Retrato de Luis de Góngora y Argote (1622), óleo de Diego Velázquez (Museo de Bellas Artes de Boston).
Mientras por competir con tu cabello, oro bruñido, el sol relumbra en vano mientras con menosprecio en medio el llano mira tu blanca frente el lilio bello;
mientras a cada labio, por cogello, siguen más ojos que al clavel temprano, y mientras triunfa con desdén lozano del luciente cristal tu gentil cuello;
goza cuello, cabello, labio y frente, antes que lo que fue en tu edad dorada oro, lirio, clavel, cristal luciente,
no solo en plata o viola troncada se vuelva, mas tú y ello, juntamente, en tierra, en humo, en polvo, en sombra, en nada.
No nació la poesía para ser un apósito de la prosa, sino un género literario propio, con denominación de origen, dada además su larga, apreciada y más que contrastada tradición oral. De modo que, más pronto que tarde, fue menester urgir sus propias reglas, ya fuese en cuestión de rimas, asonantes o consonantes, o en lo referente al exquisito tratado de la métrica, que tan en saco roto se ha echado. Véase a este propósito el conteo de sílabas, versos y estrofas, aconteciendo con ello que, sin ir más lejos, fuesen surgiendo sonetos, décimas, octavas reales, cuartetas, tercetos, liras y romances, entre otras lindezas poéticas
Mas algunos hacedores de versos, dígase poetas o poetisas, determinaron, con el transcurrir del tiempo, que bueno sería dejar que los versos discurriesen a su libre albedrío, ya fuera libres o sueltos, o tal vez, si fuere preciso, en libertad condicional y sin fianza. O sea, exentos de medidas y distancias, de rimas y recuentos; lo cual fue recibido con extraordinario alborozo por escritores libres de cargos, que, de ese modo, se sentían libres para dar forma a versos en prosa o a prosas en verso, sin que nadie pudiera echarles en cara las licencias poéticas que, entre otras muchas, para sí mismos se tomasen.
He aquí, pues, una sucinta historia del versar poético, cuyos orígenes se remontan a un tiempo sin medida ni distancia y que, para sorpresa de algunos, ahí sigue, envolviendo en metáforas las emociones a flor de piel que al poeta conmueven y, sin atadura alguna, transformando en estrofas los acaeceres sencillos o complejos que cada día le regala la vida y que a su lírica mirada se asoman.
Ahora corre el silencio como gota de agua sobre muro de piedra insensible al sonido, como rayo de luna sobre un lago sin ondas, como aroma de nardos enredado en la brisa, es la hora del alma que sufre en el desvelo, la hora de las lágrimas, de las evocaciones, la hora en que se espera la llegada del alba para que se disuelvan los difusos fantasmas de seres y de cosas ya muertos y extinguidos.
Hora de media noche sin cantos ni campanas, de almohadas empapadas de sudor y de llanto, muda angustia se tiende sobre todas las cosas; el sueño huye cobarde de los ojos cansados; una voz misteriosa nos murmura al oído frases que se apagaron en bocas ya cerradas, en vano procuramos entender sus razones, ya no tienen vigencia, ni importancia, ni ruido, aunque el alma se esfuerce por captar su sentido.
Mi poema se alza sobre toda tortura, sobre todo silencio, sobre toda tiniebla, y da sus balbuceos como dan los segundos sus «tic-tacs» desolados en la noche vacía; no hay quien los escuche, pero ellos se deslizan corriendo en el silencio como gotas de agua sobre un muro de piedra.
Ángela Graciela Rincón Calcaño (Maracaibo, Venezuela, 13-10-1904 – Caracas, Venezuela, 21-1-1987), poeta, narradora, articulista y autora dramática.
Al abrigo de las noches en las que dormito imagino vidas que no tengo, desventuras que desconozco, trasiegos que no comprendo.
Los sueños me conducen por caminos sin retorno que se agrietan a mi paso y no me dejan volver al punto de partida.
