
Avísame el día que despiertes, el día que vuelvas a nacer con una sonrisa y un suspiro de por medio. Llámame entonces con la fuerza de tus ojos, sin necesidad de alzar la voz ni de gritar al viento, que al final acabaría por devorar las palabras y conducirlas a lo más profundo de un abismo oscuro. Comunícame el repaso de tu vida, que con seguridad habrá de servir para crear en tu mente y tu deseo la diáfana visión de cada segundo siguiente. Avísame sin reparos, sin miedo ni timidez, con la firme seguridad en ti misma, en mí mismo, que aguardo prendido de mi imperturbable anhelo, sin querer moverme por si la fatalidad hiciera que no me encontraras en el lugar y el momento de siempre. Al pasar, juega a sonreírme y así sabré si, al final, puedo participar en el mismo juego regido por la regla del dos: tú y yo.