En nombre del padre (IV)

Wolfgang Amadeus Mozart & Leopold Mozart

Ilustración: Leopold Mozart, Wolfgang y Maria Anna (1763), de Louis de Carmontelle

«Mon très cher pére»

Salzburgo, a comienzos de 1760. En esta preciosa localidad austríaca, un niño de apenas cinco años que atiende al nombre de Wolfgang Amadeus Mozart no solo demuestra ser un excelente violinista y, sobre todo, un virtuoso tocando instrumentos de teclado, como el clavicordio, sino que a esa temprana edad ya había compuesto 22 piezas de gran mérito, algunas de las cuales aún se siguen interpretando hoy día. Sigue leyendo

Entre tanto

Ilustración: Alina Louka

Tiritan tus manos en el aire

y entre tus dedos

se escapan versos inquietos.

 

Tiemblan tus pupilas y se esconden

como si fuesen de humo,

como si fuesen de nube.

 

Bajo el brillo de tus ojos

suspira la noche y susurra

una balada de luces despiertas.

 

Entre tanto, yo te veo asomada

en balcones preñados de violetas.

Veo cómo te besan la quietud y la calma,

y luego te das media vuelta

en dirección al firmamento,

donde la soledad de mi locura

sueña con poseer tu infinita ternura,

y mi corazón en amarte

bajo tu tímido resplandor.

Decir

Hay palabras sin sentido;

decir amor, decir destino

y no poderse contener,

como si un alud de pasiones

te asfixiara el corazón.

Decir vida ya eres mía,

decir ansia de libertad

y estremecerse tan hondamente,

que el alma parece haber huido

en busca del más allá.

Decir luz, decir esperanza,

o silenciar un vacío de sonidos

diciendo universo infinito

por qué no me quieres escuchar.

Decir firmamento cósmico y circular,

quién te puso nombre y te engendró

ahogado en tanta oscuridad,

quién te hizo símbolo del deseo

y tras un eco de miedos te ocultó.

Decir inmensidad, decir locura,

bajo tu ardor me siento palpitar

y hasta el alma se me solivianta

de tanto amar.

Decir busco el último final,

para respirar el aroma irrespirable;

busco tu silueta fundida en un ciclón,

busco la razón y el sentido

de tanta palabra dudando

si esconderse en el silencio

o conquistar un espacio de voces ardientes.

En nombre del padre (III)

Ángela Molina & Antonio Molina

Foto: Sofía Moro

Manantial de vida

«El amor puede más que la muerte y yo le quiero tanto, que lo recuerdo a él como una celebración de la vida». Así se refería, en cierta ocasión, la actriz Ángela Molina a su padre, el cantante y actor Antonio Molina, uno de los grandes ídolos de la música española de los años 50 y 60, y al que, con toda seguridad, muchos aún le siguen reservando un lugar privilegiado en su memoria, donde continuarán resonando canciones suyas como «Soy minero», «La bien pagá», «El agua del avellano», «Adiós a España», «Soy un pobre presidiario», «Camino verde»… y tantas y tantas otras más. Sigue leyendo

Granada atardeciendo

Puerta Real. Atardeciendo bajo la lluvia, acuarela de Geoffrey Wynne
http://geoffreywynne.blogspot.com/

No encontré la luz

que buscaba en Granada,

la luz dormida,

doliente y gélida del alba,

la luz de la muerte,

tan amarga y callada.

 

No hallé las sombras

ciegamente asomadas,

ni los negros ojos del tiempo

que tímidamente me miraban.

 

No vi la pasión oscura

sin sentido ni alma,

como una voz terrible

que no grita ni habla.

 

No pude adentrarme

en los vacíos inertes de Granada,

ni ver perdidos mi amor,

mi dulce miedo y mi esperanza.

 

Al atardecer, al filo mágico de la duda,

herido por sus ardientes espadas,

sentí crecer la vida

la larga huida de mis fantasmas,

la frontera que firme permanece

entre el todo y la nada.

 

Atardeciendo en tus brazos,

en tu recóndita impaciencia, Granada,

supe que tu cegadora luz

era incandescente y dorada.

Canción a Isabel

Aún me siento palidecer cuando me miras, como un huracán envuelto en luces blancas. Sé que la noche es tuya y, sin embargo, trato fugazmente de apresarla subido a las ráfagas cálidas de tu cuerpo. Me dejo llevar en el fondo de tu espuma brava, cuando a borbotones se desata desde la entraña de ese pozo misterioso y negro que en ti se agita y duerme. Todavía amanezco en tu luz y muero en tu ausencia; te digo que eres el alma de las cosas y la esperanza que asciende por mis venas como un arroyo verde anhelando escuchar el rumor de los mares. Sin ti no existe ni la espera ni el deseo; ni las voces del alba ni los sueños que en mí se enredan bajo el palio oscuro de la madrugada eterna. Por ti lucho en el infierno, en el fuego ardiente y crepuscular, en el vértigo imparable de las horas, en el laberinto de la razón y la duda. Junto a ti descubro los enigmas del aire, las fuerzas que me alientan en el camino hacia la felicidad, el silencio que calla en el paraíso de tus labios. Pero, por encima de todo, mi corazón inmenso, todavía te amo porque sé que si no te amara, mi vida, enloquecida y muda, sucumbiría presa del miedo a no tenerte.

