Hay pueblos que dícense elegidos por la gracia divina, y, en virtud de esa gracia, les asiste el pleno derecho a defender sus vidas con fusiles y pistolas. Hay pueblos olvidados que decláranse invisibles por la gracia humana, y, en virtud de ella, carecen de derecho alguno a seguir existiendo, que sus vidas no les pertenecen, ni la tierra que pisan, en la que echaron sus raíces, ni el aire que respiran destilando un trágico hedor a sangre.
Según ley no escrita, hay pueblos elegidos con derecho a vivir, aun a costa de matar a quienes incumplirla osan armados hasta las cejas con bocas sedientas, estómagos vacíos y corazones desgarrados. Hay pueblos sin elección, solo con derecho a morir, a dejarse aniquilar sin poder defenderse, que la ley no escrita dictamina que han de fallecer a tiros o a sucumbir de hambre, mientras resuenan ecos de bombas que sin piedad los masacran.
Al pueblo palestino, al que solo asiste el derecho a morir
Apenas si recuerdo tu voz, pero me dueles en alguna parcela remota de la sangre. Te llevo en mis abismos, enredada en el limo, como uno de esos cuerpos que la mar me devuelve.
Era un lugar perdido para el Sur. Una playa sin barcas pescadoras, donde el sol se vendía. Un litoral, ya selva de luces y de idiomas, que desdeñó vencido su obligación de arena.
La noche de aquel día nos castigó a su antojo. Te tenía tan cerca que era inútil mirarte. El otoño blandía carcajadas y orquestas y la mar se mesaba furiosa los balandros.
Tu mano equilibraba, con su calor opuesto, la ondulante templanza del alcohol. Los jardines me llegaban lejanos a través de tu falda. Subía mi marea de nivel por tus pechos.
Alfombrados tentáculos, por las escalinatas, atraían los pasos a las bocas del ruido. Con luces y cortinas, más arriba del tedio, hablaban las alcobas de los grandes hoteles.
Hay momentos oscuros en que nos vence el lastre de tanto abatimiento. Son momentos, o siglos, en que la carne asoma su desnudez y busca la destrucción, bebiendo la vida de sí misma.
Yo palpaba tu abrazo por mis alrededores, pero el amor no estaba donde estaba tu abrazo. Yo sentía tus manos encima de mi pena, pero la nada iba delante de tus manos.
Recorría, a lo largo, tu entrega desalmada, por si había una cala donde tirar del copo, por si acaso encontraba la voz del cenachero aún mojada del brillo de los chanquetes vivos.
Era un lugar perdido para el Sur. El aroma del moscatel tenía sinsabores de whisky. Era un abrazo muerto, que llevo todavía como un extraño objeto que la carne rechaza.
Del poemario Los vientos (Revista de Occidente, 1970)
Rafael Guillén García (Granada, 27-4-1933 – Granada, 4-5-2023), poeta de la Generación del 50
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Con la razón aún ausente y toda la vida por delante, los sueños se apilan a trompicones sobre algodones de azúcar y las esperanzas se entrelazan sin límites que las detengan.
Todo fluye siguiendo la corriente desde un manantial transparente salpicando agua a borbotones para que la vida florezca a cada paso que da entre zarzamoras y girasoles.
A lomos de un soplo de viento vuela a tumba abierta llevando en sus delicadas alas su infinita impaciencia, su tímida inocencia y sus ilusiones intactas.
Feliz y venturosa infancia, la que revolotea sin descanso en columpios de nubes y se iza en globos de colores hasta rozar con los dedos el celeste zaguán del cielo.
«La luna no me nombra», dices en uno de tus versos… Qué triste, compañera, que nos tengamos que escribir tras tu muerte. Qué triste recordar ahora en tu ausencia, la ausencia de todas; las que sobrevivieron bajo las bombas y las muertas bajo ellas como tú. Qué triste rememorar que cuando te aniquilaron volvieron a matar a Heba Abu Nada, a Lorca, a Victoria Amelina, Irène Némirovsky, Gerturd Kolmar, Etty Hillessum, Ilse Weber y tantas y tantas más.
Qué bonitos versos tienes cuando escribes «La niña llegará sola / No tendrá nada más que su nombre». Tú, asesinada como tantas niñas, las ultrajadas, amordazadas, hambrientas, masacradas, violadas, heridas, asoladas, devastadas… caídas. En todas ellas, tú, y en tu poesía, toda nuestra palabra. Y en tu palabra, la esperanza.
La paz que no puede esperar no se construye con alegatos y buenas intenciones, lo sabemos. Necesitamos justicia para cimentar la paz. Necesitamos derrumbar la impunidad. Nombrar a los genocidas. Aislarlos, juzgarlos, sacarlos del poder y que paguen por sus exterminios.
