«Ayer te besé en los labios», de Pedro Salinas

Ayer te besé en los labios.
Te besé en los labios. Densos,
rojos. Fue un beso tan corto,
que duró más que un relámpago,
que un milagro, más. El tiempo
después de dártelo
no lo quise para nada ya,
para nada
lo había querido antes.
Se empezó, se acabó en él.

Hoy estoy besando un beso;
estoy solo con mis labios.
Los pongo
no en tu boca, no, ya no…
—¿Adónde se me ha escapado?—.
Los pongo
en el beso que te di
ayer, en las bocas juntas
del beso que se besaron.
Y dura este beso más
que el silencio, que la luz.
Porque ya no es una carne
ni una boca lo que beso,
que se escapa, que me huye.
No.
Te estoy besando más lejos.

Pedro Salinas (Madrid, 27-11-1891 – Boston, 4-12-1951])

Paisaje interior. Poemas de última hora

Paisaje interior (Loto Azul, 2024) es un retrato poético esbozado con sutiles pinceladas de color y gruesos trazos de pasión con el que su autor saca a la luz el intrincado paisaje emocional por el que siente que discurrió buena parte de su vida. Como si fueran lienzos blancos y traslúcidos, en sus páginas dibuja con pinceles disfrazados de versos poemas de última hora que hablan de la infancia en tardes de ensueño; de tiempos y lugares sin retorno; de sueños al borde del precipicio; de jinetes del alba cabalgando a lomos del viento; de naufragios en un mar de dudas; de vaivenes al cálido abrigo de la noche; del amor ausente que partió con billete de ida pero no de vuelta; de la pasión que disipó la niebla que no dejaba otear el horizonte…

Paisaje interior. Poemas de última hora (Loto Azul, 2024)

«Te quiero, te amo», de Diana Colomar

Cuando mi amor ya no cabía 
en un «te quiero» ni en un «te amo»,
cogí el siguiente cruce que me aguardaba.
Pues no es lo mismo «te quiero»,
que se dice esperando una respuesta equivalente a cambio,
que un «te amo»,
una frase solidaria,
como quien suelta un pajarillo al viento
de entre la cuenca de sus manos.
Ya no me importaba si pasabas noches en la barra del bar,
con bellas mujeres,
almas solitarias
o en venta por una copa.
Tampoco me importó
si no pensabas en mi la gran parte del día,
o me traicionabas con frases oscuras a mis espaldas.
Solo esperaba
el último «restregón»
bajo una noche de lluvia intensa,
en alguna esquina.
Quería que me dieras
las llaves de mi libertad,
y nunca pudieras olvidar
que esas gotas de agua,
eran tus lágrimas por mí.
Continuará…

De la poetisa contemporánea Diana Colomar Ginto

Entre tanto

Tiritan tus manos en el aire
y entre tus dedos
se escapan versos inquietos.

Tiemblan tus pupilas y se esconden
como si fuesen de humo,
como si fuesen de nube.

Bajo el brillo de tus ojos
suspira la noche y susurra
una balada de luces despiertas.

Entre tanto, yo te veo asomada
en balcones preñados de violetas.
Veo cómo tiernamente te besan
la quietud y la calma
y luego te das media vuelta
en dirección al firmamento,
donde la soledad de mi locura
sueña con poseer tu infinita ternura,
y mi corazón en amarte
bajo tu tímido fulgor.

Poema incluido en mi libro Del amor y otras locuras (Seleer, 2021)

«Elegía a Federico García Lorca», de Manuel Altolaguirre

Me olvido de vivir si te recuerdo,
me reconozco polvo de la tierra
y te incorporo a mí como lo hace
la parte más cercana de tu tumba,
esa tierra insensible que suplanta
el amoroso afán de tus amigos.

Acabada tu vida, permanece
con su total contorno dibujado:
no hay puerta que te lleve a lo futuro.

El árbol de tu nombre ha florecido
en una incalculable primavera.

La muerte es perfección, acabamiento.
Sólo los muertos pueden ser nombrados.
Los que vivimos no tenemos nombre.

Los míticos honderos de la fama
tiran los cantos de tu nombre al mundo
y el lago de la vida abre sus ojos
con párpados de vidrio interminables:
no hay montaña, no hay cielo, no hay llanura,
que en círculos concéntricos no agrande
el eco de tu nombre esclarecido.

No es dolor fraternal, no es pena humana,
es parte, mi pesar, del sentimiento
que hace de las estrellas pensativas
flores sobre la noche que cubre.

Te escribo estas palabras separado
del cotidiano sueño de mi vida,
desde un astro lejano en donde sufro
tu irreparable pérdida llorando.

Manuel Altolaguirre (Málaga, 2-6-1905 – Burgos, 26-7-1959)

Decir

Hay palabras sin sentido;
decir amor, decir destino,
y no poderse contener,
como si un alud de pasiones
te asfixiara el corazón.

Decir vida, ya eres mía,
decir ansia de libertad
y estremecerse tan hondamente,
que el alma parece haber huido
en busca del más allá.

Decir luz, decir esperanza,
o silenciar un vacío de sonidos
diciendo universo infinito,
por qué no me quieres escuchar.

Decir firmamento cósmico y circular,
quién te puso nombre y te engendró
ahogado en tanta oscuridad,
quién te hizo símbolo del deseo
y tras un eco de miedos te ocultó.

Decir inmensidad, decir locura,
bajo tu ardor me siento palpitar
y hasta el alma se me solivianta
de tanto amar.

Decir busco el último final,
para respirar el aroma irrespirable;
busco tu silueta fundida en un ciclón,
busco la razón y el sentido
de tanta palabra dudando
si esconderse en el silencio
o conquistar un espacio de voces ardientes.

«Dame ungüento de carne, loba», de Félix Grande

Screenshot
La prisa despareja con que miro tu piel
la premura apretada con que altero tu cuerpo
y este desasosiego en que empapo mi lengua
para hablarle a tu carne y lamer a tu voz
son como ávidas gotas de estaño compasivo
que busca aminorar las grietas de la muerte.

La planta de la edad nos chupa nuestros días
abriéndose como una flor negra, abominable
y en este esplendor de hoy se oculta la simiente
de una desposesión calcinada y perversa
como la del desierto. En el calcio del tacto
hay una lenta caries que nos invade desde
el fin aterrador del tiempo y de la vida.

Presuroso y perdido unto en mí tu persona
y soy un bulto de hombre y de loco y de perro
que corre por tu cuerpo y a la vez por un túnel
despavoridamente lamiendo en las tinieblas.

Félix Grande (Mérida, Badajoz, 4-2-1937 – Madrid, 1-1-2014), poeta, flamencólogo y crítico

Canto mutuo

Rizaron tu pelo negro
de negra noche,
de espera negra,
con manos de nube
y un poema de por medio.

A tu cuerpo le dieron
ráfagas de aire y viento,
rayo azulado y verde,
reflejo de mar agitada.

Dibujaron tus ojos
de mirada inacabable,
que en un parpadeo
expresa el mundo,
en un segundo, un sueño.

Y tu boca,
sonrisa inesperada,
boca o canto silencioso,
canto misterioso,
canto estrellado,
canto infinito,
canto mutuo
que junto a ti quisiera gritar.

De mi tímido primer poemario, Reflexiones sobre el amor y la vida (Hijos de E. Minuesa, 1978), del que aún pueden encontrarse ejemplares en algunas de estas páginas de internet:

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