«Mientras por competir con tu cabello…», de Luis de Góngora

Retrato de Luis de Góngora y Argote (1622), óleo de Diego Velázquez (Museo de Bellas Artes de Boston).
Mientras por competir con tu cabello,
oro bruñido, el sol relumbra en vano
mientras con menosprecio en medio el llano
mira tu blanca frente el lilio bello;

mientras a cada labio, por cogello,
siguen más ojos que al clavel temprano,
y mientras triunfa con desdén lozano
del luciente cristal tu gentil cuello;

goza cuello, cabello, labio y frente,
antes que lo que fue en tu edad dorada
oro, lirio, clavel, cristal luciente,

no solo en plata o viola troncada
se vuelva, mas tú y ello, juntamente,
en tierra, en humo, en polvo, en sombra, en nada.

Luis de Góngora y Argote (Córdoba, 11-7-1581 – Córdoba, 23-5-1627), poeta y dramaturgo

Canción dormida de cuna

Ay cielo, cielito, cielo,
cómo titilan en la noche
esos ojitos azules
que brillan como luceros.

Ay cielo, cielito, cielo,
deja que te acune
hasta dejarte dormido
en una nube de sueño.

Ay cielo, cielito, cielo,
cuánta dulzura exhala
el sedoso tacto
de tu piel de terciopelo.

Ay cielo, cielito, cielo,
entre susurros de arrullo,
entre suspiros de cariño
te mezo en mi pecho.

Ay nana, nanita, nana,
canción dormida de cuna
musitada en silencio
hasta despuntar el alba.

Ay nene, netito, nene,
de tu boquita de ángel
bostezan azucenas rosas
y pajaricos celestes.

Ay nene, nenito, nene,
deja que caliente
tus manitas de algodón
blancas como la nieve.

Ay nene, nenito, nene,
esos hoyuelos tuyos
me los comeré a besos
cuando menos te lo esperes.

Ay nene, nenito, nene,
de tu vida bebe la mía,
de todo tú mi alma
respira y siente.

Ay nana, nanita, nana,
canción dormida de cuna
musitada sin palabras
hasta clarear la mañana.

Poema incluido en el poemario ilustrado Reverso y anverso. Poemas de largo recorrido (Libros Indie, 2022)

Oda a la poesía

No nació la poesía para ser un apósito de la prosa, sino un género literario propio, con denominación de origen, dada además su larga, apreciada y más que contrastada tradición oral. De modo que, más pronto que tarde, fue menester urgir sus propias reglas, ya fuese en cuestión de rimas, asonantes o consonantes, o en lo referente al exquisito tratado de la métrica, que tan en saco roto se ha echado. Véase a este propósito el conteo de sílabas, versos y estrofas, aconteciendo con ello que, sin ir más lejos, fuesen surgiendo sonetos, décimas, octavas reales, cuartetas, tercetos, liras y romances, entre otras lindezas poéticas

Mas algunos hacedores de versos, dígase poetas o poetisas, determinaron, con el transcurrir del tiempo, que bueno sería dejar que los versos discurriesen a su libre albedrío, ya fuera libres o sueltos, o tal vez, si fuere preciso, en libertad condicional y sin fianza. O sea, exentos de medidas y distancias, de rimas y recuentos; lo cual fue recibido con extraordinario alborozo por escritores libres de cargos, que, de ese modo, se sentían libres para dar forma a versos en prosa o a prosas en verso, sin que nadie pudiera echarles en cara las licencias poéticas que, entre otras muchas, para sí mismos se tomasen.

He aquí, pues, una sucinta historia del versar poético, cuyos orígenes se remontan a un tiempo sin medida ni distancia y que, para sorpresa de algunos, ahí sigue, envolviendo en metáforas las emociones a flor de piel que al poeta conmueven y, sin atadura alguna, transformando en estrofas los acaeceres sencillos o complejos que cada día le regala la vida y que a su lírica mirada se asoman.

«Poema de medianoche», de Graciela Rincón Calcaño

Ahora corre el silencio como gota de agua
sobre muro de piedra insensible al sonido,
como rayo de luna sobre un lago sin ondas,
como aroma de nardos enredado en la brisa,
es la hora del alma que sufre en el desvelo,
la hora de las lágrimas, de las evocaciones,
la hora en que se espera la llegada del alba
para que se disuelvan los difusos fantasmas
de seres y de cosas ya muertos y extinguidos.

Hora de media noche sin cantos ni campanas,
de almohadas empapadas de sudor y de llanto,
muda angustia se tiende sobre todas las cosas;
el sueño huye cobarde de los ojos cansados;
una voz misteriosa nos murmura al oído
frases que se apagaron en bocas ya cerradas,
en vano procuramos entender sus razones,
ya no tienen vigencia, ni importancia, ni ruido,
aunque el alma se esfuerce por captar su sentido.

Mi poema se alza sobre toda tortura,
sobre todo silencio, sobre toda tiniebla,
y da sus balbuceos como dan los segundos
sus «tic-tacs» desolados en la noche vacía;
no hay quien los escuche, pero ellos se deslizan
corriendo en el silencio como gotas de agua
sobre un muro de piedra.

Ángela Graciela Rincón Calcaño (Maracaibo, Venezuela, 13-10-1904 – Caracas, Venezuela, 21-1-1987), poeta, narradora, articulista y autora dramática.

Al abrigo de la noche

Para leer…

Al abrigo de las noches
en las que dormito
imagino vidas que no tengo,
desventuras que desconozco,
trasiegos que no comprendo.

