No hace mucho que ha echado a andar la Sociedad de Escritores y Poetas del Mundo (SEPOM), una organización literaria internacional de habla hispana con presencia mundial, cuya finalidad es impulsar a autores, proyectos editoriales y programas culturales en todos los continentes. En definitiva, el principal objetivo de este ambicioso proyecto es promover la literatura y su difusión global mediante una red internacional de culturas.
Si quieres conocer más a fondo todo lo que hay detrás de SEPOM, te invito a entrar en su web, sepom.org, donde podrás informarte de su estructura, sus actuales socios y sus muchas y variadas actividades, entre las que sobresalen programas académicos, una editorial, una revista digital, un club de lectura e incluso una feria virtual del libro.
Por supuesto, si estás interesado en un proyecto literario como este, tienes la puerta abierta para sumarte a él.
El recuerdo de la muerte de Lorca ha hecho temblar a Granada, que por sus venas aún circula la sangre de Federico derramada aquella aciaga madrugada en la que Granada se quedó a oscuras y colgó un crespón negro en cada esquina de sus calles y plazas. Tres disparos de fusiles se escucharon en el aire enlutado entre Víznar y Alfacar, los tres que a Federico descerrajaron, una por ser rojo; otra por ser poeta; la última por amar como él amaba, Lo que no sabían los que lo fusilaron era que solo pudieron enterrar su cuerpo en una zanja, una cuneta o un barranco, que su alma seguiría eternamente viva, cabalgando a lomos de sus poemas que siembran versos allá por donde pasan, cuando la tarde dulcemente se recuesta y entre bostezos se despierta la noche envuelta en un manto de estrellas, que a lo lejos susurrando lo llaman: «¡Ven, Federico, y cántanos una nana forjada en el corazón de tu fragua, ataviada con un polisón de nardos, para que el sueño nos venza hasta que acierte a arribar la mañana!». «¡Ven, Federico, mira cómo una luna llena alumbra desde el cielo la Torre de la Vela, en la que ondea una hermosa bandera teñida de rojo, amarillo y morado. La bandera que bordó Mariana con un fino hilo de seda y primorosos pespuntes de oro, extraídos de las entrañas del río Dauro camino del Paseo de los Tristes!». «¡Ven, Federico, no te vayas lejos, que Granada está temblando de pena y el alma de sus calles se agrieta recordando aquella muerte que te dieron, junto a Dióscoro, Joaquín y Francisco, tan solo por ser quien eras y nunca quisieron que fueras, por pensar lo que pensabas, pero jamás consintieron que pensaras!».
@José Molina Melgarejo
En memoria del poeta y dramaturgo Federico García Lorca, fusilado, sin juicio previo, la madrugada del 18 de agosto de 1936, en un paraje entre Víznar y Alfacar. Junto a él también fueron fusilados los banderilleros y militantes anarquistas Francisco Galadí Melgar y Joaquín Arcollas Cabezas, así como el maestro de escuela republicano Dióscoro Galindo González.
—Aquel verano de 1936, en el silencio de la noche, voces venidas de todos los lugares del tiempo gritaron el nombre de Federico, el único Federico que habían conocido, como si fueran bramidos desesperados emergiendo desde el fondo ardiendo de sus gargantas.
—Pero él no respondió…
—Miles de ojos inquietos buscaron su sombra transparente entre el bullicio de las calles confundidas y solitarias de su amada Granada.
—Una tarde con olor a albahaca, despierta y enamorada, lo había citado a las cinco en punto para burlar juntos aquella maldita hora de labios sellados y miradas ciegas.
—Pero nunca acudió a su cita.
—Alguien creyó verlo partir camino de Víznar o de Alfacar, llevando entre sus delicadas manos la vara de mimbre de aquel Antoñito al que apodaban «el Camborio».
«Antonio Torres Heredia, hijo y nieto de Camborios, con una vara de mimbre va a Sevilla a ver los toros.
Moreno de verde luna, anda despacio y garboso. Sus empavonados bucles le brillan entre los ojos.
A la mitad del camino cortó limones redondos, y los fue tirando al agua hasta que la puso de oro.
Y a la mitad del camino, bajo las ramas de un olmo, Guardia civil caminera lo llevó codo con codo».
—Quién sabe si aquel día de agosto no habían acudido juntos, entre sol y sombra, entre sombra y sol, a ver torear a Sánchez Mejías su sangriento toro de muerte.
