
Tantas y tantas veces me asomé al precipicio, que me cuesta entender por qué no oteé el vacío. Allí en las alturas, en una cima sin cielo, solo me cabía la voluntad de perecer en el destierro. Abandonado a mi suerte, nadé a contracorriente, alcé el vuelo sin destino alguno a lomos de un viento gélido. Suspendido en el tiempo, sentí la fragilidad de la vida, la fuerza que domaba mi indomable espíritu. En el árido solivianto que a diario me atenazaba no supe encontrarme de frente con el coraje que me despertara. Navegando a la deriva en un océano que me arrastraba, naufragué en los confines de una isla infinita. Perdí el sentido del espacio, la dimensión del instante y me acurruqué en mí mismo buscando un consuelo estéril.
Poema incluido en el poemario inédito «Paisaje interior», que pronto verá la luz.