Los sueños me conducen
por caminos sin retorno
que se agrietan a mi paso
y no me dejan volver
al punto de partida.

Mi tímida mente
no acierta a impedirlo
y mi cuerpo clama a gritos
que lo liberen las enredaderas
que trepan hasta el cielo.

En mi imaginación nocturna
invado paisajes desangelados,
tierras baldías que me marchitan,
espacios límpidos y vacíos
que vacían el mío.

Por los senderos sin gloria
que recorro de madrugada
hay montañas prendidas del aire
que no consigo escalar,
abismos que no logro fondear.

En la tupida oscuridad
que me atrapa a escondidas
no encuentro refugio
en el que esconderme
de los miedos que me persiguen.

Al rayar cada mañana
no sé si cuanto imaginaba
era un sueño irreal
o la realidad de un sueño
del que nunca despierto.

Para escuchar…

Poema incluido en mi libro Paisaje interior (Loto Azul, 2024), un ramillete de poemas con los que intento sacar a la luz ese intrincado paisaje emocional por el que siento que discurre buena parte de mi vida.

Y Dios creó a la mujer

«No es bueno que el hombre esté solo»,
díjose Dios, tras conformar cielos y tierra.
Y de una costilla suya resolvió crear una mujer,
a lo que el hombre con alborozo exclamó:
«¡Esta sí que es hueso de mis huesos!».
«¡Y carne de mi carne!», sentenció.
Y al hombre fue dada para aquietar su soledad
y ambos dejados en un paraíso terrenal,
en el que de un árbol no debían comer.
Mas, siendo como debía ser de espíritu frágil,
escaso discernimiento y quebradiza voluntad,
pronto dejose la mujer tentar por una serpiente,
y accedió a comer del fruto por Dios prohibido
e hizo que también el hombre comiera de él.

«La mujer que me diste como compañera,
esa me dio del fruto del vergel y comí»,
confesó Adán, señalando a su mujer.
«La serpiente me sedujo y comí»,
sostuvo la mujer sin pudor alguno.
«Mucho te haré sufrir en tu preñez»,
sentenció con acritud el Señor Dios
a modo de vil y cruento castigo.
«Con sufrimiento parirás a tus hijos,
tendrás ansia de tu marido,
y él te dominará, gobernará sobre ti»,
sin el menor miramiento añadió,
resolviendo quién sería su dueño,
a quién por siempre habría de obedecer.

Y al hombre maldijo con rotundez
por haber cedido al desvarío de su mujer,
degustando el fruto del árbol prohibido.
Y a ambos expulsó del vergel del edén,
mas no sin antes alertar a Adán:
«Comerás el pan con el sudor de tu frente,
hasta que hayas de volver a la tierra,
dado que de ella fuiste tomado,
pues polvo eres y al polvo has de tornar».
Y el hombre llamó Eva a su mujer,
por ser ella madre de todo viviente;
se erigió sin pudicia en su amo y señor,
y, por voluntad humana y divina,
arrodillada a sus pies debería pervivir.

Y aquella mujer creada por Dios
de la costilla tomada de Adán
hubo de vivir sometida al hombre
por los siglos de los siglos, amén;
sufrir en su preñez por siempre jamás;
parir hijos con extremo dolor;
tener denodada ansia de su marido.
Mas ni Dios ni el hombre acertaron a imaginar
que el espíritu de la mujer no era frágil,
sino recio, perseverante e infatigable,
ni su discernimiento brozno y exiguo.
Y nada ni nadie podrían detenerla
en su lucha infatigable por no tener amo,
por ser libre para decidir por propia voluntad.

Y la mujer nacida de una costilla de hombre
combatió hasta concebir su propio paraíso,
del que ningún dios podría expulsarla.
Y batalló con denuedo hasta la extenuación
para dejarse tentar por quien ella quisiera;
parir cuando deseara sin miedo al dolor;
a nadie rendir cuentas ni obedecer;
a ser alguno deber sometimiento ni sumisión;
ser única dueña y señora de su vida.
Y por todo ello bregó a brazo partido,
luchó contra viento y marea en férreas lides,
en arduas y encarnizadas contiendas.
Y la mujer creada para servir al hombre
jamás cejó en su empeño por ser igual a él.

A las mujeres, criaturas de espíritu recio,
perseverante e infatigable

Besos

No sé con qué beso me quedaría
de los infinitos besos que me has dado,
el dulce con sabor a cariño efímero
o el amargo, a amor eterno.

De los besos que yo te he dado
no sé por cuál eternamente suspirarías,
el que dibujaba el perfil de tus labios
o el que cruzaba el umbral de tu boca.

No sé qué beso jamás olvidaría
de todos los besos que no he olvidado,
el primero, tímido e ingenuo
o el último, indeciso y agitado.

De los besos que nos hemos dado
no sé cuál de ellos atraparía,
el que avivaba mi fuego
o el que deshelaba mi hielo.

De los besos que no nos dimos
no sé cuál deberíamos darnos,
el presente en nuestra ausencia
o el ausente en nuestra presencia.

De los besos que no fueron
no sé cuáles debieron de ser,
los que huyeron a tiempo
o los que llegaron a destiempo.

De los besos que te di dormida
no sé cuál de ellos te robaría,
el que te despertaba sorprendida
o el que te acunaba en silencio.

De los besos que te indagaban
no sé cuál de ellos rescataría,
el que recorría el mapa de tu cuerpo
o el que se escondía en tus pechos.

Poema incluido en mi poemario Travesía sentimental (Cordel D’Prata, 2023)