El descansillo de mi infancia

En la esquina de la calle
en la que plácidamente reposa
el descansillo de mi infancia
luce un cordel de esparto,
tan fino y resplandeciente
como la luminosa memoria
que a veces me despierta.

De él cuelgan tebeos y cromos
de compro y cambio,
canicas disfrazadas de arcoíris,
tirachinas de tirar a dar,
limas de tierra adentro
y peonzas que bailan
hasta caer rendidas.

Al desperezarse la mañana,
los tebeos cobran vida
y se llenan de jabatos,
capitanes y truenos,
guerreros del antifaz,
jaimitos, crispines
y bélicas hazañas.

Los cromos de busca y pega,
con permiso de los recortables,
ansían con lógico denuedo
no repetir figuras de balón en pie,
campeones a dos ruedas,
imágenes de vida y color
en las que nada ni nadie falta.

Mientras cromos y tebeos
campan a sus anchas,
las aceras se inundan de combas,
gallinitas ciegas y acericos,
diábolos que rozan el cielo
y rayuelas encaladas
con pedacitos de tiza blanca.

A su cita con la calle
tampoco faltan escondites,
balones sin reglamento
o hechos prisioneros,
tacones de zapatos maltrechos,
y huesos de acerolas
lanzados con canutos de caña.
Cumplida la hora de la siesta,
y aún con el sudor en la frente,
en el cordel se acepta cambiar
cromos por onzas de chocolate,
tebeos por pan con aceite,
cucuruchos de altramuces
o uvas con queso que saben a besos.

Y si la paga da para ello,
quizá haya tardes de ensueño
embelesadas en sesiones dobles,
viendo cómo hay otras vidas
que narran sus desventuras,
sus duelos o sus amores
en una pantalla gigante.

Antes de que la tarde amaine,
toca repasar tablas de multiplicar,
historias de héroes campeadores,
descubridores y reyes católicos,
batallas de moros pendencieros,
conjugaciones de verbos intransitivos
y un listín completo de visigodos.

Con el pijama puesto
y el Jesusito de mi vida rezado,
no está de más revivir aventuras
de capitanes intrépidos
o embarcarse en apasionantes viajes
de veinte mil leguas submarinas
o alrededor del mundo en ochenta días.

Y ya con los ojos cerrados
y la imaginación despierta,
cualquier cosa puede acontecer,
que los sueños se compren,
que se cambien por pesadillas
o alcancen el cielo
lanzados con tirachinas.

Mientras la madrugada discurre
sin demasiados sobresaltos,
en el cordel de la esquina
ya empiezan a colgarse
carteras y mochilas de cuero,
plumieres de madera de piso y medio
y tarros de tinta azulada.

Los trocitos de tiza de la rayuela,
mejor será guardarlos
para escribir mil y una veces
en la negruzca pizarra de la clase:
«no volveré a hacerlo»,
como si la razón supiera
qué se hizo y que no debió hacerse.

Y para que nada falte,
los libros acurrucados en la cartera
comienzan a deshojarse
con caligrafías a vuela pluma,
pacientes trasuntos en latín,
consignas divinas de catecismo
o dictadas en un claro de luna.

En el fino cordel que late
en el corazón de mi infancia
todavía quedan por colgar
algunos inocentes recuerdos
que a veces sigo teniendo,
esos que aún no se sabe
si comprarlos, cambiarlos o venderlos.

Del poemario Paisaje interior. Poemas de última hora (Loto Azul, 2024), del que solo quedan ya un puñado de ejemplares, todos ellos en mis manos. De modo que, si quieres alguno, puedes escribirme a eldeliriodelapalabra@gmail.com

Tiempo de felicidad

Para escuchar…

Para leer…

El tiempo de la felicidad
se marchó de puntillas
y ya no se escucha a lo lejos
su alborozado cimbreo,
ese que iluminaba cada noche
una sonrisa de canela
y un beso de raso fino,
un déjame que me beba tu vida.

Se fue bajo un palio invisible
para que nadie lo viera,
sin una despedida,
un quizá hasta luego,
un tal vez vuelva algún día,
dejando millones de versos
escurriéndose como sierpes
entre los dedos de las manos.