[A Isabel, con quien descubrí que era posible amar hasta la locura]

Texto incluido en el libro El delirio de la palabra. Prosas y versos de juventud (viveLibro, Madrid 2016), página 63

http://www.esebook.com/product/469728/el-delirio-de-la-palabra

Cómo duele

Ilustración: bubulina65

Cómo duele,

segundo insensato,

la inoportuna cadencia

del tiempo pasado.

 

Ella es un grito

de fuego ardiendo.

En cambio a mí

me invade el silencio.

 

Ella es la reina

del universo;

yo apenas si domino

mis sentimientos.

 

Cómo duele,

noche helada,

la ciega oscuridad

que cuelga del cielo.

 

Ella es un argumento,

una leyenda rosa;

yo no llego a palabra

ni tan siquiera a verso.

 

Ella tiene un mar en su pecho

y en sus manos el firmamento.

En cambio yo

no sé cómo es la vida

que me tiembla por dentro.

 

Cómo duele,

amada mía,

la triste mirada

que tus ojos me envían.

 

Ella es una espiga

preñada de sol;

yo apenas un desierto

sediento de besos.

 

Ella funde

estrellas en sus labios,

mientras yo temo

el arrebato del fuego.

 

Cómo duele,

sueño lejano,

sentirse morir

enredado en tus brazos.

 

Ella peina

una mañana en sus cabellos.

Mis ojos se nublan

de tinieblas sufriendo.

 

Ella es una amapola

volando en el viento;

yo una espina

hendida en la tierra.

 

Cómo duele,

imposible libertad,

sentirte llorar

cada aurora temprana.

 

Ella es un espejo

en una laguna apasionada.

Yo una pasión

reflejándose en su mirada.

 

A ella le sobra la vida.

A mí me falta la muerte.

En nombre del padre (II)

Jean Renoir & Pierre-Auguste Renoir


Foto: Pierre Bonnard © Musée d’Orsay

Recuerdos imborrables

«En abril de 1915, herido en una pierna por “un hábil tirador bávaro”, Jean Renoir es hospitalizado en París. El joven convaleciente se reúne con su padre, reumático y ya inválido, al que apenas le quedan cuatro años de vida, y se entretienen el uno al otro: “A cambio de mis historias de guerra, Renoir me contaba recuerdos de juventud”. Mucho tiempo después, en 1962, el hijo publicaría sus memorias de estas charlas íntimas: “Con frecuencia me he reprochado no haber publicado las palabras de Renoir nada más morir él. Ahora ya no me arrepiento. Los años y mis experiencias propias me permiten entenderlo mejor”». Sigue leyendo

Granada en un río

«Puente Espinosa, Carrera del Darro» (Granada), acuarela de Geoffrey Wynne
http://geoffreywynne.blogspot.com/2012/12/puente-espinosa-carrera-del-darro.html

Paseo verde,

triste paseo

llorando lágrimas

de amor y deseo.

Camino largo,

solitario camino,

a tu pies tiembla

el quebranto de un río.

Vereda de enamorados,

angosta vereda,

deja que te acunen

rumores heridos de pena.

Atajo nocturno,

sumiso atajo,

llevas el cálido aliento

que emerge del Darro.

Senda invisible,

entre velada senda,

siguiendo el impasible rastro

de la Granada que muere en la niebla.

Calle sin rumbo,

inaccesible calle,

eternos miran tus ojos

media luna teñida de sangre.

Paseo de los inmortales,

paseo de los tristes,

paseo de los sin destino,

paso de los que no existen.

En nombre del padre (I)

Jorge Manrique & Rodrigo Manrique de Lara

«Jorge Manrique» (h. 1440), de Juan de Borgoña

Cariño póstumo

Hubo una vez un tiempo en el que no había escuela o colegio y, por ende, profesor de lengua o de literatura que no creyeran de esencial importancia enseñarnos los valores literarios de los escritores más ilustres de las letras españolas. Entre ellos, amén de autores imprescindibles en nuestro catálogo académico, como Miguel de Cervantes, Calderón de la Barca, Lope de Vega, Luis de Góngora o Francisco de Quevedo, había otros que, a fuerza de leerlos, también terminaron por convertirse en «cómplices» necesarios del interés y la pasión que muchos acabamos sintiendo por la literatura. Sigue leyendo