«Por las gradas sube Ignacio con toda su muerte a cuestas. Buscaba el amanecer, y el amanecer no era. Buscaba su perfil seguro, y el sueño lo desorienta. Buscaba su hermoso cuerpo y encontró su sangre abierta. ¡No me digáis que la vea! No quiero sentir el chorro cada vez con menos fuerza; ese chorro que ilumina los tendidos y se vuelca sobre la pana y el cuero de muchedumbre sedienta. ¡Quién me grita que me asome! ¡No me digáis que la vea!».
—Quién sabe si no era Mariana la que aguardaba a Federico, sentada bajo el Arco de Elvira, bordando con pespuntes de oro una bandera que suplicaba la libertad que a él le faltaba.
MARIANA: «¡Os doy mi corazón! Dadme un ramo de flores. En mis últimas horas yo quiero engalanarme. Quiero sentir la dura caricia de mi anillo y prenderme en el pelo mi mantilla de encaje. Amas la Libertad por encima de todo, pero yo soy la misma Libertad. Doy mi sangre, que es tu sangre y la sangre de todas las criaturas. ¡No se podrá comprar el corazón de nadie! Ahora sé lo que dicen el ruiseñor y el árbol. El hombre es un cautivo y no puede librarse. ¡Libertad en lo alto! Libertad verdadera, enciende para mí tus estrellas distantes. ¡Adiós! ¡Secad el llanto!».
—Nadie sabía dónde estaba.
—Su duende y su figura se habían hecho invisibles, y nadie acertaba a verlos.
—Como si, de repente, un manto de seda negro lo hubiera recubierto hasta vestirlo de noche.
—Una noche enlutada y muda, en la que gitanos de verde luna bailaban y lloraban los quejíos de sus romances.
«La luna vino a la fragua con su polisón de nardos. El niño la mira mira. El niño la está mirando.
En el aire conmovido mueve la luna sus brazos y enseña, lúbrica y pura, sus senos de duro estaño.
Huye luna, luna, luna. Si vinieran los gitanos, harían con tu corazón collares y anillos blancos.
Niño, déjame que baile. Cuando vengan los gitanos, te encontrarán sobre el yunque con los ojillos cerrados.
Huye luna, luna, luna, que ya siento sus caballos. Niño, déjame, no pises mi blancor almidonado».
—¡Vuelve, Federico!, que te esperan las amapolas…
—... los campos teñidos de olivos…
—… estrellas de escarcha cabalgando entre montañas.
—Regresa a Fuente Vaqueros, a Madrid o a Granada, que en el aire de sus calles todavía se respira tu aliento y en cada uno de sus rincones rezuma el profundo aroma de tus poemas.
—Regresa a Nueva York, donde hay quien te sigue viendo, disfrazado de poeta, surcando su cielo en un barco de nubes camino de La Habana o de Santiago, donde continúa escuchándose el eco de tu voz clara y luminosa.
«Cuando llegue la luna llena, iré a Santiago de Cuba, iré a Santiago, en un coche de aguas negras. Iré a Santiago. Cantarán los techos de palmera. Iré a Santiago. Cuando la palma quiere ser cigüeña. Iré a Santiago».
—Regresa, Federico, al corazón de las rosas, donde doña Rosita pena sola, intentado limar las espinas que le clavaron sus amores perdidos.
ROSITA: «Granada, calle de Elvira, donde viven las manolas, las que se van a La Alhambra, las tres y las cuatro solas. Una vestida de verde, otra de malva, y la otra, un corselete escocés con cintas hasta la cola. Las que van delante, garzas; la que va detrás, paloma; abren por las alamedas muselinas misteriosas. ¡Ay, qué oscura está La Alhambra! ¿Adónde irán las manolas mientras sufren en la umbría el surtidor y la rosa?».
—¡Ven, Federico!, no te duermas en ese profundo sueño del que nunca se despierta, hasta que la madrugada se abraza a las cálidas luces del alba.
—Regresa, Federico, antes de la medianoche, que aún has de probarte las alpargatas de mimbre que con tanto primor te ha tejido una zapatera prodigiosa, mientras a un niño escucha canturrear con la voz entrecortada, creyéndote mariposa prendida del aire.
«Mariposa del aire, qué hermosa eres, mariposa del aire dorada y verde. Mariposa del aire, ¡quédate ahí, ahí, ahí!... No te quieres parar, pararte no quieres. Mariposa del aire dorada y verde. Luz de candil, mariposa del aire, ¡quédate ahí, ahí, ahí!... ¡Quédate ahí! Mariposa, ¿estás ahí?».
—Si el sueño no te vence, te cantaré una nana, hasta que tus ojos se cierren y sientas cómo cabalgas a galope tendido a lomos de la noche.
«Nana, niño, nana del caballo grande que no quiso el agua».
