El grito persistente de Pablo llamando a su madre y el intento infructuoso de Emilia por aplacarlo se repite una y otra vez, hasta que por fin, a altas horas de la noche, consigue que Pablo cierre los ojos y decida dormirse, o al menos eso piensa siempre Emilia.
Sin embargo, en cuanto le da las buenas noches, apaga la luz, sale de la habitación y cierra la puerta, Pablo vuelve a abrir los ojos de par en par, a elevar la vista a las estrellas y a llamar cada vez con más fuerza a su madre: ¡«La mama, la mama, la mama…!».
El resultado de este simulacro nocturno es siempre el mismo: Emilia vuelve a entrar en la habitación, enciende la luz de nuevo y con infinita paciencia trata de hacerle entender una y mil veces a Pablo que su madre no puede venir esa noche, que tal vez venga mañana y que, si se duerme pronto, a lo mejor por la mañana, cuando se despierte, su madre ya ha venido a verlo. Aquel duelo incansable entre uno y otro suele durar buena parte de la noche, hasta que, finalmente, la fatiga se apodera de Pablo, cae rendido en brazos de su desesperado clamor y se duerme profundamente.
Cuando las primeras luces de la mañana empiezan a clarear, asomándose tímidamente por el tragaluz, Emilia suele entrar sigilosamente a la habitación para comprobar que Pablo sigue dormido como un bendito y que, después de la larga noche que ha pasado en vela, lo más probable es que tarde en despertarse. Su vaticinio nunca falla, y Pablo suele quedarse dormido hasta bien entrada la mañana, cuando ya las luces que se cuelan en la habitación son brillantes y cegadoras, y el mundo que cada día transita fuera de la habitación palpita en toda su plenitud.
A esa hora de luz radiante y vida en ebullición, suele Pablo entornar ligeramente los ojos para saber dónde está, que continúa en el mundo que dejó antes de dormirse y si, por algún casual, su madre ya ha venido a verlo como prometió. Justo a esa misma hora, cada mañana, antes incluso de que Emilia haya ido a comprobar si por fin se ha despertado, entra sin llamar en la habitación un hombre ya entrado en años, de pelo canoso y expresión severa, ataviado con una bata blanca impoluta y rodeado por un séquitos de jóvenes también embatados, con su correspondiente libreta en la mano.
Antes de que Pablo pueda decir algo, aún tumbado en la cama, tapado hasta el cuello, el señor de bata blanca mira atentamente a Pablo y, acto seguido, indica a sus jóvenes seguidores con tono sobrio y pedagógico: «Como les he venido diciendo, este es Pablo Domínguez Llaneras. Tiene 92 años y, desde hace más de veinte, padece Alzheimer, ahora ya en estado agudo, por lo que sus recuerdos se han disipado casi por completo. Solo acierta a decir algunas incoherencias, que quizá tienen algo que ver con algún episodio de su infancia. Bien —continúa—, han tomado nota…, pues pasemos a visitar al siguiente paciente. Por supuesto, si quieren saber algo más sobre su comportamiento diario, no tienen más que consultárselo a Emilia, la enfermera jefe, que es quien se encarga personalmente de cuidar a don Pablo».
Sin más dilación, el señor y su séquito salen bruscamente de la habitación y, como siempre, Pablo se queda mirando sin saber muy bien qué ha sucedido, de qué recuerdos hablan, quién es esa persona mayor que no conoce y por qué han venido a verle tantos niños. Pero si lo único que quiere es que vuelva «la mama», como él la llama; sí, su madre, esa preciosa mujer de sedoso pelo rubio y ojos azul celeste. ¿O son verdes —se pregunta—, o quizá marrones…? No lo recuerda muy bien, tal vez porque ya hace mucho tiempo que no la ve, como tampoco recuerda bien las facciones de su cara o el contorno de su cuerpo. Pero de lo que sí se acuerda bien Pablo es de la suavidad de sus manos cuando lo acaricia por la noche y, después de darle un dulce beso en la mejilla y decirle amorosamente: «¡Felices sueños!», cae rendido en sus brazos, mientras él musita entre dormido: «mi mama, mi mama, mi mama…».
[A todos aquellos que tienen Alzheimer y han perdido la memoria. A los que, cuando miran el retrovisor de la vida, solo aciertan a distinguir sombras borrosas de unos recuerdos que ya nunca más recobrarán]
«¡Felices sueños!» está incluido en el libro El alma desnuda. Relatos desafiando al tiempo (viveLibro, 2018) https://palabradeescritor.home.blog/pedir-libro/