Dolor y muerte (2)

Foto: Maxwell Briceno (REUTERS)
Cómo duele el llanto desesperado 
que emerge como alma en pena
desde las profundas entrañas de la tierra,
sin que nada pueda hacerse
por restañar sus heridas de muerte.

Cómo aterra escuchar en la lejanía
voces apresadas entre piedras y barro
que se van apagando hasta quedarse mudas,
esos corazones que se van agrietando
hasta perder el último de sus latidos.

Cómo aflige no poder apiadarse
de los que claman un hálito de esperanza
allí donde no existe el derecho a vivir,
solo el derecho a morir en agonía
en brazos de un temblor aciago.

Cómo espanta observar impotentes
las vidas que se derrumban
en un abrir y cerrar de ojos,
las que tanto costó construir
con sangre, sudor y lágrimas.

Cómo sonroja sentir el dolor ajeno
desde la más remota distancia,
sin poder mover una sola mano
ni borrar allá donde esté escrito
que deban pagar justos por pecadores.

Cómo atormenta observar entre tinieblas
cómo se quiebran sueños sin cumplir,
secarse sollozos que ya no consuelan,
pedir a gritos que alguien los salve,
que su dios lo ha abandonado a su suerte.

Cómo angustia ver desplomarse el paraíso
y convertirse en un infierno letal
en el que arden cuerpos y almas,
gentes a las que la miseria condenó
a vivir en el destierro y morir bajo tierra.

Cómo estremece sentir que el tiempo se acaba,
que el reloj de la vida se detiene,
que hay luces que lentamente se apagan
y criaturas que se consumen
sin que nadie pueda rescatarlas.

Poema dedicado a las víctimas del terremoto que tuvo lugar en Turquía y Siria, pero que he rescatado para dedicárselo a las del terremoto que ha tenido lugar en Venezuela.

Del poemario Paisaje interior. Poemas de última hora (Loto Azul, 2024), del que solo quedan ya un puñado de ejemplares, todos ellos en mis manos. De modo que, si quieres alguno, puedes escribirme a eldeliriodelapalabra@gmail.com

«Al rencor», de Silvana Ocampo

No vengas, te conjuro, con tus piedras;
con tu vetusto horror con tu consejo;
con tu escudo brillante con tu espejo;
con tu verdor insólito de hiedras.

En aquel árbol la torcaza es mía;
no cubras con tus gritos su canción;
me conmueve, me llega al corazón,
repudia el mármol de tu mano fría.

Te reconozco siempre. No, no vengas.
Prometí no mirar tu aviesa cara
cada vez que lloré sola en tu avara
desolación. Y si de mí te vengas,

que épica sea al menos tu venganza
y no cobarde, oscura, impenitente,
agazapada en cada sombra ausente,
fingiendo que jamás hiere tu lanza.

Entre rosas, jazmines que envenenas,
¿por qué no te ultimé yo en mi otra vida?
Haz brotar sangre al menos de mi herida,
que estoy cansada de morir apenas.

Silvana Inocencia Ocampo (Buenos Aires, Argentina, 28-7-1903 – 14-12-1993), escritora, cuentista y poeta argentina.

El descansillo de mi infancia

En la esquina de la calle
en la que plácidamente reposa
el descansillo de mi infancia
luce un cordel de esparto,
tan fino y resplandeciente
como la luminosa memoria
que a veces me despierta.

De él cuelgan tebeos y cromos
de compro y cambio,
canicas disfrazadas de arcoíris,
tirachinas de tirar a dar,
limas de tierra adentro
y peonzas que bailan
hasta caer rendidas.

Al desperezarse la mañana,
los tebeos cobran vida
y se llenan de jabatos,
capitanes y truenos,
guerreros del antifaz,
jaimitos, crispines
y bélicas hazañas.

Los cromos de busca y pega,
con permiso de los recortables,
ansían con lógico denuedo
no repetir figuras de balón en pie,
campeones a dos ruedas,
imágenes de vida y color
en las que nada ni nadie falta.

Mientras cromos y tebeos
campan a sus anchas,
las aceras se inundan de combas,
gallinitas ciegas y acericos,
diábolos que rozan el cielo
y rayuelas encaladas
con pedacitos de tiza blanca.