—No te recuestes en ese sombrío lecho colmado de ausencias.
«El agua era negra dentro de las ramas. Cuando llegue al puente se detiene y canta».
—Espera, detente, Federico, mira cómo Yerma arrulla al hijo que nunca tuvo…
«¿Quién dirá, mi niño, lo que tiene el agua con su larga cola por su verde sala?».
—Cómo las mariposas han perdido su maleficio…
«Duérmete, clavel, que el caballo no quiere beber».
—Cómo en el jardín de la luna Don Perlimplín y Belisa aún se siguen amando.
«Duérmete, rosal, que el caballo se pone a llorar».
—Escucha, Federico, cómo resuena a lo lejos un poema de cante jondo, apadrinando a dos novios en su boda sin sangre.
«El grito deja en el viento una sombra de ciprés.
(Dejadme en este campo llorando.)
Todo se ha roto en el mundo.
No queda más que el silencio.
(Dejadme en este campo llorando.)
El horizonte sin luz está mordido de hogueras.
(Ya os he dicho que me dejéis en este campo llorando.)».
—Una vez escribiste, Federico: «Cuando niño a mí me dijo un día mi pobre abuela que al morirme yo me iría sobre las horas más tiernas de los árboles más altos».
—Quizá ahora sepamos dónde te encuentras, aunque querer no queremos dejar tu balcón abierto, como un día nos pediste, y desde él alguien te lances al vacío a punta de pistola.
«Si muero, dejad el balcón abierto.
El niño come naranjas. (Desde mi balcón lo veo.)
El segador siega el trigo. (Desde mi balcón lo veo.)
Si muero, dejad el balcón abierto».
—Quizá andes volando a merced del viento, sembrando versos en las fértiles tierras del cielo.
—Persiguiendo sin descanso la sombra del árbol más alto bajo la que recostarte.
—Mientras, de cuando en cuando, tímidamente te asomas para ver cómo lloramos tu ausencia en el alma furtiva que se esconde tras el silencio ondulado de tus hermosos versos.
—¡Ay, Federico, sin saber si te has ido, que la duda aún nos asalta, ya te echamos de menos, que, sin ti, nos falta media vida, la que nos dan tus poemas cuando nuestros corazones amargamente se desangran.
He andado muchos caminos, he abierto muchas veredas; he navegado en cien mares, y atracado en cien riberas. En todas partes he visto caravanas de tristeza, soberbios y melancólicos borrachos de sombra negra, y pedantones al paño que miran, callan, y piensan que saben, porque no beben el vino de las tabernas. Mala gente que camina y va apestando la tierra... Y en todas partes he visto gentes que danzan o juegan, cuando pueden, y laboran sus cuatro palmos de tierra. Nunca, si llegan a un sitio, preguntan a dónde llegan. Cuando caminan, cabalgan a lomos de mula vieja, y no conocen la prisa ni aun en los días de fiesta. Donde hay vino, beben vino; donde no hay vino, agua fresca. Son buenas gentes que viven, laboran, pasan y sueñan, y en un día como tantos, descansan bajo la tierra.
Incluido en el poemario Soledades. Galerías. Otros poemas (Librería de Pueyo, Salamanca, 1907)
Antonio Machado Ruiz (Sevilla, 28-7-1875 – Colliure, Francia, 22-2-1939), poeta de la generación del 98.
Hay guerras que son otras guerras, guerras perdidas que nunca se ganan que se combaten sin armas, pero laceran y matan.
Guerras que no se bautizan, guerras sin edad ni nombre, invisibles y fantasmas, que no tienen dueño, solo rehenes camuflados para que nadie los vea ni oiga.
Guerras que se gritan en silencio y se silencian a gritos, que rugen sin voces que las acallen, pero agrietan la tierra hasta dejarla yerma.
Guerras que no cicatrizan, que claman venganza y odio, que la vida no vale nada, ni un soplo de esperanza.
Guerras que solo pierden los que solo las sufren, que matan de hambre y la miseria las desangra.
Guerras sin cuartel, que se lidian a cielo abierto, sin una miserable trinchera en la que hallar refugio.
Guerras a pie de calle, a la vuelta de la esquina, con soldados sin uniforme que fusilan por la espalda.
Guerras en orillas desiertas, en las que no hay oasis en los que suturar penas y aquietar angustias.
Guerras que se libran en pateras, cruzando estrechos que se ensanchan, surcando mares revueltos donde la vida se echa a suerte.
Guerras de náufragos a la deriva pidiendo que alguien los rescate, que no quieren perecer en mitad de la nada, sin que nadie sepa de ellos.
