustración: «La Alhambra desde la calle Victoria», acuarela de Margaret Merry
https://paintingsofgranada.wordpress.com

¡Cómo te siento, Granada, cómo escucho el plenilunio de tu cielo infinito, el rumor de tus lágrimas debatiéndose entre fuentes y esquinas, en las callejuelas estrechas y dolientes que conducen a la entraña de lo desconocido! ¡Ay Granada, furtiva y eterna! ¿Qué tiene tu cuerpo que, al amanecer, se quiebra como los suspiros del viento?

Granada, flor naciente, cintura liviana y dormida, cada vez que la luna tiembla se escuchan tus pasiones y tus miedos. Lejana, siempre lejana. Próxima, siempre cercana: no llores, Granada, que tus penas se adentran en el fondo de mi alma. Luz encubridora, contorno amaneciendo en el corazón de los umbrales, inmenso sueño, envolvente, sumiso, total.

¡Granada, ay Granada, la noche en tus ojos es una estrella ardiendo! En ti vivo, Granada, en ti sufro durante tus largas agonías a la orilla de la…

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Canción de la muerte

Palabra de escritor

Dibujo: Pretty Sleepy Art

Muero, mi amor, y muero, por lo que no debería morir. Muero al sentirte cerca y no poderte decir, decirte que muero y muero al encontrarme sin ti. Muero en la noche negra, muero en tus negros ojos. Muero en tu mirada blanca, muero en tu blanco cuerpo. Muero, mi niña, muero de tanto amarte en silencio. La canción de la muerte redobla en los redondos tambores del viento. Muero, que muero y muero, cuando tus labios se callan los dulces besos que yo quiero.



Muero en tus sollozos ahogado, muero en la ausencia de tus brazos. Muero, muriendo muero, cuando llamo a las puertas de tu vida y no respondes ni suspiras. Muero, que sé que muero, porque en las heladas noches de invierno ocultas tus ardientes pechos para que mis manos no los encuentren. Muero, despacio muero, que la muerte me espera y su…

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Canción dolida

Ilustración: Natalia Lavrinenko

¡Cómo no he de amarte, dímelo tú, fuego de mi sombra, sabiendo que aún existes a mi lado! ¿A quién he de ofrecer mi corazón y mi cordura, si al mirarla recostada sobre mi pecho, lo siento lleno de ti?

No pretendas que otros ojos arrullen mi sueño, cuando tú eres mi paz y mi sosiego, el horizonte en el que ha de renacer mi crepúsculo apagado. ¿Por qué he de huir de tus cadenas si anhelo que tus labios esclavicen mi libertad?

Escucha, hermosa paloma, cómo mi voz se desgarra en el abismo de los silencios, y en su pasión anida esta amorosa canción. Le pone alma y le pone versos, un pétalo de rosa encendida y cientos de palabras ardiendo.

Miedo me da quererte tanto. Si por mí fuera, no permitiría ni que el sol existiera; me bastaría tu acalorado fulgor para que en mí brotasen raíces y vida.

¡Calla, no digas nada! Solo mírame como tú sabes mirarme, sumergiéndote hasta lo más recóndito de mis entrañas, donde las esperanzas parecen rebelarse contra el asedio de tus espadas. Nunca ceses de adormecer tus ojos sobre mis ansias. Aunque angustiosamente haya de pretender olvidar tu presencia, mi firme sabiduría entiende que solo tú eres mi eternidad.

¡Ahora, dame la mano y deslízala dulcemente sobre la mía! Siente cómo mi alma tiembla de miedo, mi rostro no acierta a disimular su incontenible espera. ¡Tanto tiempo aguardando, que parece haberse agotado hasta el más diminuto de los segundos!

Y sin embargo, ¿qué he de hacer si de mi lado te alejas, si me das la espalda y pones rumbo a la ausencia? ¿Qué habrá de pasar en el tiempo inmediato, en las horas que sucedan a tu despedida? Tal vez haya de perecer como los fieles enamorados, presa de un trágico solivianto o quién sabe si las estrellas dejarán de respirar destellos iluminados, para abandonar mi vida a la intemperie de una noche infinita.

¿Y aún puedes pretender que no haya de amarte, cuando esta dolida canción se estremece al saber que puedas oírla? Mi pasión, mi fuerza, mi sendero, mi alma; aunque el amor no fuera sino una fábula incierta, mi frágil corazón habría inventado la más ardiente manera de quererte.

Texto incluido en el libro «El delirio de la palabra. Prosas y versos de juventud» (viveLibro, 2016)

¿Por qué?

Palabra de escritor

Ilustración: Kalhh

No quisiera morir en mí mismo sin antes intentar luchar por alguien, por ti quizá, si de verdad el destino acabase mediando entre nosotros, introduciéndonos en su diminuto mundo mágico, que en una décima de segundo es capaz de cambiar cualquier rumbo y aliviar el más extenuante cansancio.

Querría dejar de vivir por mí y para mí, sabiendo que detrás de alguna esquina invisible me esperas impaciente a que llegue, sollozo ligero que sería imposible apaciguar, borrando la cálida turbación que invade hasta en el último rincón de mi cuerpo.

Desearía, imposible razón, que secaras con toda la delicadeza de tus manos el sudor frío de mi frente, mientras un inimitable trasfondo de memoria comienza a renacer confundiendo la edad y el tiempo.

Desearía tenerte siempre junto a mí, obligándome con más fuerza que nunca a seguir manteniendo el persistente inconformismo de hoy para vislumbrar un futuro lejano…

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Tiempo de silencio

Palabra de escritor

Ilustración: Sara Molina

Se me fue el tiempo. Ni siquiera me despedí de él. Antes de que pudiera darme cuenta, ya se había ido sin decir una sola palabra. Es posible que en ese momento estuviera distraído o quizá mi mente anduviese perdida en la nada, pero su marcha me pilló a traición, con el paso cambiado y el corazón a punto de dejar de latir.



Al principio no supe cómo reaccionar. Todo me resultó muy extraño. En realidad, tuve la impresión de que nada había sucedido, de que todo aquello solo era un breve intermedio que pronto tendría continuación. Pero a medida que se fueron sucediendo los minutos, las horas y los días, empecé a sentir un gélido vacío apoderándose poco a poco de mí. Noté como si el aire estuviera cargado de un delirio sofocante y el rumbo de mi vida hubiese girado hacia no se sabe dónde…

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Canción de sirena

Palabra de escritor

Dibujo: Sergei Tokmakov

Allá en las orillas de un mar embrujado hay pescadores de sueño y caracolas de espuma. Los revuelos del viento de alzan hasta la altura de las alturas, y luego descienden posados en las alas de una gaviota. Hay una ingenua claridad de luces despiertas; sin duda ha comenzado a amanecer en la dorada cuna de la montaña. Se desvelan las aguas enlutadas en la noche, los peces coloreados de tanto contemplar el sol, y una sirena con trenzas de oro entona una llamada de amor en una lágrima huyendo.



Cerca de los lejanos trigales vaga una canción envuelta en encajes de estrellas. Se dice que no es de nadie, que su corazón no existe. Ella se mira en el espejo de la tarde y, como el quebranto de sus ojos, se revuelve entre las ramas del aire, donde los jilgueros la acarician poniéndole en el alma…

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