A su cita con la calle
tampoco faltan escondites,
balones sin reglamento
o hechos prisioneros,
tacones de zapatos maltrechos,
y huesos de acerolas
lanzados con canutos de caña.
Cumplida la hora de la siesta,
y aún con el sudor en la frente,
en el cordel se acepta cambiar
cromos por onzas de chocolate,
tebeos por pan con aceite,
cucuruchos de altramuces
o uvas con queso que saben a besos.

Y si la paga da para ello,
quizá haya tardes de ensueño
embelesadas en sesiones dobles,
viendo cómo hay otras vidas
que narran sus desventuras,
sus duelos o sus amores
en una pantalla gigante.

Antes de que la tarde amaine,
toca repasar tablas de multiplicar,
historias de héroes campeadores,
descubridores y reyes católicos,
batallas de moros pendencieros,
conjugaciones de verbos intransitivos
y un listín completo de visigodos.

Con el pijama puesto
y el Jesusito de mi vida rezado,
no está de más revivir aventuras
de capitanes intrépidos
o embarcarse en apasionantes viajes
de veinte mil leguas submarinas
o alrededor del mundo en ochenta días.

Y ya con los ojos cerrados
y la imaginación despierta,
cualquier cosa puede acontecer,
que los sueños se compren,
que se cambien por pesadillas
o alcancen el cielo
lanzados con tirachinas.

Mientras la madrugada discurre
sin demasiados sobresaltos,
en el cordel de la esquina
ya empiezan a colgarse
carteras y mochilas de cuero,
plumieres de madera de piso y medio
y tarros de tinta azulada.

Los trocitos de tiza de la rayuela,
mejor será guardarlos
para escribir mil y una veces
en la negruzca pizarra de la clase:
«no volveré a hacerlo»,
como si la razón supiera
qué se hizo y que no debió hacerse.

Y para que nada falte,
los libros acurrucados en la cartera
comienzan a deshojarse
con caligrafías a vuela pluma,
pacientes trasuntos en latín,
consignas divinas de catecismo
o dictadas en un claro de luna.

En el fino cordel que late
en el corazón de mi infancia
todavía quedan por colgar
algunos inocentes recuerdos
que a veces sigo teniendo,
esos que aún no se sabe
si comprarlos, cambiarlos o venderlos.

Del poemario Paisaje interior. Poemas de última hora (Loto Azul, 2024), del que solo quedan ya un puñado de ejemplares, todos ellos en mis manos. De modo que, si quieres alguno, puedes escribirme a eldeliriodelapalabra@gmail.com

Tiempo de felicidad

Para escuchar…

Para leer…

El tiempo de la felicidad
se marchó de puntillas
y ya no se escucha a lo lejos
su alborozado cimbreo,
ese que iluminaba cada noche
una sonrisa de canela
y un beso de raso fino,
un déjame que me beba tu vida.

Se fue bajo un palio invisible
para que nadie lo viera,
sin una despedida,
un quizá hasta luego,
un tal vez vuelva algún día,
dejando millones de versos
escurriéndose como sierpes
entre los dedos de las manos.

Sonaron tambores de guerra
y salió despavorido
a la busca de otras esquinas
en las que alojar su tiempo,
esas sonrisas y esos besos
con los que colmaba
quebrantos y amarguras,
pasiones y desengaños.

La felicidad se marchó despacio,
a horas intempestivas,
sin que apenas se la oyese,
no fuera a soliviantar
a quien la cuidaba con celo
ciñéndola a su pecho
como si fuera un tesoro
que no tiene precio.

Las noches de sueños en vela
la echan de menos
y no hay un solo segundo
que no voceen quejidos
rogando que vuelva
por donde se ha ido,
que aún no es momento
de entristecer a solas.

El tiempo de la felicidad
se detuvo sin permiso
tallando en la oquedad del aire
rasguños que ya no se curan,
un manojo de palabras
que se enmarañan en sí mismas
dejando la boca y el alma secas
y una vida sin vida.

Poema incluido en mi poemario Travesía sentimental (Cordel D’Prata, 2023).

