El encuentro fue directo, sin sobresaltos, como si supiéramos que, tarde o temprano, volveríamos a vernos. Tampoco fueron precisas demasiadas palabras: un qué tal, un cómo tú por aquí, un cuánto tiempo… Lo demás, lo que de verdad sentíamos en aquel momento, simplemente podía leerse en nuestros ojos…
Y es que, de pronto, como si el vídeo de nuestras vidas hubiera empezado a rebobinarse, comenzó a invadirnos un aluvión de imágenes silenciosas, primero en blanco y negro y, poco a poco, en technicolor, como las películas en sesión doble que nos gustaba ver los sábados por la tarde. Sí, las pelis de indios y de vaqueros…, pero también las correrías en pantalón corto aquellos tórridos veranos de un Madrid distinto; y las tardes de bocadillo de mortadela al salir de clase; y la campanilla de don Julián «invitándote» con un «ligero» toque en la cabeza a no moverte al entrar en misa; y las acaloradas discusiones sobre Gento, Gárate o Velázquez; y las inacabables colecciones de cromos o de tebeos inundados de «truenos» y de «jabatos»; y las primeras picardías de niños jugando a ser mayores… y todos los sueños intactos de una vida por delante que, por lo que parecía, ahora ya habíamos cómodamente aparcado.
No hablamos mucho más. Tampoco era fácil. Noté, incluso, cómo a Matías las palabras le secaban la garganta… No era para menos. En apenas unos instantes habíamos repasado nuestra vieja amistad y, con ella, buena parte de nuestra infancia, imágenes y cosas que, durante largo tiempo, habían permanecido ocultas en nuestra frágil memoria de adultos sin memoria. Cómo era posible, nos preguntábamos en silencio, que hubiera sido necesario el reencuentro de dos viejos amigos para desempolvar tantos y tantos recuerdos; cómo detrás de una amistad ya olvidada latían todos esos sentimientos perdidos en un tiempo tan lejano como maravilloso; y, sobre todo, cómo podía explicarse que, durante más de treinta años, no hubiéramos hecho nada por vernos, dejando morir con ello una parte esencial de nuestra vidas.
No hubo respuestas. Ni yo supe darlas, ni tampoco Matías. Nos limitamos a seguir mirándonos durante unos cuantos minutos más… Pero, en el transcurso de ese largo y callado cruce de miradas, en su rostro también pude reconocer los de Roberto, Darío, Fernando, Alberto, José Luis…; mejor dicho, los de Alonso, Fernández, García, González, Heras, Mira, Poveda, Romero… Y así, uno a uno, por orden alfabético, como si pasara lista a todos aquellos compañeros de colegio con los que, hace toda una eternidad, compartí pupitres, juegos y esperanzas. ¿Dónde estarían ahora todos esos «inseparables amigos» de la infancia? ¿Qué sería de sus vidas? ¿Habrían cumplido aquellos inocentes sueños que tanto nos gustaba compartir? ¿Por qué, sin decidirlo, un día cualquiera nos abandonamos para siempre? ¿Por qué…?
Casi sin darme cuenta, mientras la tarde se rompía en pedazos, vi cómo la sombra de Matías se alejaba lentamente por la calle gris y solitaria en la que nos habíamos reencontrado, hasta desaparecer por completo como un tenue fantasma del pasado… Nunca más volví a verlo, o es que, en realidad, fui incapaz de reconocerlo entre una multitud. Nos intercambiamos, eso sí, los números de teléfono, pero no pudimos o no quisimos encontrar un respiro para llamarnos. Quizá es que habíamos comprendido que, después de más de treinta años, era imposible recuperar aquella amistad de la infancia, aquellos luminosos años de complicidad, aquellas emociones inexpertas que nunca más, a lo largo de nuestra azarosa vida, habíamos vuelto a sentir…
[A los amigos que un día estuvieron y ya no están]
Este breve relato se publicó en el libro colectivo ¡Hablemos de la amistad! (BAC, Madrid 2005).