La más alta cima

Ilustración: Pixabay

La arena del reloj celeste a veces se duerme en su propio sueño, alargando hasta lo imposible su último segundo misterioso. Deja, poco a poco, impacientar mi deseo de que una brisa cualquiera asome a través del ventanal resplandeciente y me anime a volar con ella hacia la abierta inmensidad de un universo aún por descubrir.

Desde lo alto, desde la cima más dibujada en el aire, he de observar caminos indescifrables, gigantes de humo, enanos de piedra, solitarios y mudos, que tratan de agitarse empujando sus vidas. No me sentiré ni más ni menos, ni alto ni poderoso. Solo pretenderé asomarme entre nubes hacia la confusa insolencia de un mundo que parece querer alejarme de ti. Volaré solo si es preciso, cubierto de lluvia, nieve o viento, hacia la luz, hacia un planeta con un infinito horizonte.

Si en un destello de suerte buscada pudiera adivinar tu figura, te diría ven, deseo sentir tu cuerpo a mi lado, flotando suavemente cerca de mí, y, apartados del polvo y la tierra, habitaríamos solos en la más elevada cima del universo.

Oda a la soledad [Anexo]

Ilustración: Egin Akyurt

Los hay que aún andan huérfanos de amor y un poco de compañía, solos en mitad de un vacío que no consiguen colmar. Pero también los hay que han visto cómo lentamente se desvanecían sus viejos sueños, sus grandes o pequeñas esperanzas, sus revoluciones interiores o las que querían aflorar para cambiar el mundo. Tal vez es que, casi sin darnos cuenta, cuando echamos la vista atrás comprobamos que hemos ido perdiendo demasiadas cosas que siempre debieron pertenecernos, pero que alguien nos ha ido arrebatando sin pedirnos permiso. Quizá es que nos hemos dejado abducir por falsas promesas para luego dejarnos desnudos en mitad de la nada, enredados en un laberinto de ideas y enajenaciones ajenas.

En este «invierno de nuestro descontento» ya no queremos que nos hieran más, que nos desangren el corazón y la mente. Solo queremos recuperar nuestra vida, nuestra única y preciosa vida, por la que cada día tenemos denodadamente que desvivirnos para seguir viviéndola. Solo queremos que nos devuelvan nuestra realidad y nuestra ficción, lo que fuimos y lo que hemos dejado de ser, que no hay nada más hermoso que recostarse plácidamente cada noche al abrigo de nuestros pensamientos y nuestros recuerdos, nuestros amores perdidos, siempre eternos o nunca olvidados, nuestras aventuras y desventuras, nuestra simple rutina cotidiana, nuestros horizontes cercanos, esos que cada día somos capaces de rozar apenas con la punta de nuestros dedos.

«Oda a la soledad [Anexo]» está incluido en el libro El alma desnuda. Relatos desafiando al tiempo (viveLibro, 2018)