Mi tímida mente no acierta a impedirlo y mi cuerpo clama a gritos que lo liberen las enredaderas que trepan hasta el cielo.
En mi imaginación nocturna invado paisajes desangelados, tierras baldías que me marchitan, espacios límpidos y vacíos que vacían el mío.
Por los senderos sin gloria que recorro de madrugada hay montañas prendidas del aire que no consigo escalar, abismos que no logro fondear.
En la tupida oscuridad que me atrapa a escondidas no encuentro refugio en el que esconderme de los miedos que me persiguen.
Al rayar cada mañana no sé si cuanto imaginaba era un sueño irreal o la realidad de un sueño del que nunca despierto.
Para escuchar…
Poema incluido en mi libro Paisaje interior (Loto Azul, 2024), un ramillete de poemas con los que intento sacar a la luz ese intrincado paisaje emocional por el que siento que discurre buena parte de mi vida.
«No es bueno que el hombre esté solo», díjose Dios, tras conformar cielos y tierra. Y de una costilla suya resolvió crear una mujer, a lo que el hombre con alborozo exclamó: «¡Esta sí que es hueso de mis huesos!». «¡Y carne de mi carne!», sentenció. Y al hombre fue dada para aquietar su soledad y ambos dejados en un paraíso terrenal, en el que de un árbol no debían comer. Mas, siendo como debía ser de espíritu frágil, escaso discernimiento y quebradiza voluntad, pronto dejose la mujer tentar por una serpiente, y accedió a comer del fruto por Dios prohibido e hizo que también el hombre comiera de él.
«La mujer que me diste como compañera, esa me dio del fruto del vergel y comí», confesó Adán, señalando a su mujer. «La serpiente me sedujo y comí», sostuvo la mujer sin pudor alguno. «Mucho te haré sufrir en tu preñez», sentenció con acritud el Señor Dios a modo de vil y cruento castigo. «Con sufrimiento parirás a tus hijos, tendrás ansia de tu marido, y él te dominará, gobernará sobre ti», sin el menor miramiento añadió, resolviendo quién sería su dueño, a quién por siempre habría de obedecer.
Y al hombre maldijo con rotundez por haber cedido al desvarío de su mujer, degustando el fruto del árbol prohibido. Y a ambos expulsó del vergel del edén, mas no sin antes alertar a Adán: «Comerás el pan con el sudor de tu frente, hasta que hayas de volver a la tierra, dado que de ella fuiste tomado, pues polvo eres y al polvo has de tornar». Y el hombre llamó Eva a su mujer, por ser ella madre de todo viviente; se erigió sin pudicia en su amo y señor, y, por voluntad humana y divina, arrodillada a sus pies debería pervivir.
Y aquella mujer creada por Dios de la costilla tomada de Adán hubo de vivir sometida al hombre por los siglos de los siglos, amén; sufrir en su preñez por siempre jamás; parir hijos con extremo dolor; tener denodada ansia de su marido. Mas ni Dios ni el hombre acertaron a imaginar que el espíritu de la mujer no era frágil, sino recio, perseverante e infatigable, ni su discernimiento brozno y exiguo. Y nada ni nadie podrían detenerla en su lucha infatigable por no tener amo, por ser libre para decidir por propia voluntad.
Y la mujer nacida de una costilla de hombre combatió hasta concebir su propio paraíso, del que ningún dios podría expulsarla. Y batalló con denuedo hasta la extenuación para dejarse tentar por quien ella quisiera; parir cuando deseara sin miedo al dolor; a nadie rendir cuentas ni obedecer; a ser alguno deber sometimiento ni sumisión; ser única dueña y señora de su vida. Y por todo ello bregó a brazo partido, luchó contra viento y marea en férreas lides, en arduas y encarnizadas contiendas. Y la mujer creada para servir al hombre jamás cejó en su empeño por ser igual a él.
A las mujeres, criaturas de espíritu recio, perseverante e infatigable