Con la razón aún ausente y toda la vida por delante, los sueños se apilan a trompicones sobre algodones de azúcar y las esperanzas se entrelazan sin límites que las detengan.
Todo fluye siguiendo la corriente desde un manantial transparente salpicando agua a borbotones para que la vida florezca a cada paso que da entre zarzamoras y girasoles.
A lomos de un soplo de viento vuela a tumba abierta llevando en sus delicadas alas su infinita impaciencia, su tímida inocencia y sus ilusiones intactas.
Feliz y venturosa infancia, la que revolotea sin descanso en columpios de nubes y se iza en globos de colores hasta rozar con los dedos el celeste zaguán del cielo.
«La luna no me nombra», dices en uno de tus versos… Qué triste, compañera, que nos tengamos que escribir tras tu muerte. Qué triste recordar ahora en tu ausencia, la ausencia de todas; las que sobrevivieron bajo las bombas y las muertas bajo ellas como tú. Qué triste rememorar que cuando te aniquilaron volvieron a matar a Heba Abu Nada, a Lorca, a Victoria Amelina, Irène Némirovsky, Gerturd Kolmar, Etty Hillessum, Ilse Weber y tantas y tantas más.
Qué bonitos versos tienes cuando escribes «La niña llegará sola / No tendrá nada más que su nombre». Tú, asesinada como tantas niñas, las ultrajadas, amordazadas, hambrientas, masacradas, violadas, heridas, asoladas, devastadas… caídas. En todas ellas, tú, y en tu poesía, toda nuestra palabra. Y en tu palabra, la esperanza.
La paz que no puede esperar no se construye con alegatos y buenas intenciones, lo sabemos. Necesitamos justicia para cimentar la paz. Necesitamos derrumbar la impunidad. Nombrar a los genocidas. Aislarlos, juzgarlos, sacarlos del poder y que paguen por sus exterminios.
Nombrar a los genocidas. A ti no solo te ha matado quien dirige el estado de Israel y su ejército, Netanyahu; no solo te ha acribillado quien apoya el genocidio del pueblo palestino, libanés, iraní y convierte a todo Oriente Medio en una balsa ensangrentada, Trump. A ti te ha matado también quien no alza la voz para denunciar las masacres de quienes un día fueron víctimas y ahora se han convertido en los mayores verdugos. Más verdugo que el que ahorca, sí, más.
Me tapo la cara con las manos, antes de seguir escribiéndote, hermana, antes de traer, una vez más aquí, las reflexiones de la maestra Segato, que nos dice: «Gaza es un cambio de era porque el poder de la muerte se exhibe sin pudor». Efectivamente, estamos ante un cambio de paradigma donde ya no rigen las normas humanitarias, el derecho internacional y las reglas de consenso cívico. Solo rige la ley de la aniquilación. Tanto pueden aniquilar sin que nadie les pare, tan fuertes dicen ser; esa es la única carta de inhumanidad que rige nuestro mundo hoy. Y sí, no se me olvida, a ti te han matado.
El crimen de los feminicidios, que se ha convertido en algo común con el paso de los siglos (¿Quién contabilizó las torturas, violaciones, asesinatos y devastaciones contra las mujeres en otras eras?) han hecho que se cree un clima de exhibición de la impunidad. La exaltación del despotismo, del abuso, de la ilegalidad, de la barbarie es el modus operandi a través del que los genocidas del siglo XXI superan a los del siglo XX. Incluso en el Holocausto el horror no se manifestó por completo hasta la apertura de los campos de concentración y los hornos crematorios, hasta la visión de las montañas de cadáveres cubiertos de podredumbre y ceniza. Hoy día, el grado de deshumanización es tal que, mientras se entierran a más de cien niñas masacradas en su escuela bajo los proyectiles, se nos distrae con una vuelta espacial en torno a la Luna o se nos pretende engañar con la retransmisión de una «primera dama» que dice no tener nada que ver con un captor y un violador de niñas en prime time, a la vez que se exhiben fotografías de ambos en situaciones íntimas, estando esposada con un sujeto ejecutor de esas mismas atrocidades. También pienso en qué no habrá tenido que hacer esa señora en el pasado para seguir denigrándose en la actualidad de esa manera.
Se nos está aniquilando el sentido crítico a base de generar miedo e inocular paulatinamente cada vez mayor permisividad a lo cruel, a lo atroz, a lo fiero. O intentan narcotizarnos con ficción y ocio vulgar, para que no pensemos, o ansían inmunizarnos con un manifiesto desprecio a la vida, a nuestras vidas, mediante el ultraje y la humillación a valores humanos ligados a lo esencial del Ser: la defensa de la justicia, la cooperación humana, la visión de la Naturaleza como una más y no como otredad. Lo horrendo nos lo sirven en la cotidianeidad. Así nos están envileciendo. ¿Y qué nos queda?
