En nombre del padre (II)

Jean Renoir & Pierre-Auguste Renoir


Foto: Pierre Bonnard © Musée d’Orsay

Recuerdos imborrables

«En abril de 1915, herido en una pierna por “un hábil tirador bávaro”, Jean Renoir es hospitalizado en París. El joven convaleciente se reúne con su padre, reumático y ya inválido, al que apenas le quedan cuatro años de vida, y se entretienen el uno al otro: “A cambio de mis historias de guerra, Renoir me contaba recuerdos de juventud”. Mucho tiempo después, en 1962, el hijo publicaría sus memorias de estas charlas íntimas: “Con frecuencia me he reprochado no haber publicado las palabras de Renoir nada más morir él. Ahora ya no me arrepiento. Los años y mis experiencias propias me permiten entenderlo mejor”». Sigue leyendo

Granada en un río

«Puente Espinosa, Carrera del Darro» (Granada), acuarela de Geoffrey Wynne
http://geoffreywynne.blogspot.com/2012/12/puente-espinosa-carrera-del-darro.html

Paseo verde,

triste paseo

llorando lágrimas

de amor y deseo.

Camino largo,

solitario camino,

a tu pies tiembla

el quebranto de un río.

Vereda de enamorados,

angosta vereda,

deja que te acunen

rumores heridos de pena.

Atajo nocturno,

sumiso atajo,

llevas el cálido aliento

que emerge del Darro.

Senda invisible,

entre velada senda,

siguiendo el impasible rastro

de la Granada que muere en la niebla.

Calle sin rumbo,

inaccesible calle,

eternos miran tus ojos

media luna teñida de sangre.

Paseo de los inmortales,

paseo de los tristes,

paseo de los sin destino,

paso de los que no existen.

En nombre del padre (I)

Jorge Manrique & Rodrigo Manrique de Lara

«Jorge Manrique» (h. 1440), de Juan de Borgoña

Cariño póstumo

Hubo una vez un tiempo en el que no había escuela o colegio y, por ende, profesor de lengua o de literatura que no creyeran de esencial importancia enseñarnos los valores literarios de los escritores más ilustres de las letras españolas. Entre ellos, amén de autores imprescindibles en nuestro catálogo académico, como Miguel de Cervantes, Calderón de la Barca, Lope de Vega, Luis de Góngora o Francisco de Quevedo, había otros que, a fuerza de leerlos, también terminaron por convertirse en «cómplices» necesarios del interés y la pasión que muchos acabamos sintiendo por la literatura. Sigue leyendo

Perdón

Ilustración: Marcecalvillo

Perdóname…

por haberte amado tanto,

por haber clavado mis besos

en el silencio de tus labios.

Perdóname…

por creer que nada tenía sentido

sin escuchar los latidos de tu vida

deshojándose a mi lado.

Perdóname…

por haber escapado del infierno

para adormecerme cada noche

en las dulces entrañas de tu paraíso.

Perdóname…

por haberme bebido tus lágrimas

hasta saciar la sed

que en tu ausencia me ahogaba.

Perdóname…

por haberte palpado indeciso

hasta descifrar tu cuerpo

con mis temblorosas manos.

Perdóname…

por haberte buscado sin tregua

para refugiarme exhausto

en el sosiego de tu aliento.

Perdóname…

por buscarte desesperado

en la oscura ceguera de mi alma

hasta hallar la luz de tu mirada.

Perdóname…

por no haberte dicho te amo,

a cada segundo, a cada instante,

como si no existiera el resto del tiempo.

A Isabel (10-3-2020)

Desconocido nombre

Ilustración: Efes Kitap

Sobre hojas denudas y vivas

escribo tu desconocido nombre:

Alba, Esperanza o Fuego,

como fuego ardiendo de noche,

quemando tardes vacías,

como fuego apagado de invierno,

fundiendo otoños fríos.

Escribo tu mirada,

transparente y lejana,

sobre un suspiro de ansia,

sobre una ansia suspirando,

y la defino incierta, soñadora,

clara y despierta,

como sol bravío de mediodía

reinando en su cima;

indiscreta y tierna,

como sueño profundo de medianoche

salpicado de estrellas.

Bajo espacios infinitos de aire

se revuelven tus ojos,

asoman curiosos tus ojos

y se deslizan inquietos

indagando un paradero.

Entre miedo y miedo te descubro,

erguido cuerpo,

con forma de brisa amaneciendo.

Mi anhelo te saluda

desde la distancia que nos acecha

y sumerge su deseo

en la entraña profunda

que merodea tu cintura.

Si fueras un espíritu huyendo,

quisiera sumergirme en tu vuelo

y compartir contigo

mis alas de pájaro herido.

No sé si tienes voz o silencio

o si eres la apariencia invisible

de una noche envuelta

en la ternura de un beso perdido.

Entre soledades te he hallado

sin el afán de buscarte,

pero ahí estás, princesa de la tarde,

revolviendo tus serenos cabellos,

diciéndome sin decir

tu desconocido nombre:

Alba, Esperanza o Fuego.