Guerras de exiliados sin destino, de migrantes en travesías sin retorno cruzando fronteras alambradas que les cercenan el camino; saltando vallas con espinas que se clavan en sus almas.
Guerras traficando con vidas rotas, de gentes sin hoy ni mañana, condenadas al dolor y la indolencia, la indigencia y la desesperanza, la fatalidad y el desgarro, el agravio y el maltrato, el desprecio y el abandono.
Hay guerras que son otras guerras, que se ignoran o se desconocen, se desdeñan o se arrinconan, pero que no pueden olvidarse.
A los náufragos en cualquier lugar y tiempo, surcando mares o deambulando por tierra firme, que no logran arribar a la orilla
Las montañas se doblan ante tamaña pena y el gigantesco río queda inerte. Pero fuertes cerrojos tiene la condena, detrás de ellos solo «mazmorras de la trena» y una melancolía que es la muerte.
Para quién sopla la brisa ligera, para quién es el deleite del ocaso. Nosotras no sabemos, las mismas por doquiera; solo oímos el odioso chirriar de llaves carceleras y del soldado el pesado paso.
Nos levantamos como para la misa de madrugada, caminábamos por la ciudad incierta, para encontrar una a la otra, muerta, inanimada, bajo el sol o la niebla del Neva más cerrada, mas la esperanza a lo lejos canta cierta…
La sentencia… y las lágrimas brotan de repente, ya de todo separada, como arrancan la vida al corazón, dolorosamente, como si hacia atrás la derribaran brutalmente, pero marcha… vacila… aislada…
¿Dónde están ahora aquellas compañeras del azar, de mis años de infierno desnudo? ¿En la borrasca siberiana cuál es su soñar, qué imaginan en el círculo lunar? A vosotras os envío mi adiós y mi saludo.
Anna Andréievna Ajmátova (Bolshói Fontán, Odesa, Imperio ruso, 13-6-1889 – Domodédovo, Moscú, 5-3-1966), una de las figuras más relevantes de acmeísmo, corriente poética que surgió en 1910, durante la llamada Edad de Plata de la literatura rusa.
Una puñalada de fuego a traición bastó para herir al monte de muerte. Hoy yace desarbolado e inerte, con sus pastos llorando con desazón.
El fuego de esa voraz puñalada dejó desangrándose sus praderas, a cenizas reducidas sus dehesas, sus frondosas laderas devastadas.
Ya nada puede sofocar el fuego. El viento lo ha arrastrado monte adentro, la lluvia no se descuelga del cielo.
Allí donde brillaban herbazales ya solo quedan restos del incendio, humeantes y desecos pastizales.
Creen aquellos que asestan puñaladas de fuego que eso de matar montes no es más que un juego. Creen aquellos que igual da cuidarlos ahora que luego, que lo montes ardan no ha de producir desasosiego.
Estrambote del estrambote Muy contagiados andan de ignorancia quienes piensan que cuidar la naturaleza comporta una extrema y sofocante pereza, por lo que en atenderla muestran suma inoperancia.
A las tierras devastadas por los incendios, en cualquier tiempo y lugar
Poema incluido en el poemario inédito A cielo abierto
Cuando vuelvas, haré que la noche se beba tu vientre encendido. Te aguardaré en las esquinas sin luz, inerte mi corazón, temblando como un hilo de sombras. Esperaré tu regreso asomado al quebranto de la tarde solitaria, mientras se hace eterno el tiempo que gélido crece como espigas de nieve.
Aquí me hallarás, en un tenue amanecer sin palabras, anhelando el fuego de tu calor ausente, deshaciéndome en el vacío de la nada, como si tu presencia distante fuera el triste paraíso de los desesperados. Estaré aquí, mi dulce mariposa, con el ansia desvanecida en la espera tardía. En el mismo lugar en que me dejaste estaré, encadenado al espacio infinito de tu recuerdo.
Pero, cuando vuelvas, creeré que se ha borrado mi pesadilla, y en la flor de tu boca deshojaré los besos que no te he dado. Me tenderé a las orillas de tu pecho, y me adentraré por los caminos ocultos de tu cuerpo hasta fundirme en los abismos de tus entrañas.
Nada impedirá que desvele por tu llegada, ni que en el laberinto de las tinieblas me deje alumbrar por el clamor de sus ojos. No dejaré que la oscuridad te envuelva y, cuando sienta tus pasos, incendiaré la noche para que no pierdas mi rastro. Cuando vuelvas, mi princesa, seré el fiel guardián de las horas sin distancia, aquellas que contigo he de compartir hasta que se nos quiebre el último aliento.