El no-silencio, la poesía, la palabra. Tu palabra.
«La lucha de mis labios/ repitiendo el intento/ una y otra vez».
Con la siembra del odio hendiendo el filo de la navaja en los surcos de la tierra baldía, solo florecieron el dolor, la más honda amargura, una herida abierta y profunda.
Con el filo de la navaja que surcaba la tierra baldía se sembró de muerte, de dolor y de amargura la semilla de amor que hacía florecer la vida.
En los surcos de tierra baldía en los que se hendía la semilla, el filo abierto de la navaja dejó una dolorosa herida en el amor que clamaba florecer como tierra sembrada de vida.
Con la semilla del odio baldío sembrado en el filo de la navaja se apagó una voz que florecía en los surcos de una tierra fértil en la que cobraba vida un amor sin dolor ni heridas.
Las guerras, la violencia, el odio, el maltrato… dejan baldía una tierra que antes era luminosa y fértil.
En menos de dos minutos, un resumen de la apasionante y, a veces, ardua aventura en la que debe embarcarse cualquier escritor que se precie, o se desprecie, a la hora de escribir un libro, desde la idea inicial hasta su publicación.
Retrato de Luis de Góngora y Argote (1622), óleo de Diego Velázquez (Museo de Bellas Artes de Boston).
Mientras por competir con tu cabello, oro bruñido, el sol relumbra en vano mientras con menosprecio en medio el llano mira tu blanca frente el lilio bello;
mientras a cada labio, por cogello, siguen más ojos que al clavel temprano, y mientras triunfa con desdén lozano del luciente cristal tu gentil cuello;
goza cuello, cabello, labio y frente, antes que lo que fue en tu edad dorada oro, lirio, clavel, cristal luciente,
no solo en plata o viola troncada se vuelva, mas tú y ello, juntamente, en tierra, en humo, en polvo, en sombra, en nada.
No nació la poesía para ser un apósito de la prosa, sino un género literario propio, con denominación de origen, dada además su larga, apreciada y más que contrastada tradición oral. De modo que, más pronto que tarde, fue menester urgir sus propias reglas, ya fuese en cuestión de rimas, asonantes o consonantes, o en lo referente al exquisito tratado de la métrica, que tan en saco roto se ha echado. Véase a este propósito el conteo de sílabas, versos y estrofas, aconteciendo con ello que, sin ir más lejos, fuesen surgiendo sonetos, décimas, octavas reales, cuartetas, tercetos, liras y romances, entre otras lindezas poéticas
Mas algunos hacedores de versos, dígase poetas o poetisas, determinaron, con el transcurrir del tiempo, que bueno sería dejar que los versos discurriesen a su libre albedrío, ya fuera libres o sueltos, o tal vez, si fuere preciso, en libertad condicional y sin fianza. O sea, exentos de medidas y distancias, de rimas y recuentos; lo cual fue recibido con extraordinario alborozo por escritores libres de cargos, que, de ese modo, se sentían libres para dar forma a versos en prosa o a prosas en verso, sin que nadie pudiera echarles en cara las licencias poéticas que, entre otras muchas, para sí mismos se tomasen.
He aquí, pues, una sucinta historia del versar poético, cuyos orígenes se remontan a un tiempo sin medida ni distancia y que, para sorpresa de algunos, ahí sigue, envolviendo en metáforas las emociones a flor de piel que al poeta conmueven y, sin atadura alguna, transformando en estrofas los acaeceres sencillos o complejos que cada día le regala la vida y que a su lírica mirada se asoman.
Ahora corre el silencio como gota de agua sobre muro de piedra insensible al sonido, como rayo de luna sobre un lago sin ondas, como aroma de nardos enredado en la brisa, es la hora del alma que sufre en el desvelo, la hora de las lágrimas, de las evocaciones, la hora en que se espera la llegada del alba para que se disuelvan los difusos fantasmas de seres y de cosas ya muertos y extinguidos.
Hora de media noche sin cantos ni campanas, de almohadas empapadas de sudor y de llanto, muda angustia se tiende sobre todas las cosas; el sueño huye cobarde de los ojos cansados; una voz misteriosa nos murmura al oído frases que se apagaron en bocas ya cerradas, en vano procuramos entender sus razones, ya no tienen vigencia, ni importancia, ni ruido, aunque el alma se esfuerce por captar su sentido.