Sonaron tambores de guerra
y salió despavorido
a la busca de otras esquinas
en las que alojar su tiempo,
esas sonrisas y esos besos
con los que colmaba
quebrantos y amarguras,
pasiones y desengaños.

La felicidad se marchó despacio,
a horas intempestivas,
sin que apenas se la oyese,
no fuera a soliviantar
a quien la cuidaba con celo
ciñéndola a su pecho
como si fuera un tesoro
que no tiene precio.

Las noches de sueños en vela
la echan de menos
y no hay un solo segundo
que no voceen quejidos
rogando que vuelva
por donde se ha ido,
que aún no es momento
de entristecer a solas.

El tiempo de la felicidad
se detuvo sin permiso
tallando en la oquedad del aire
rasguños que ya no se curan,
un manojo de palabras
que se enmarañan en sí mismas
dejando la boca y el alma secas
y una vida sin vida.

Poema incluido en mi poemario Travesía sentimental (Cordel D’Prata, 2023).

«Llama de amor viva», de san Juan de la Cruz

Retrato de San Juan de la Cruz, obra del artista contemporáneo Santiago Ydáñez.
¡Oh llama de amor viva,
que tiernamente hieres
de mi alma en el más profundo centro!,
pues ya no eres esquiva,
acaba ya, si quieres;
rompe la tela de este dulce encuentro.

¡Oh cauterio suave!,
¡oh regalada llaga!,
¡oh mano blanda!, ¡oh toque delicado!,
que a vida eterna sabe
y toda deuda paga;
matando muerte, en vida la has trocado.

¡Oh lámparas de fuego,
en cuyos resplandores
las profundas cavernas del sentido,
que estaba oscuro y ciego,
con extraños primores
calor y luz dan junto a su querido!

¡Cuán manso y amoroso
recuerdas en mi seno,
donde secretamente solo moras!,
y en tu aspirar sabroso,
de bien y gloria lleno,
¡cuán delicadamente me enamoras!

San Juan de la Cruz (Fontíveros, Ávila, 24-6-1542 – Úbeda, Jaén, 14-12-1591), religioso y poeta místico del Renacimiento español, Doctor de la Iglesia.

Canción de la muerte

En prosa…

Muero, mi amor, y muero, por lo que no debería morir. Muero al sentirte cerca y no poderte decir, decirte que muero y muero al encontrarme sin ti. Muero en la noche negra, muero en tus negros ojos. Muero en tu mirada blanca, muero en tu blanco cuerpo. Muero, mi niña, muero de tanto amarte en silencio. La canción de la muerte redobla en los redondos tambores del viento. Muero, que muero y muero, cuando tus labios se callan los dulces besos que yo quiero. Muero en tus sollozos ahogado, muero en la ausencia de tus brazos. Muero, muriendo muero, cuando llamo a las puertas de tu vida y no respondes ni suspiras. Muero, que sé que muero, porque en las heladas noches de invierno ocultas tus ardientes pechos para que mis manos no los encuentren. Muero, despacio muero, que la muerte me espera y su canción ya retumba en los altos valles del cielo.

… y en verso

Muero, mi amor, y muero, 
por lo que no debería morir.
Muero al sentirte cerca
y no poderte decir,
decirte que muero y muero
al encontrarme sin ti.

Muero en la noche negra,
muero en tus negros ojos.
Muero en tu mirada blanca,
muero en tu blanco cuerpo.
Muero, mi niña, muero
de tanto amarte en silencio.

La canción de la muerte redobla
en los redondos tambores del viento.
Muero, que muero y muero,
cuando tus labios se callan
los dulces besos que yo quiero.

Muero en tus sollozos ahogado,
muero en la ausencia de tus brazos.
Muero, muriendo muero,
cuando llamo a las puertas de tu vida
y no respondes ni suspiras.

Muero, que sé que muero,
porque en las heladas noches de invierno
ocultas tus ardientes pechos
para que mis manos no los encuentren.

Muero, despacio muero,
que la muerte me espera
y su canción ya retumba
en los altos valles del cielo.

Palabras de ida y vuelta: de un puñado de frases a un ramillete de versos; de un párrafo que viaja solo a un poema salpicado de estrofas.

