En nombre del padre (VI)

Margaret Hilda Thatcher & Alfred Roberts

Margaret Thatcher y su padre Alfred Roberts

A imagen y semejanza

Si hubiese que elaborar una relación de los personajes más influyentes del siglo XX, está claro que en ella no podría faltar Margaret Hilda Roberts; o sea, Margaret Thatcher, como fue popularmente conocida después de adoptar el apellido de su marido, Denis Thatcher, un rico y brillante empresario británico con el que contrajo matrimonio en diciembre de 1951.

Por aquel entonces, «Maggie» ya había empezado a dar sus primeros pasos en el mundo de la política, en el que permaneció durante más de cuarenta años, alcanzando cotas impensables para una mujer en aquellos tiempos, tanto dentro como fuera de su país. Elegida por primera vez miembro del Parlamento británico en 1959, a partir de aquel momento desarrolló una extraordinaria carrera política, en la que, entre otros altos cargos, fue ministra de Educación, líder del Partido Conservador, líder de la oposición durante el mandato del Partido Laborista y, sobre todo, primera ministra, convirtiéndose así en la primera mujer en Reino Unido en llegar al número 10 de Downing Street, la residencia oficial y oficina de trabajo del primer ministro.

Durante los años en los que estuvo al frente del gabinete británico, es decir, de 1979 a 1990, Margaret Thatcher gobernó el país con mano dura; de ahí el apodo de la «Dama de Hierro» con el que todo el mundo la conocía, y con el que todavía hoy día muchos siguen conociéndola.

Amada por unos y odiada por otros, en lo que muchos de los que siguieron de cerca su trayectoria coinciden es en la gran influencia que ejerció sobre ella la figura de su padre, Alfred Roberts, un hombre muy religioso y conservador, y propietario de dos tiendas de comestibles en Grantham, la pequeña localidad en la que vivían, en las que a menudo trabajaban tanto Margaret como su hermana mayor, Muriel, y su madre Beatrice. Alfred era, además, predicador habitual en la iglesia metodista de la ciudad, así como un activo político local, lo que le llevó incluso a ser elegido alcalde de la misma a finales de los años 40. De la trayectoria política de su padre «Maggie», su hija favorita, se sintió muy orgullosa y siempre pensó que fue algo «muy emotivo», hasta el punto de que, muchos años después, al recordar algunos de esos momentos durante una entrevista televisiva, no pudo evitar llorar delante de las cámaras.

La vida familiar de los Roberts giraba, pues, en torno a las tiendas, la iglesia y, en buena medida también, la política, de modo que era imposible que la pequeña Margaret no se sintiera influenciada por todo eso y que ese ambiente no acabara siendo decisivo a la hora de ir forjando su personalidad y, por consiguiente, en la manera de pensar y de actuar que tuvo a lo largo de toda su vida, tanto privada como pública. De hecho, como ella misma explicó en más de una ocasión, «le debo casi todo a mi padre». «Me educó —reconocía— para creer en todas las cosas en las que creo».

Es fácil suponer, por tanto, el enorme cariño que «la hija de un tendero», como a ella le gustaba decir, sentía por su padre, algo a lo que solía referirse con cierta frecuencia. Y es que Alfred no solo le inculcó a Maggie los valores sociales y religiosos en los que él creía, sino que también contribuyó a financiar sus estudios universitarios y la alentó a compartir con él su interés por la política y por todos los asuntos de actualidad. En este sentido, era habitual, por ejemplo, que llevara a su hija a alguna de las interesantes conferencias que entonces se impartían en la Universidad de Nottingham, o que una vez por semana acudieran juntos a la biblioteca municipal con el fin de animarla a que leyera libros «serios», que le permitieran tener una visión profunda de la situación social y política que se vivía en aquella época.

Lo que estaba claro, desde luego, además del cariño que Alfred sentía por su hija, era lo orgulloso que estaba de ella y la seguridad que tenía en que, el día se mañana, sería alguien muy importante. De hecho, Alan Bennett, un cliente suyo, recordaba cómo, algunas décadas antes de que Margaret Thatcher llegara al 10 de Downing Street, Alfred le comentó un día: «Esta chica podría ser primer ministro si se lo propusiera». Para que tuviera constancia de ello, el tal Alan Bennett se tomó incluso la molestia de escribirle una carta a la ya entonces primera ministra en la que le contaba esta y otras cosas de su padre. «Tu padre —le decía por ejemplo en ella— no tendría dudas sobre tu capacidad para sobrellevar la situación». Según parece, a Margaret Thatcher le conmovió mucho la carta y le contestó: «Me interesó mucho leer acerca de su conexión con mi padre y me alegré de que se haya tomado la molestia de escribir algunos de sus recuerdos».

No es de extrañar, por tanto, que en su libro de memorias publicado hace más de veinte años, Margaret Thatcher le rindiera un emotivo homenaje a su padre, el concejal Alfred Roberts, un comerciante de Grantham, «un hombre práctico y teórico al mismo tiempo». Al fin y al cabo, podría decirse que ella se había criado y formado «a imagen y semejanza» de su padre, de lo que por cierto siempre presumió.

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