Mi poema se alza sobre toda tortura, sobre todo silencio, sobre toda tiniebla, y da sus balbuceos como dan los segundos sus «tic-tacs» desolados en la noche vacía; no hay quien los escuche, pero ellos se deslizan corriendo en el silencio como gotas de agua sobre un muro de piedra.
Ángela Graciela Rincón Calcaño (Maracaibo, Venezuela, 13-10-1904 – Caracas, Venezuela, 21-1-1987), poeta, narradora, articulista y autora dramática.
Al abrigo de las noches en las que dormito imagino vidas que no tengo, desventuras que desconozco, trasiegos que no comprendo.
Los sueños me conducen por caminos sin retorno que se agrietan a mi paso y no me dejan volver al punto de partida.
Mi tímida mente no acierta a impedirlo y mi cuerpo clama a gritos que lo liberen las enredaderas que trepan hasta el cielo.
En mi imaginación nocturna invado paisajes desangelados, tierras baldías que me marchitan, espacios límpidos y vacíos que vacían el mío.
Por los senderos sin gloria que recorro de madrugada hay montañas prendidas del aire que no consigo escalar, abismos que no logro fondear.
En la tupida oscuridad que me atrapa a escondidas no encuentro refugio en el que esconderme de los miedos que me persiguen.
Al rayar cada mañana no sé si cuanto imaginaba era un sueño irreal o la realidad de un sueño del que nunca despierto.
Para escuchar…
Poema incluido en mi libro Paisaje interior (Loto Azul, 2024), un ramillete de poemas con los que intento sacar a la luz ese intrincado paisaje emocional por el que siento que discurre buena parte de mi vida.
«No es bueno que el hombre esté solo», díjose Dios, tras conformar cielos y tierra. Y de una costilla suya resolvió crear una mujer, a lo que el hombre con alborozo exclamó: «¡Esta sí que es hueso de mis huesos!». «¡Y carne de mi carne!», sentenció. Y al hombre fue dada para aquietar su soledad y ambos dejados en un paraíso terrenal, en el que de un árbol no debían comer. Mas, siendo como debía ser de espíritu frágil, escaso discernimiento y quebradiza voluntad, pronto dejose la mujer tentar por una serpiente, y accedió a comer del fruto por Dios prohibido e hizo que también el hombre comiera de él.
«La mujer que me diste como compañera, esa me dio del fruto del vergel y comí», confesó Adán, señalando a su mujer. «La serpiente me sedujo y comí», sostuvo la mujer sin pudor alguno. «Mucho te haré sufrir en tu preñez», sentenció con acritud el Señor Dios a modo de vil y cruento castigo. «Con sufrimiento parirás a tus hijos, tendrás ansia de tu marido, y él te dominará, gobernará sobre ti», sin el menor miramiento añadió, resolviendo quién sería su dueño, a quién por siempre habría de obedecer.
Y al hombre maldijo con rotundez por haber cedido al desvarío de su mujer, degustando el fruto del árbol prohibido. Y a ambos expulsó del vergel del edén, mas no sin antes alertar a Adán: «Comerás el pan con el sudor de tu frente, hasta que hayas de volver a la tierra, dado que de ella fuiste tomado, pues polvo eres y al polvo has de tornar». Y el hombre llamó Eva a su mujer, por ser ella madre de todo viviente; se erigió sin pudicia en su amo y señor, y, por voluntad humana y divina, arrodillada a sus pies debería pervivir.
Y aquella mujer creada por Dios de la costilla tomada de Adán hubo de vivir sometida al hombre por los siglos de los siglos, amén; sufrir en su preñez por siempre jamás; parir hijos con extremo dolor; tener denodada ansia de su marido. Mas ni Dios ni el hombre acertaron a imaginar que el espíritu de la mujer no era frágil, sino recio, perseverante e infatigable, ni su discernimiento brozno y exiguo. Y nada ni nadie podrían detenerla en su lucha infatigable por no tener amo, por ser libre para decidir por propia voluntad.
Y la mujer nacida de una costilla de hombre combatió hasta concebir su propio paraíso, del que ningún dios podría expulsarla. Y batalló con denuedo hasta la extenuación para dejarse tentar por quien ella quisiera; parir cuando deseara sin miedo al dolor; a nadie rendir cuentas ni obedecer; a ser alguno deber sometimiento ni sumisión; ser única dueña y señora de su vida. Y por todo ello bregó a brazo partido, luchó contra viento y marea en férreas lides, en arduas y encarnizadas contiendas. Y la mujer creada para servir al hombre jamás cejó en su empeño por ser igual a él.
A las mujeres, criaturas de espíritu recio, perseverante e infatigable