Cara a cara

Dibujo: Eugenio Rivera
—¿Me odias o me amas?

—¿Qué te hace dudar?

—El gemido profundo de tus ojos 
cuando me miran.

—¿Tan solo eso?	

—El silencio de tus labios
cuando me besas.

—¿Acaso no hay amor
en el llanto y en el silencio?

—Un amor mudo que nada siente,
que solloza cuando ya no ama.

—¿Y si te equivocas?

—¿En odiarme o en amarme?

—¿Crees de verdad que podría odiarte?

—Respóndeme tú, 
que a mí no me quedan palabras.

—¿No será que te amo
y apenas te das cuenta?

—Si me amaras,
sentiría el arrebato de tu amor 
correr por mis venas.	

—¿Y si te odiara?

—Latir tu corazón
impávido y descompasado.

—¿Y ahora qué sientes?

—Vacío, tan solo eso.

—¿De amor o de odio?

—Del amor que un día me diste
y ya no encuentro.

—¿Y crees que eso es odio?

—¿Qué puede ser si no?

—Te equivocas,
si crees que es odio
lo que por ti siento.

—Mírame entonces
como antes me mirabas.

—Nunca he dejado de mirarte
como querías que te mirase.

—¿Y cómo querías tú?

—Como mi alma me susurraba.

—¿Y ahora qué te susurra?

—Que entre el amor y el odio
solo hay una frágil frontera.

—¿Acaso la conoces?

—Cómo no saber 
que una simple sonrisa
desnuda un desmedido te quiero.

—¿Una sonrisa?

—Y una tersa caricia…
y un sencillo beso.

—Sonríeme entonces.
y acaríciame…,
y bésame…

—Será que tu corazón no ve
lo que te dicen mis manos y mi boca. 

—Será que nos amamos
sin saberlo.

—Será que nos callamos
cuando deberíamos decirnos te amo.

«Reverso y anverso. Poemas de largo recorrido»

«En ese largo y sinuoso camino por el que va discurriendo nuestra vida, hay veredas desiertas y campos sembrados de relucientes amapolas; tristezas que nos descarnan y alegrías que nos reconfortan; anhelos dormidos y sueños despiertos; desengaños que nos hieren y amores que nos resucitan; besos robados y caricias devueltas. La cara y el envés, el delirio y la razón que se cruzan a nuestro paso sin avisarnos, dejándonos a merced de la casualidad o del destino.

Como sugiere el título de este poemario, “Reverso y anverso”, en él hay un ramillete de poemas de ida y vuelta que apremiaba escribir para que lo que intentan expresar no se perdiese en la intrincada metáfora de los sentimientos. Todos ellos discurren en paralelo a esa travesía emocional de encuentros y desencuentros por la que deambulamos a ciegas, de noches a la intemperie y de mañanas a cubierto, de soledades que nos vacían y de compañías que nos dan refugio, de tiempos erráticos de infortunio y de momentos de felicidad infinita.

En todos los versos que se entrelazan en este libro de emergencia afectiva nada se esconde ni se disfraza de falsas evocaciones. Todo es tal cual, al dictado de un corazón al descubierto en el que se aquietan las mentiras y palpitan las verdades, como un reloj marcando el tiempo transcurrido y el tiempo de espera, lo que alguna vez fue y dejó de ser o lo que jamás fue y luego se hizo realidad. Todo está en el reverso y el anverso de una vida rebosante de pasión debatiéndose entre el ser o no ser, entre la nada y el todo».

Prólogo del poemario «Reverso y anverso. Poemas de largo recorrido» (Libros Indie, 2022)

Raíces profundas

Dibujo: Sara Molina

Al quebrar los últimos vientos del atardecer, Matías miró a su hijo y vio cómo la noche se dormía en sus ojos infantiles y profundos. Lo observó en silencio, callado como la hierba que descansaba a sus pies, y no pudo entender del todo que aquel hombrecito, mitad niño, mitad diablillo, formara parte de su vida, como su aliento o sus manos. Bajo el cielo en duelo, enlutado en lo alto, Matías sintió renacer su memoria. Cada año, cada uno de los siete años de su hijo, era tiempo de su tiempo, una etapa más en el resumen de su historia más reciente; quizá el periodo más amargo de su vida, en el que la desdicha y la miseria habían asolado a su familia, pero también el tramo de su existencia durante el cual con mayor intensidad había experimentado su espíritu luchador y su hombría, su satisfacción inmensa de ver crecer a su lado a ese pequeño orgullo de expresión frágil y traviesa, a quien había entregado su cuerpo y su alma.

«¡Dios mío, ya siete años», se dijo a sí mismo Matías, mientras el cántico de las estrellas rodeaba la cima oscura del firmamento. Difícilmente podía creer que tantos días sucediéndose uno a uno hubiesen transcurrido ya, con aquella vertiginosa rapidez. Habían sido tantos los hechos sucedidos, los acontecimientos vividos, que no era posible imaginar que todo aquello ya solo formara parte del recuerdo. En el transcurso de esos años él y los suyos habían pasado del esplendor a la pobreza, del deseo a la desesperanza, del valor al miedo, del pasado al presente. Únicamente algo había permanecido siempre junto a ellos: sus raíces silenciosas, arraigadas en sus corazones como sueños inmortales, sus tradiciones asentadas desde la lejana noche de los tiempos, esa especie de árbol imaginario que, al nacer, cada uno plantaba en su alma para dejar sellada la pertenencia a sí mismo y a ese pueblo al que todos rendían enamorado culto.