Texto extraído de mi libro El delirio de la palabra. Prosas y versos de juventud (viveLibro, 2016)

«Haikus» de Hashimoto Takako

Hortensia azul. 
Las cartas de ayer
se han vuelto viejas.

Con un crujido
ata una faja alrededor
de la planta marchita.

En la oscuridad
añoro el olor
del membrillo maduro.

En este monte nevado
se manifiesta en su lu
el sentido de mi vida.

En soledad
pasa la vida, día a día.
Migran los gansos.

Luna de noche fría.
Las llamas de la hoguera,
una a una, se elevan.

Se desvanece el rocío
cuando poso mi mano
en mi pecho.

Comparto el sueño
con el que se marchita
a la luz de la luna.

Del poemario A la luz de la luna (La senda del haiku, 2024)

Hashimoto Takako (Hongō, Tokio, 15-1-1899 – 29-5-1963), poeta japonesa de haikus.

«Sonetos» de Fernando Adrián Zapata (I)

Soneto a mis cincuenta años en curso...
El trajinar de estos cincuenta años,
mi medio siglo, aún, cruzando a pie
obstáculos, caminos y peldaños,
me impulsa a obrar y a no perder la fe.

He visto amor, unión y ayuda mutua;
he hurgado entre hambre, odio y horror,
y he amado y he tumbado a desventuras
que restallaron al templar mi acción.

He concurrido a pesadillas y a ansias,
he atravesado crudas circunstancias
y, siempre, he empuñado mi Ideal.

Me queda liberarme, izar mis sueños,
mis forjas, mi fulgor y mis anhelos
a un porvenir de Unión, Justicia y Paz.


Trabajar, soñar y amar
Me urge, hoy, hallar un ser fraterno,
honesto y que se brinde, a pecho abierto;
le busco, en estos tiempos tan bravíos,
le busco, en la razón y en el instinto.

Me urge hallarle, aquí o en otros lares,
cruzando estos anhelos desbordantes;
volviendo o comenzando, aquí o allá,
en ida y vuelta, al cosmos, siempre y ya.

Me urge, incluso, hallarme en sus deseos;
en todos sus resplandecientes sueños,
tan prestos por su vuelo universal.

No es fácil, en un mundo tan injusto,
colmar la paz y unirse en libertad.
Le busco al trabajar, soñar y amar.


Soneto por la paz, en rebelión
Dos guerras imperiales en un mundo,
en un planeta pleno de esperanzas;
matanzas e intereses nauseabundos
quemaron sueños de la raza humana.

Masacre y contaminación plagaron
al hábitat y al alma de las gentes.
El odio y la violencia aun no cesaron;
nos queda, por la paz, ser insurgentes.

Nos queda combatir a la injusticia;
pujar contra miserias opresivas
que imponen hambre, muerte y destrucción.

Nos queda combatir a la codicia,
tumbar a dominantes egoístas;
nos queda, por la paz, alzar amor.

Fernando Adrián Zapata (Concordia, provincia de Entre Ríos, República Argentina, 19-9-1975), profesor de Lengua y Literatura, gremialista, artista y escritor.

Noches de noche oscura

En las noches de noche oscura
hay corazones en vela
robando besos transidos
que supuren sus heridas,
sueños abriéndose paso
entre humedales de niebla
para huir de la espesura
que los laceran por dentro.

En las noches de noche oscura
hay estrellas sin luna
y luna sin estrellas,
almas blandiendo penas
que no hallan salida
a las pesadillas nocturnas
que se cuelan de madrugada
en la hondura de sus entrañas.

En las noches de noche oscura
hay amores perdidos
que conducen a la locura,
pasiones encontradas
que no encuentran cordura,
diablos cojuelos
que vagan por tejados
huyendo de los infiernos.

En las noches de noche oscura
hay sollozos que no cesan,
lágrimas que empapan
los silencios estériles del aire,
rescoldos de pesares ardiendo
que el tiempo no apaga
y los recuerdos avivan
sin medida ni distancia.

En las noches de noche oscura
hay pecados que no se perdonan
escondidos a buen recaudo
bajo el quicio de la almohada,
íntimos secretos veniales
celosamente guardados
como un precioso tesoro
bajo siete llaves y un suspiro.

