Después de un arduo periodo de gestación, tanto para escribirla como para publicarla, por fin ha llegado a casa Mañana de domingo (Avant Editorial), mi primera novela, una hermosa criatura —qué va a decir su padre— que espero que tenga una feliz y larga vida, en la que encuentre muchos lectores ávidos de historias sentimentales que también la acojan en sus casas.
No quisiera morir en mí mismo sin antes intentar luchar por alguien, por ti quizá, si de verdad el destino acabase mediando entre nosotros, introduciéndonos en su diminuto mundo mágico, que en una décima de segundo es capaz de cambiar cualquier rumbo y aliviar el más extenuante cansancio.
Querría dejar de vivir por mí y para mí, sabiendo que detrás de alguna esquina invisible me esperas impaciente a que llegue, sollozo ligero que sería imposible apaciguar, borrando la cálida turbación que invade hasta en el último rincón de mi cuerpo.
Desearía, imposible razón, que secaras con toda la delicadeza de tus manos el sudor frío de mi frente, mientras un inimitable trasfondo de memoria comienza a renacer confundiendo la edad y el tiempo.
Desearía tenerte siempre junto a mí, obligándome con más fuerza que nunca a seguir manteniendo el persistente inconformismo de hoy para vislumbrar un futuro lejano…
Mirada que mata el alma,
suspiro de luna entornada,
quietud de duda constante
que ama sin temor a amar.
Mujer de silueta inquieta,
que con un solo paso
alcanza el dulce final
de la más amarga senda.
Mujer de noche perdida
en el abismo de la intriga,
corazón de niña crecida
a galope de la vida.
Sonrisa de mar en calma,
primorosa y delicada,
que traza la línea incierta
del más incierto querer.
Noche de noche clara,
paseante de calles solitarias
que enciende las sombras
que reposan en cada esquina.
Paisaje de cuerpo en llamas,
imposible de sofocar,
que incendia pasiones y deseos
enterrados en áridos desiertos.
Mujer de efímero tiempo
que juega a concebir esperas,
ausencias y despedidas
que duelen y esperanzan a la vez.
Se me fue el tiempo. Ni siquiera me despedí de él. Antes de que pudiera darme cuenta, ya se había ido sin decir una sola palabra. Es posible que en ese momento estuviera distraído o quizá mi mente anduviese perdida en la nada, pero su marcha me pilló a traición, con el paso cambiado y el corazón a punto de dejar de latir.
Al principio no supe cómo reaccionar. Todo me resultó muy extraño. En realidad, tuve la impresión de que nada había sucedido, de que todo aquello solo era un breve intermedio que pronto tendría continuación. Pero a medida que se fueron sucediendo los minutos, las horas y los días, empecé a sentir un gélido vacío apoderándose poco a poco de mí. Noté como si el aire estuviera cargado de un delirio sofocante y el rumbo de mi vida hubiese girado hacia no se sabe dónde…