Desde amanecido, quedan tus dedos dibujando mariposas, en derredor de las cuencas de mis ojos. Solo un suspiro, de lo bien que nos comimos nuestros labios, después de mecerte sobre mi pecho, y apretar tu cintura contra mí, cada vez más espigada. Frases al viento cálido de primavera, mientras veo florecer los almendros a través de la ventana, y acaricias mi pelo fosco, tarareándome al oído una canción que ni tu sabes que existía. Me suena como trinos, que me hacen sentir libre y reposado en el regazo de tu Amor cándido.
«No es bueno que el hombre esté solo», díjose Dios, tras conformar cielos y tierra. Y de una costilla suya resolvió crear una mujer, a lo que el hombre con alborozo exclamó: «¡Esta sí que es hueso de mis huesos!». «¡Y carne de mi carne!», sentenció. Y al hombre fue dada para aquietar su soledad y ambos dejados en un paraíso terrenal, en el que de un árbol no debían comer. Mas, siendo como debía ser de espíritu frágil, escaso discernimiento y quebradiza voluntad, pronto dejóse la mujer tentar por una serpiente, y accedió a comer del fruto por Dios prohibido e hizo que también el hombre comiera de él.
«La mujer que me diste como compañera, esa me dio del fruto del vergel y comí», confesó Adán, señalando a su mujer. «La serpiente me sedujo y comí», sostuvo la mujer sin pudor alguno. «Mucho te haré sufrir en tu preñez», sentenció con acritud el Señor Dios a modo de vil y cruento castigo. «Con sufrimiento parirás a tus hijos, tendrás ansia de tu marido, y él te dominará, gobernará sobre ti», sin el menor miramiento añadió, resolviendo quién sería su dueño, a quién por siempre habría de obedecer.
Y al hombre maldijo con rotundez por haber cedido al desvarío de su mujer, degustando el fruto del árbol prohibido. Y a ambos expulsó del vergel del edén, mas no sin antes alertar a Adán: «comerás el pan con el sudor de tu frente, hasta que hayas de volver a la tierra, dado que de ella fuiste tomado, pues polvo eres y al polvo has de tornar». Y el hombre llamó Eva a su mujer, por ser ella madre de todo viviente; se erigió sin pudicia en su amo y señor, y por voluntad humana y divina arrodillada a sus pies debería pervivir.
Y aquella mujer creada por Dios de la costilla tomada de Adán hubo de vivir sometida al hombre por los siglos de los siglos, amén; sufrir en su preñez por siempre jamás; parir hijos con extremo dolor; tener denodada ansia de su marido. Mas ni Dios ni el hombre acertaron a imaginar que el espíritu de la mujer no era frágil, sino recio, perseverante e infatigable, ni su discernimiento brozno y exiguo. Y nada ni nadie podrían detenerla en su lucha infatigable por no tener amo, por ser libre para decidir por propia voluntad.
Y la mujer nacida de una costilla de hombre combatió hasta concebir su propio paraíso, del que ningún dios podría expulsarla. Y batalló con denuedo hasta la extenuación para dejarse tentar por quien ella quisiera; parir cuando deseara sin miedo al dolor; a nadie rendir cuentas ni obedecer; a ser alguno deber sometimiento ni sumisión; ser única dueña y señora de su vida. Y por todo ello bregó a brazo partido, luchó contra viento y marea en férreas lides, en arduas y encarnizadas contiendas. Y la mujer creada para servir al hombre jamás cejó en su empeño por ser igual a él.
A las mujeres, criaturas de espíritu recio, perseverante e infatigable
Hay besos que pronuncian por sí solos la sentencia de amor condenatoria, hay besos que se dan con la mirada hay besos que se dan con la memoria.
Hay besos silenciosos, besos nobles hay besos enigmáticos, sinceros hay besos que se dan sólo las almas hay besos por prohibidos, verdaderos.
Hay besos que calcinan y que hieren, hay besos que arrebatan los sentidos, hay besos misteriosos que han dejado mil sueños errantes y perdidos.
Hay besos problemáticos que encierran una clave que nadie ha descifrado, hay besos que engendran la tragedia cuantas rosas en broche han deshojado.
Hay besos perfumados, besos tibios que palpitan en íntimos anhelos, hay besos que en los labios dejan huellas como un campo de sol entre dos hielos.
Hay besos que parecen azucenas por sublimes, ingenuos y por puros, hay besos traicioneros y cobardes, hay besos maldecidos y perjuros.
Judas besa a Jesús y deja impresa en su rostro de Dios, la felonía, mientras la Magdalena con sus besos fortifica piadosa su agonía.
Desde entonces en los besos palpita el amor, la traición y los dolores, en las bodas humanas se parecen a la brisa que juega con las flores.
Hay besos que producen desvaríos de amorosa pasión ardiente y loca, tú los conoces bien son besos míos inventados por mí, para tu boca.
Besos de llama que en rastro impreso llevan los surcos de un amor vedado, besos de tempestad, salvajes besos que solo nuestros labios han probado.
¿Te acuerdas del primero…? Indefinible; cubrió tu faz de cárdenos sonrojos y en los espasmos de emoción terrible, llenáronse de lágrimas tus ojos.
¿Te acuerdas que una tarde en loco exceso te vi celoso imaginando agravios, te suspendí en mis brazos… vibró un beso, y qué viste después…? Sangre en mis labios.
Yo te enseñé a besar: los besos fríos son de impasible corazón de roca, yo te enseñé a besar con besos míos inventados por mí, para tu boca.
Gabriela Mistral, seudónimo de Lucila de María Godoy Alcayaga (Vicuña, Chile, 7-4-1889 – Nueva York, 10-1-1957)