En las noches de noche oscura
hay emociones sin desenlace
que perduran en el tiempo,
relatos sin historia
que se fueron sin un adiós escueto
y ya no anidan en la memoria
de quienes las sufrieron
a golpes de martillo.

En las noches de noche oscura
hay insomnios en duermevela,
que se acomodan en su trono
pare reinar en su universo bruno
hasta el tibio clarear de la mañana,
cuando la vida se despereza
con bocanadas de luz que desmenuzan
versos de amargura sombría.

En las noches de noche oscura
hay ojos cegados de espanto
que ansían beberse la claridad
que emana del crepitar del alba,
espíritus indomables
que asoman a contraluz
al final de la hora nocturna
cuando la oscuridad escampa.

Poema incluido en Travesía sentimental (Cordel D’Prata, 2023)

«Un lagarto verde», de Nicolás Guillén

Por el Mar de las Antillas
(que también Caribe llaman)
batida por olas duras
y ornada de espumas blandas,
bajo el sol que la persigue
y el viento que la rechaza,
cantando a lágrima viva
navega Cuba en su mapa:
un largo lagarto verde,
con ojos de piedra y agua.

Alta corona de azúcar
le tejen agudas cañas;
no por coronada libre,
sí de su corona esclava;
reina del manto hacia fuera,
del manto adentro, vasalla,
triste como la más triste
navega Cuba en su mapa:
un largo lagarto verde,
con ojos de piedra y agua.

Junto a la orilla del mar,
tú que estás en fija guardia,
fíjate, guardián marino,
en las puntas de las lanzas
y en el trueno de las olas
y en el grito de las llamas
y en el lagarto despierto
sacar las uñas del mapa:
un largo lagarto verde,
con ojos de piedra y agua.

Tomado de La paloma de vuelo popular, en Obra poética 1920-1972 (Instituto Cubano del Libro, La Habana, 1972).

Nicolás Guillén Batista (Camagüey, Cuba, 11-7-1902 – La Habana, Cuba, 16-7-1989), poeta, periodista y activista cubano

Carita de ángel

Para leer…

Al rozar la medianoche,
apareció como caída del cielo
aquella hermosa criaturita
de cuerpo rechoncho
y corazón de oro.

En su carita de ángel
llevaba pintados
los rasgos de la mía,
la naricita achatada
y los labios encarnados.

Cómo se puede querer
tanto a alguien recién llegado
a quien nunca había visto,
sin balbucear palabras
que me dijeran algo.

Dudé de si era mío
o venía prestado,
pero se esfumaron las dudas
cuando me miró de frente
pidiendo un soplo de cariño.

Difícil era no darle mi alma
a aquel retoño de ojitos azules,
de piel transparente y rosada
que llegaba a mi vida
como una llamarada.

Imposible no prometerle
amor para siempre,
sintiendo sus manitas de seda
aferrarse suavemente a las mías
para nunca separarse de ellas.

A mi hijo Alejandro, que el 6 de mayo celebra su cumpleaños

Para escuchar…

Poema incluido en el libro Reverso y anverso. Poemas de largo recorrido (Libros Indie, 2022).

Hay pueblos…

Hay pueblos 
que dícense elegidos
por la gracia divina,
y, en virtud de esa gracia,
les asiste el pleno derecho
a defender sus vidas
con fusiles y pistolas.
Hay pueblos olvidados
que decláranse invisibles
por la gracia humana,
y, en virtud de ella,
carecen de derecho alguno
a seguir existiendo,
que sus vidas no les pertenecen,
ni la tierra que pisan,
en la que echaron sus raíces,
ni el aire que respiran
destilando un trágico hedor a sangre.

Según ley no escrita,
hay pueblos elegidos
con derecho a vivir,
aun a costa de matar
a quienes incumplirla osan
armados hasta las cejas
con bocas sedientas,
estómagos vacíos
y corazones desgarrados.
Hay pueblos sin elección,
solo con derecho a morir,
a dejarse aniquilar
sin poder defenderse,
que la ley no escrita dictamina
que han de fallecer a tiros
o a sucumbir de hambre,
mientras resuenan ecos de bombas
que sin piedad los masacran.

Al pueblo palestino,
al que solo asiste el derecho a morir