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De la prosa poética…
¡Cómo te siento, Granada, cómo escucho el plenilunio de tu cielo infinito, el rumor de tus lágrimas debatiéndose entre fuentes y esquinas, en las callejuelas estrechas y dolientes que conducen a la entraña de lo desconocido! ¡Ay Granada, furtiva y eterna! ¿Qué tiene tu cuerpo que, al amanecer, se quiebra como los suspiros y los vientos?
Granada, flor naciente, cintura liviana y dormida, cada vez que la luna tiembla se escuchan tus pasiones y tus miedos. Lejana, siempre lejana. Próxima, siempre cercana: no llores, Granada, que tus penas se adentran en el fondo de mi alma. Luz encubridora, contorno amaneciendo en el corazón de los umbrales, inmenso sueño, envolvente, sumiso, total.
¡Granada, ay Granada, la noche en tus ojos es una estrella ardiendo! En ti vivo, Granada, en si sufro durante tus largas agonías a la orilla de la tarde; en ti respiro cuando el resplandor de tus mañanas me envuelven. Cuando tus miradas se yerguen en el abismo de las leyendas, veo en tu vientre una espada con mil silencios de sangre.
¡Ay Granada, temor sufriendo, mi pasión y mi memoria! Si fueras mujer, me entregaría a ti en alma y cuerpo y te empaparía con el delirio de mis besos.
¡Ay Granada, qué grave quejido se hiende en tu boca, como si un lamento desgarrara tus torres de canela! ¡Cómo te siento, Granada, cómo te necesito, cómo te amo! Mi canción arde en tu fuego, en tu risa y en tu desencanto. Alumbrados en tu regazo, crecen en ti mis raíces y en tus pechos beben la savia que las harán eternamente tuyas. ¡Granada, ay Granada, cómo ansiaría sucumbir en el sosiego de tu mirada!
… a la poesía prosaica
¡Cómo te siento, Granada,
cómo escucho el plenilunio
de tu cielo infinito,
el rumor de tus lágrimas
debatiéndose entre fuentes y esquinas,
en las callejuelas estrechas y dolientes
que conducen a la entraña de lo desconocido!
¡Ay Granada, furtiva y eterna!
¿Qué tiene tu cuerpo que, al amanecer,
se quiebra como los suspiros y los vientos?
Granada, flor naciente,
cintura liviana y dormida,
cada vez que la luna tiembla
se escuchan tus pasiones y tus miedos.
Lejana, siempre lejana.
Próxima, siempre cercana:
no llores, Granada,
que tus penas se adentran
en el fondo de mi alma.
Luz encubridora,
contorno amaneciendo
en el corazón de los umbrales,
inmenso sueño, envolvente,
sumiso, total.
¡Granada, ay Granada,
la noche en tus ojos
es una estrella ardiendo!
En ti vivo, Granada,
en si sufro durante tus largas agonías
a la orilla de la tarde;
en ti respiro cuando el resplandor
de tus mañanas me envuelven.
Cuando tus miradas se yerguen
en el abismo de las leyendas,
veo en tu vientre una espada
con mil silencios de sangre.
¡Ay Granada, temor sufriendo,
mi pasión y mi memoria!
Si fueras mujer, me entregaría a ti
en alma y cuerpo
y te empaparía
con el delirio de mis besos.
¡Ay Granada, qué grave quejido
se hiende en tu boca,
como si un lamento desgarrara
tus torres de canela!
¡Cómo te siento,
Granada, cómo te necesito, cómo te amo!
Mi canción arde en tu fuego,
en tu risa y en tu desencanto.
Alumbrados en tu regazo,
crecen en ti mis raíces
y en tus pechos beben
la savia que las harán eternamente tuyas.
¡Granada, ay Granada,
cómo ansiaría sucumbir
en el sosiego de tu mirada!
Texto extraído de mi libro El delirio de la palabra. Prosas y versos de juventud (viveLibro, 2016).








