Cada todo

raheel19630 (Pixabay)

Cada palabra un mundo.

Cada gesto un universo.

Cada mirada un sol

que intriga hasta esconderse

Cada sonrisa un dios

que deja alabarse.

Cada paso un camino,

un laberinto sin fondo

del que cuesta salir.

Cada suspiro, viento,

ráfaga de frío intenso

capaz de atravesar el alma.

Cada despedida

un quisiera matar el tiempo.

Cada saludo,

despertar sin aliento

Cada insinuación, sentimiento,

balada que incita a volar.

Cada todo tuyo, deseo,

quizás amor, seguramente.

Balada de amor intenso

Balada_Ben_Kerckx
Ilustración: Ben Kerckx

Una vereda sin rumbo ni sentido,

amor ciego y desbocado,

amanecer de mañana intensa.

Reflejos de luz que desnudan su alma

en cada bocanada de aire

y brillan con pasión infinita,

dibujando el cálido resplandor

de un cielo teñido de flores

anaranjadas y verdes,

deshojándose en la nada

como pétalos de escarcha.

 

La fuente y el grillo entonan

su canto juguetón de agua y aviso.

El rostro frío y siete miradas

tratan de hablar sin saliva ni lengua.

Hubiera dado el mundo,

el cielo y un pozo claro,

la historia del hombre,

la estrella y el horizonte

por saber si aquel cuerpo

de perfil ardiente,

de mirada oscura,

sentía como yo siento,

amaba como yo amo…

Tiempo de silencio

Se me fue el tiempo. Ni siquiera me despedí de él. Antes de que pudiera darme cuenta, ya se había ido sin decir una sola palabra. Es posible que en ese momento estuviera distraído o quizá mi mente anduviese perdida en la nada, pero su marcha me pilló a traición, con el paso cambiado y el corazón a punto de dejar de latir.

Al principio no supe cómo reaccionar. Todo me resultó muy extraño. En realidad, tuve la impresión de que nada había sucedido, de que todo aquello solo era un breve intermedio que pronto tendría continuación. Pero a medida que se fueron sucediendo los minutos, las horas y los días, empecé a sentir un gélido vacío apoderándose poco a poco de mí. Noté como si el aire estuviera cargado de un delirio sofocante y el rumbo de mi vida hubiese girado hacia no se sabe dónde. Imaginé que nada sería ya como antes y que todos aquellos instantes que había vivido y compartido ya nunca más volverían. No lograba saber qué pasaría a partir de entonces ni puse el más mínimo empeño en saberlo. Simplemente me dejé llevar, como si una corriente invisible me arrastrara a un lugar incierto.

Durante aquel largo tiempo de silencio no sentí dolor, ni frío, ni desvelo, ni valor, ni miedo. No sentí odio, ni amor, ni locura, ni pasión. Simplemente no sentí. No era yo, o quizá sí; alguien o nadie; un grito mudo pendiendo de un hilo; una mirada ciega que no conseguía ver ni descifrar su propio entorno. No había preguntas ni respuestas; solo huellas viradas en sepia que retrataban un collage de sombras entornadas entre las que era imposible encontrar una huella que me condujera a algún sitio. Nada pasaba ni nada sabía de mí mismo, hasta que un día, de forma inesperada, un diminuto halo de luz se descolgó del techo de mi habitación. Miré hacia arriba, aspiré el poco aire que aún me quedaba, y lentamente comencé a descifrar el sórdido laberinto en el que había estado encerrado durante no se sabe cuánto.

No sé si fue alivio lo que sentí o una infinita tristeza por todo aquello que pudo ser y no fue. No sé si todo empezaba a recobrar el color perdido o si sería difícil que algún día se desvanecieran los oscuros fantasmas que habían teñido mi memoria. Traté de no mirar atrás, de no saber en qué momento se habían apagado las últimas luces de mi infancia y cuándo se encenderían del todo las primeras de mi juventud, sin que nada hubiera acaecido entre una y otra. Solo supe que hubo una vez un tiempo que se fue para no regresar jamás y que otro me esperaba a las puertas de mi vida para susurrarme que algo nuevo comenzaba, un destino lleno de temores y esperanzas, de dudas e interrogantes que aún tendría que resolver.

PD

El dibujo que ilustra este relato es de Andrew Gareth Young, un pintor afincado en Canadá que combina la técnica del hiperrealismo, el collage y el acrílico para crear pinturas que testifiquen el comportamiento propio de la adolescencia. El trabajo pictórico de Young se centra en la adolescencia perdida y encontrada, que, en cierto modo, es la esencia de lo que quiero expresar en este breve relato.

Este relato está incluido en el libro El alma desnuda. Relatos desafiando al tiempo (viveLibro, 2018)

http://www.esebook.com/product/475515/el-alma-desnuda

Un país lejano y próximo

Cuando llegué a Madrid a mediados de los 60, después de haber pasado buena parte de mi infancia en Noruega, tuve la sensación de haber aterrizado en lugar ajeno, al que no pertenecía, en el que todo me resultaba extraño: el laberinto de calles con olor a gallinejas y vermú con sifón del barrio de Lavapiés al que nos trasladamos a vivir, las gentes con todos los acentos que lo poblaban, sus tiendas de ultramarinos todavía con decorados de posguerra…, e incluso el español, que era como mi segunda lengua.

Hasta entonces, los únicos lazos que me unían a España eran las pequeñas vacaciones que cada verano pasaba en Granada para visitar a la familia, los tebeos del Capitán Trueno y del Jabato que una vez al mes me enviaban mis abuelos, las películas de Joselito, que, curiosamente, causaban furor entre los niños noruegos, como Arne, Helen, Erik y Tore, algunos de esos amigos con los que compartía tantas cosas en Oslo, Trondheim, Larvik, Drammen o Bergen, salvo el nombre, los ojos azules y el pelo rubio.

Pero aquella aventura infantil entre la nieve, el sol de medianoche, los paseos en bicicleta hasta el colegio, los largos inviernos a 30 grados bajo cero, las excursiones primaverales al fiordo…, terminó el día en que regresé a España y tuve que empezar a redactar de nuevo mis primeros años de vida. Casi sin darme cuenta, poco a poco fui sustituyendo paisajes, personas y palabras: el parque Vigeland de Oslo por El Retiro de Madrid, el norske skoler por los Salesianos de Atocha, a Tore por Chema, los esquís por un balón de fútbol, tusen takk por «muchas gracias», el sol que apenas se asomaba por las tardes sofocantes, los juegos sobre hielo por las sesiones dobles en el cine Olimpia, un país recién pintado por otro a medio construir.

Y el tiempo fue transcurriendo y, con él, unos recuerdos fueron dando paso a otros. Algunos me gustaría olvidarlos para siempre, pero otros permanecen imborrables, quizá porque aquella España que un día me resultó ajena se fue haciendo cada vez más próxima. Al fin y al cabo, casi fui creciendo con ella, superando la inocente infancia llena de dudas de los 60 y entrando en la adolescencia cargada de esperanza de los 70, la década en la que cumplí 18 años y creí hacerme mayor, como este maravilloso país, que también decidió hacerse mayor aquel 20 de noviembre de 1975 y terminar de construirse.

Texto incluido en el libro Nosotros los niños de los años 50. Del nacimiento a la juventud, un viaje a esos maravillosos primeros años (Bayard, Madrid 2011)

https://www.amazon.es/Nosotros-niños-años-Niños-Años/dp/8496091635