«Llama de amor viva», de san Juan de la Cruz

Retrato de San Juan de la Cruz, obra del artista contemporáneo Santiago Ydáñez.
¡Oh llama de amor viva,
que tiernamente hieres
de mi alma en el más profundo centro!,
pues ya no eres esquiva,
acaba ya, si quieres;
rompe la tela de este dulce encuentro.

¡Oh cauterio suave!,
¡oh regalada llaga!,
¡oh mano blanda!, ¡oh toque delicado!,
que a vida eterna sabe
y toda deuda paga;
matando muerte, en vida la has trocado.

¡Oh lámparas de fuego,
en cuyos resplandores
las profundas cavernas del sentido,
que estaba oscuro y ciego,
con extraños primores
calor y luz dan junto a su querido!

¡Cuán manso y amoroso
recuerdas en mi seno,
donde secretamente solo moras!,
y en tu aspirar sabroso,
de bien y gloria lleno,
¡cuán delicadamente me enamoras!

San Juan de la Cruz (Fontíveros, Ávila, 24-6-1542 – Úbeda, Jaén, 14-12-1591), religioso y poeta místico del Renacimiento español, Doctor de la Iglesia.

Canción de la muerte

En prosa…

Muero, mi amor, y muero, por lo que no debería morir. Muero al sentirte cerca y no poderte decir, decirte que muero y muero al encontrarme sin ti. Muero en la noche negra, muero en tus negros ojos. Muero en tu mirada blanca, muero en tu blanco cuerpo. Muero, mi niña, muero de tanto amarte en silencio. La canción de la muerte redobla en los redondos tambores del viento. Muero, que muero y muero, cuando tus labios se callan los dulces besos que yo quiero. Muero en tus sollozos ahogado, muero en la ausencia de tus brazos. Muero, muriendo muero, cuando llamo a las puertas de tu vida y no respondes ni suspiras. Muero, que sé que muero, porque en las heladas noches de invierno ocultas tus ardientes pechos para que mis manos no los encuentren. Muero, despacio muero, que la muerte me espera y su canción ya retumba en los altos valles del cielo.

… y en verso

Muero, mi amor, y muero, 
por lo que no debería morir.
Muero al sentirte cerca
y no poderte decir,
decirte que muero y muero
al encontrarme sin ti.

Muero en la noche negra,
muero en tus negros ojos.
Muero en tu mirada blanca,
muero en tu blanco cuerpo.
Muero, mi niña, muero
de tanto amarte en silencio.

La canción de la muerte redobla
en los redondos tambores del viento.
Muero, que muero y muero,
cuando tus labios se callan
los dulces besos que yo quiero.

Muero en tus sollozos ahogado,
muero en la ausencia de tus brazos.
Muero, muriendo muero,
cuando llamo a las puertas de tu vida
y no respondes ni suspiras.

Muero, que sé que muero,
porque en las heladas noches de invierno
ocultas tus ardientes pechos
para que mis manos no los encuentren.

Muero, despacio muero,
que la muerte me espera
y su canción ya retumba
en los altos valles del cielo.

Palabras de ida y vuelta: de un puñado de frases a un ramillete de versos; de un párrafo que viaja solo a un poema salpicado de estrofas.

Texto extraído de mi libro El delirio de la palabra. Prosas y versos de juventud (viveLibro, 2016)

«Haikus» de Hashimoto Takako

Hortensia azul. 
Las cartas de ayer
se han vuelto viejas.

Con un crujido
ata una faja alrededor
de la planta marchita.

En la oscuridad
añoro el olor
del membrillo maduro.

En este monte nevado
se manifiesta en su lu
el sentido de mi vida.

En soledad
pasa la vida, día a día.
Migran los gansos.

Luna de noche fría.
Las llamas de la hoguera,
una a una, se elevan.

Se desvanece el rocío
cuando poso mi mano
en mi pecho.

Comparto el sueño
con el que se marchita
a la luz de la luna.

Del poemario A la luz de la luna (La senda del haiku, 2024)

Hashimoto Takako (Hongō, Tokio, 15-1-1899 – 29-5-1963), poeta japonesa de haikus.