
De este a oeste,
frontera de presagios y miedos,
cruza los abismos inmortales del tiempo
la Granada dormida,
la Granada despierta.
Nacida para lo eterno,
bajo un arco de espuma roja,
aspira el viento de la vida,
se enfunda un manto de sombras
y camina tímida y despacio,
serpenteando silencios,
murmullos acristalados,
tentaciones hendidas
en un corazón vehemente y furtivo.
Granada, calle de Elvira,
próxima y lejana,
solitaria y perdida,
quién puso un verso en tu boca
y luego te besó enamorado,
mientras pasaba la noche
navegando de orilla en orilla
en su hermoso barco de penumbras.
Elvira, calle sin nombre,
nunca ciegan los ojos que te miran,
nunca tiemblan las manos que te acarician,
nunca, Elvira, cesan los pasos
que enloquecidos te recorren
hasta dejarte reposar a oscuras
en lo más inmenso de otro mundo,
donde ya no eres tú,
donde tu niebla se convierte
en azules palomas de agua.