Canción dormida de cuna

Ay cielo, cielito, cielo,
cómo titilan en la noche
esos ojitos azules
que brillan como luceros.

Ay cielo, cielito, cielo,
deja que te acune
hasta dejarte dormido
en una nube de sueño.

Ay cielo, cielito, cielo,
cuánta dulzura exhala
el sedoso tacto
de tu piel de terciopelo.

Ay cielo, cielito, cielo,
entre susurros de arrullo,
entre suspiros de cariño
te mezo en mi pecho.

Ay nana, nanita, nana,
canción dormida de cuna
musitada en silencio
hasta despuntar el alba.

Ay nene, netito, nene,
de tu boquita de ángel
bostezan azucenas rosas
y pajaricos celestes.

Ay nene, nenito, nene,
deja que caliente
tus manitas de algodón
blancas como la nieve.

Ay nene, nenito, nene,
esos hoyuelos tuyos
me los comeré a besos
cuando menos te lo esperes.

Ay nene, nenito, nene,
de tu vida bebe la mía,
de todo tú mi alma
respira y siente.

Ay nana, nanita, nana,
canción dormida de cuna
musitada sin palabras
hasta clarear la mañana.

Poema incluido en el poemario ilustrado Reverso y anverso. Poemas de largo recorrido (Libros Indie, 2022)


Cerca de ti

Cerca de ti
y sin embargo tan lejos.
Cerca como mi boca
bebiendo tu aliento.
Lejos como tu cuerpo
evadido en la sombra.
Cerca de ti
y sin embargo tan lejos.

Cerca de ti,
tan próximo y tan cercano,
que a veces te siento mía.
Lejos de ti,
tan distante y tan lejos,
que sé que no te tengo.

Cerca de ti
y sin embargo tan lejos,
como quien atrapa un sueño
sabiendo que nunca despertará,
como quien alza sus manos al cielo
creyéndolo atrapar.

Cerca de ti
y sin embargo tan lejos.
Cerca como mi vida
sintiéndose libre.
Lejos como tu indiferencia
hiriendo mi libertad.

Cerca de ti
y sin embargo tan lejos.

Poema incluido en el libro Del amor y otras locuras (Seleer, 2021)

«Noche oscura», de San Juan de la Cruz

San Juan de la Cruz, obra del artista contemporáneo Santiago Ydáñez
En una noche oscura
con ansias, en amores inflamada,
(¡oh dichosa ventura!)
salí sin ser notada,
estando ya mi casa sosegada.

A oscuras, y segura,
por la secreta escala disfrazada,
(¡oh dichosa ventura!)
a oscuras y en celada,
estando ya mi casa sosegada.

En la noche dichosa
en secreto, que nadie me veía,
ni yo miraba cosa,
sin otra luz y guía,
sino la que en el corazón ardía.

Aquesta me guiaba
más cierto que la luz del mediodía,
adonde me esperaba
quien yo bien me sabía,
en parte donde nadie parecía.

¡Oh noche que guiaste!,
¡oh noche amable más que la alborada!,
¡oh noche que juntaste
amado con amada,
amada en el amado transformada!

En mi pecho florido,
que entero para él solo se guardaba,
allí quedó dormido,
y yo le regalaba,
y el ventalle de cedros aire daba.

El aire de la almena,
cuando yo sus cabellos esparcía,
con su mano serena
en mi cuello hería,
y todos mis sentidos suspendía.

Quedéme, y olvidéme,
el rostro recliné sobre el amado,
cesó todo, y dejéme,
dejando mi cuidado
entre las azucenas olvidado.

San Juan de la Cruz (Fontíveros, Ávila, 24-6-1542 – Úbeda, Jaén, 14-12-1591), religioso y poeta místico del Renacimiento español, Doctor de la Iglesia

La llegada de Sara

Nos habían dado día y hora, como el que reserva una mesa en un restaurante, de modo que el «efecto sorpresa» se había perdido por completo: nada de roturas de agua, nada de sobresaltos nocturnos, nada de preparativos improvisados, nada de volantes sin sellar, nada de contracciones incontrolables… Aun así, las fechas previas al «día H» las vivimos con la lógica inquietud y, al mismo tiempo, con el deseo de que todo acabara cuanto antes. Al fin y al cabo, el embarazo se había hecho interminable, con demasiadas complicaciones desde el principio que parecían no fueran a resolverse nunca.