Nombrar a los genocidas. A ti no solo te ha matado quien dirige el estado de Israel y su ejército, Netanyahu; no solo te ha acribillado quien apoya el genocidio del pueblo palestino, libanés, iraní y convierte a todo Oriente Medio en una balsa ensangrentada, Trump. A ti te ha matado también quien no alza la voz para denunciar las masacres de quienes un día fueron víctimas y ahora se han convertido en los mayores verdugos. Más verdugo que el que ahorca, sí, más.
Me tapo la cara con las manos, antes de seguir escribiéndote, hermana, antes de traer, una vez más aquí, las reflexiones de la maestra Segato, que nos dice: «Gaza es un cambio de era porque el poder de la muerte se exhibe sin pudor». Efectivamente, estamos ante un cambio de paradigma donde ya no rigen las normas humanitarias, el derecho internacional y las reglas de consenso cívico. Solo rige la ley de la aniquilación. Tanto pueden aniquilar sin que nadie les pare, tan fuertes dicen ser; esa es la única carta de inhumanidad que rige nuestro mundo hoy. Y sí, no se me olvida, a ti te han matado.
El crimen de los feminicidios, que se ha convertido en algo común con el paso de los siglos (¿Quién contabilizó las torturas, violaciones, asesinatos y devastaciones contra las mujeres en otras eras?) han hecho que se cree un clima de exhibición de la impunidad. La exaltación del despotismo, del abuso, de la ilegalidad, de la barbarie es el modus operandi a través del que los genocidas del siglo XXI superan a los del siglo XX. Incluso en el Holocausto el horror no se manifestó por completo hasta la apertura de los campos de concentración y los hornos crematorios, hasta la visión de las montañas de cadáveres cubiertos de podredumbre y ceniza. Hoy día, el grado de deshumanización es tal que, mientras se entierran a más de cien niñas masacradas en su escuela bajo los proyectiles, se nos distrae con una vuelta espacial en torno a la Luna o se nos pretende engañar con la retransmisión de una «primera dama» que dice no tener nada que ver con un captor y un violador de niñas en prime time, a la vez que se exhiben fotografías de ambos en situaciones íntimas, estando esposada con un sujeto ejecutor de esas mismas atrocidades. También pienso en qué no habrá tenido que hacer esa señora en el pasado para seguir denigrándose en la actualidad de esa manera.
Se nos está aniquilando el sentido crítico a base de generar miedo e inocular paulatinamente cada vez mayor permisividad a lo cruel, a lo atroz, a lo fiero. O intentan narcotizarnos con ficción y ocio vulgar, para que no pensemos, o ansían inmunizarnos con un manifiesto desprecio a la vida, a nuestras vidas, mediante el ultraje y la humillación a valores humanos ligados a lo esencial del Ser: la defensa de la justicia, la cooperación humana, la visión de la Naturaleza como una más y no como otredad. Lo horrendo nos lo sirven en la cotidianeidad. Así nos están envileciendo. ¿Y qué nos queda?
El no-silencio, la poesía, la palabra. Tu palabra.
«La lucha de mis labios/ repitiendo el intento/ una y otra vez».
Con la siembra del odio hendiendo el filo de la navaja en los surcos de la tierra baldía, solo florecieron el dolor, la más honda amargura, una herida abierta y profunda.
Con el filo de la navaja que surcaba la tierra baldía se sembró de muerte, de dolor y de amargura la semilla de amor que hacía florecer la vida.
En los surcos de tierra baldía en los que se hendía la semilla, el filo abierto de la navaja dejó una dolorosa herida en el amor que clamaba florecer como tierra sembrada de vida.
Con la semilla del odio baldío sembrado en el filo de la navaja se apagó una voz que florecía en los surcos de una tierra fértil en la que cobraba vida un amor sin dolor ni heridas.
Las guerras, la violencia, el odio, el maltrato… dejan baldía una tierra que antes era luminosa y fértil.
En menos de dos minutos, un resumen de la apasionante y, a veces, ardua aventura en la que debe embarcarse cualquier escritor que se precie, o se desprecie, a la hora de escribir un libro, desde la idea inicial hasta su publicación.
Retrato de Luis de Góngora y Argote (1622), óleo de Diego Velázquez (Museo de Bellas Artes de Boston).
Mientras por competir con tu cabello, oro bruñido, el sol relumbra en vano mientras con menosprecio en medio el llano mira tu blanca frente el lilio bello;
mientras a cada labio, por cogello, siguen más ojos que al clavel temprano, y mientras triunfa con desdén lozano del luciente cristal tu gentil cuello;
goza cuello, cabello, labio y frente, antes que lo que fue en tu edad dorada oro, lirio, clavel, cristal luciente,
no solo en plata o viola troncada se vuelva, mas tú y ello, juntamente, en tierra, en humo, en polvo, en sombra, en nada.