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Tenía la misma mirada traviesa y transparente que aún recordaba, unas cuantas arrugas de más, unos pocos sueños de menos… A pesar de los más de treinta años transcurridos desde la última vez que nos vimos, creo que hubiera podido reconocerlo entre una multitud. Pero no fue necesario. En medio de aquella calle gris y solitaria estaba él, Matías; bueno, Rodríguez, como lo llamábamos en el colegio, el «amigo del alma», aquel inseparable compañero de la infancia.


