
Cómo duele el llanto desesperado
que emerge como alma en pena
desde las profundas entrañas de la tierra,
sin que nada pueda hacerse
por restañar sus heridas de muerte.
Cómo aterra escuchar en la lejanía
voces apresadas entre piedras y barro
que se van apagando hasta quedarse mudas,
esos corazones que se van agrietando
hasta perder el último de sus latidos.
Cómo aflige no poder apiadarse
de los que claman un hálito de esperanza
allí donde no existe el derecho a vivir,
solo el derecho a morir en agonía
en brazos de un temblor aciago.
Cómo espanta observar impotentes
las vidas que se derrumban
en un abrir y cerrar de ojos,
las que tanto costó construir
con sangre, sudor y lágrimas.
Cómo sonroja sentir el dolor ajeno
desde la más remota distancia,
sin poder mover una sola mano
ni borrar allá donde esté escrito
que deban pagar justos por pecadores.
Cómo atormenta observar entre tinieblas
cómo se quiebran sueños sin cumplir,
secarse sollozos que ya no consuelan,
pedir a gritos que alguien los salve,
que su dios lo ha abandonado a su suerte.
Cómo angustia ver desplomarse el paraíso
y convertirse en un infierno letal
en el que arden cuerpos y almas,
gentes a las que la miseria condenó
a vivir en el destierro y morir bajo tierra.
Cómo estremece sentir que el tiempo se acaba,
que el reloj de la vida se detiene,
que hay luces que lentamente se apagan
y criaturas que se consumen
sin que nadie pueda rescatarlas.
Poema dedicado a las víctimas del terremoto que tuvo lugar en Turquía y Siria, pero que he rescatado para dedicárselo a las del terremoto que ha tenido lugar en Venezuela.
Del poemario Paisaje interior. Poemas de última hora (Loto Azul, 2024), del que solo quedan ya un puñado de ejemplares, todos ellos en mis manos. De modo que, si quieres alguno, puedes escribirme a eldeliriodelapalabra@gmail.com






