Granada, calle de Elvira

Puerta de Elvira (Granada), pintura de Julio Visconti (http://fpjuliovisconti.com)

De este a oeste,

frontera de presagios y miedos,

cruza los abismos inmortales del tiempo

la Granada dormida,

la Granada despierta.

Nacida para lo eterno,

bajo un arco de espuma roja,

aspira el viento de la vida,

se enfunda un manto de sombras

y camina tímida y despacio,

serpenteando silencios,

murmullos acristalados,

tentaciones hendidas

en un corazón vehemente y furtivo.

Granada, calle de Elvira,

próxima y lejana,

solitaria y perdida,

quién puso un verso en tu boca

y luego te besó enamorado,

mientras pasaba la noche

navegando de orilla en orilla

en su hermoso barco de penumbras.

Elvira, calle sin nombre,

nunca ciegan los ojos que te miran,

nunca tiemblan las manos que te acarician,

nunca, Elvira, cesan los pasos

que enloquecidos te recorren

hasta dejarte reposar a oscuras

en lo más inmenso de otro mundo,

donde ya no eres tú,

donde tu niebla se convierte

en azules palomas de agua.

El laberinto de la memoria

Estoy enredado en el laberinto de mis recuerdos. No sé de lugares ni de tiempos. No sé de espacios ni de horas, de minutos y segundos. No distingo el todo de la nada; tu nombre del mío, tu mirada de la mía, el perfil de tu rostro ni la silueta de tu cuerpo. No recuerdo el roce de tus labios ni la dulzura de tus manos agarradas a la mías, apretándolas fuertemente hasta nunca decir basta. No sé si estuviste o no, si fuiste realidad o solo una imagen trazada en el aire.

No sé por qué estoy ni por qué dejo de estar, cuál es mi mundo o cuál fue. Todo es confuso y borroso, como si se hubiera desvanecido el sentido de la claridad, la efímera frontera que separa las luces de las sombras. He perdido el tacto para saber que estás cerca, el olfato para inhalar el perfume que emana de tu pelo, el oído para escuchar la dulzura de tus palabras cuando me susurraban «te quiero». Ahora ya no sé si mi boca engulle el amargo sabor de la vida o el dulce resplandor de la derrota. A veces hasta dudo de las dudas que me hacen dudar y que jamás consigo aclarar.

En este laberinto de mi memoria no encuentro llegadas ni salidas, un rincón por el que escabullirme hacia cualquier parte, por el que escapar en busca de cualquier vida, de la que tuve o de la que ya no tengo. No puedo seguir viviendo sin vivir en este maldito enredo en el que se confunden rostros, nombres, fechas, lugares y sentimientos, en el que si tú ya no estás, ya nada tiene sentido, pero si en lo más hondo de mi memoria sé que nunca te fuiste, quizá en cualquier instante vuelva a recobrarte en alguno de mis apacibles sueños.

A los enfermos de Alzheimer