Se me
fue el tiempo. Ni siquiera me despedí de él. Antes de que pudiera darme cuenta,
ya se había ido sin decir una sola palabra. Es posible que en ese momento
estuviera distraído o quizá mi mente anduviese perdida en la nada, pero su
marcha me pilló a traición, con el paso cambiado y el corazón a punto de dejar
de latir.
Se deshizo entre mis dedos lo único que me quedaba. Mis manos se quedaron vacías, como mi corazón y mi alieno. Desde que te fuiste, de repente, sin tiempo para despedirte, no tengo nada, no siento nada, no quiero nada. Mi boca se secó y mi voz solo pronuncia palabras mudas, que no dicen ni callan.
Sé que no quisiste irte, ni yo que te fueras. Sé que no fuiste tú quien decidió abandonarme, ni yo quien te animó a que lo hicieras. Por eso, quizá debimos irnos juntos. Todo menos soportar esta inmensa soledad que tanto me duele, que tanto me pesa y tanto me hiere. Si no estás tú, no tengo a nadie. Solo sombras y silencios a mi alrededor que me envuelven en el doloroso vértigo de tu ausencia.
Cuando cerraste los ojos para siempre, me prometí a mí misma seguir viviendo, intentar sobrevivir sin dejar de…