«Desde amanecido», de Diana Colomar

Desde amanecido,
quedan tus dedos dibujando mariposas,
en derredor
de las cuencas de mis ojos.
Solo un suspiro,
de lo bien
que nos comimos nuestros labios,
después de mecerte
sobre mi pecho,
y apretar tu cintura contra mí,
cada vez más espigada.
Frases al viento cálido de primavera,
mientras veo florecer los almendros a través de la ventana,
y acaricias mi pelo fosco,
tarareándome al oído
una canción que ni tu sabes que existía.
Me suena como trinos,
que me hacen sentir libre y reposado
en el regazo de tu Amor cándido.

Poema de la poetisa contemporánea Diana Colomar Ginto

Diálogo entre amantes

¡Ven hacia aquí!

¡Voy hacia allí!

Te quiero cerca.

Te quiero a ti.

Cuando miro y no te hallo
se enloquecen mis manos.

Cuando miro y te tengo
mi amor se hace eterno.

¿Qué tienes?

¿Dónde?

En la flor de tus labios.

Serán tus ojos, que me han besado.

Parece una rosa de mayo.

Será la pasión de mi amado.

Tu perfil me recuerda
las sombras cuando despiertan.

En tu mirada se esconde
el brillo del horizonte.

Mariposa dorada…

Alma enamorada…

Por tu cuerpo se enredan
laberintos de madreselvas.

En tu pecho asoman
geranios y amapolas.

Gacela blanca…

Tu llamada me solivianta.

En ti vivo
y en ti he de sufrir

En ti suspiro,
sin ti he de morir.

Poema incluido en el libro El delirio de la palabra. Prosas y versos de juventud (viveLibro, 2016)

«Te quiero», de Mario Benedetti

Tus manos son mi caricia
mis acordes cotidianos
te quiero porque tus manos
trabajan por la justicia

si te quiero es porque sos
mi amor mi cómplice y todo
y en la calle codo a codo
somos mucho más que dos

tus ojos son mi conjuro
contra la mala jornada
te quiero por tu mirada
que mira y siembra futuro

tu boca que es tuya y mía
tu boca no se equivoca
te quiero porque tu boca
sabe gritar rebeldía

si te quiero es porque sos
mi amor mi cómplice y todo
y en la calle codo a codo
somos mucho más que dos

y por tu rostro sincero
y tu paso vagabundo
y tu llanto por el mundo
porque sos pueblo te quiero

y porque amor no es aureola
ni cándida moraleja
y porque somos pareja
que sabe que no está sola

te quiero en mi paraíso
es decir que en mi país
la gente viva feliz
aunque no tenga permiso

si te quiero es porque sos
mi amor mi cómplice y todo
y en la calle codo a codo
somos mucho más que dos.

Mario Benedetti (Paso de los Toros, Tacuarembó, Uruguay, 14-9-1920 – Montevideo, 17-5-2000)

«Besos», de Gabriela Mistral

Hay besos que pronuncian por sí solos
la sentencia de amor condenatoria,
hay besos que se dan con la mirada
hay besos que se dan con la memoria.

Hay besos silenciosos, besos nobles
hay besos enigmáticos, sinceros
hay besos que se dan sólo las almas
hay besos por prohibidos, verdaderos.

Hay besos que calcinan y que hieren,
hay besos que arrebatan los sentidos,
hay besos misteriosos que han dejado
mil sueños errantes y perdidos.

Hay besos problemáticos que encierran
una clave que nadie ha descifrado,
hay besos que engendran la tragedia
cuantas rosas en broche han deshojado.

Hay besos perfumados, besos tibios
que palpitan en íntimos anhelos,
hay besos que en los labios dejan huellas
como un campo de sol entre dos hielos.

Hay besos que parecen azucenas
por sublimes, ingenuos y por puros,
hay besos traicioneros y cobardes,
hay besos maldecidos y perjuros.

Judas besa a Jesús y deja impresa
en su rostro de Dios, la felonía,
mientras la Magdalena con sus besos
fortifica piadosa su agonía.

Desde entonces en los besos palpita
el amor, la traición y los dolores,
en las bodas humanas se parecen
a la brisa que juega con las flores.

Hay besos que producen desvaríos
de amorosa pasión ardiente y loca,
tú los conoces bien son besos míos
inventados por mí, para tu boca.

Besos de llama que en rastro impreso
llevan los surcos de un amor vedado,
besos de tempestad, salvajes besos
que solo nuestros labios han probado.

¿Te acuerdas del primero…? Indefinible;
cubrió tu faz de cárdenos sonrojos
y en los espasmos de emoción terrible,
llenáronse de lágrimas tus ojos.

¿Te acuerdas que una tarde en loco exceso
te vi celoso imaginando agravios,
te suspendí en mis brazos… vibró un beso,
y qué viste después…? Sangre en mis labios.

Yo te enseñé a besar: los besos fríos
son de impasible corazón de roca,
yo te enseñé a besar con besos míos
inventados por mí, para tu boca.

Gabriela Mistral, seudónimo de Lucila de María Godoy Alcayaga (Vicuña, Chile, 7-4-1889 – Nueva York, 10-1-1957)