En busca «del paquete»

Pero, finalmente, a las nueve en punto de la mañana, ahí andábamos Isabel, mi mujer, y yo camino de la clínica, con la maletita en la mano y el corazón repartido entre nuestro hijo Alejandro, de ocho años, a quien, cómo no, habíamos dejado con sus abuelos, y el futuro inmediato que nos aguardaba a la vuelta de la esquina. En cierto modo teníamos algo así la sensación de quien va a una sucursal de Correos en busca de un paquete frágil, con la incertidumbre de saber si ha llegado o no en perfectas condiciones.

El «paquete», sin embargo, aún tardaría algunas horas en llegar a su destino. Antes vendrían, seguramente, los peores momentos: el trayecto en coche hasta la clínica, en silencio y con la mente en blanco; los trámites del ingreso en la recepción del «hotel», la aparición de la comadrona, tan fría como profesional; los incómodos preparativos al parto, y… el estallido de nervios cuando la camilla, sin previo aviso, entró en la habitación dispuesta a «secuestrar» a mi mujer sin pedir rescate.

A partir de ese momento, suyos fueron los escalofríos, el miedo y la cesárea, y mías, la tensión, la angustiosa espera y la incredulidad de que todo aquello estuviera sucediendo realmente. En el fondo de mi memoria, algo me decía que ya había vivido la misma experiencia con mi primer hijo, pero lo cierto era que este segundo nacimiento volvía a ser un emocionante e imprevisible viaje a lo desconocido.

Clavadita a su padre

De pronto, después de que ya hubiera perdido por completo la noción del tiempo, a las doce menos diez irrumpía en la sala de espera la matrona llevando un pequeño tesoro entre sus brazos. Desde el primer instante supe que era Sara, mi hija, y estoy convencido de que hubiera podido reconocerla entre un millón de bebés. Por si acaso, la «mensajera real» se encargó enseguida de recordármelo: «Es clavadita a su padre». Y la verdad era que su piel morena, su cabeza redondita y su inconfundible nariz «esparramada» la delataban demasiado.

Fueron solo unos instantes, los suficientes para comprobar que, finalmente, todos las ilusiones, las angustias y los sueños vividos se habían hecho de carne y hueso, y para comprender que, a partir de ese momento, una nueva «cosita» se había colado para siempre en nuestras vidas. Ahora, solo faltaba confirmar con el doctor que todo había salido bien, que la criatura había nacido sana y fuerte y que la madre estaba en perfecto estado.

Desde luego, nunca olvidaré aquella hermosa y conmovedora sensación, como tampoco he podido olvidar el primer encuentro con mi hijo Alejandro, cuando, al verlo recién nacido, solo se me ocurrió decir: «¡Pero esto es mío!».

Ser o no ser

Pasados los tediosos días de hospital, con las irremediables molestias para la madre, aún tardarían tiempo en cicatrizar los ramos de flores imposibles, las visitas fugaces y eternas, los primeros llantos, las primeras noches de insomnio, los primeros y titubeantes pañales y los primeros biberones, pero, pese a todo, había una cosa que realmente nos preocupaba: ¿como sería la vuelta a casa?; o, mejor dicho, ¿cómo sería nuestra vida a partir de ahora? Con los cuarenta a cuestas, una edad que no siempre perdona, y un hijo de ocho ya criado, pensábamos que, con toda seguridad, las cosas nunca volvería a ser como antes. Es el tiempo en el que te asaltan todas las dudas del mundo: «quizá hemos tardado demasiado en tener el segundo hijo»; «¿tendremos energías suficientes para criarlo?»; «¿cómo responderá Alejandro cuando tome conciencia de que su hermanita no es una visita de cortesía?»; «¿sabremos querer por igual a los dos hijos?»; «¿hervir los biberones o utilizar el método Milton?»…

Un rayo de luz

A punto de cumplir los seis meses, lo que sí nos confirmó Sara fue aquello que con insistencia me decía una antigua compañera de trabajo: «En una casa siempre debería de haber un bebé». Por lo pronto, durante este corto pero intenso periodo de tiempo, volvimos a repasar todo el interminable repertorio de vacunas, controles de peso, baños «audiovisuales», cereales sin gluten, urgencias, sobresaltos, palabras balbuceantes y sonrisas maravillosas.

Por descontado, todavía nos quedaban por resolver algunas de aquellas dudas «trascendentales», y Alejandro, de vez en cuando, seguía inconscientemente recelando del «cuarto pasajero». Tal vez mañana habría que barrer algo de pelusa debajo de su cama. Claro que muchas otras cosas se iban incorporando a nuestra rutina emocional con contrato laboral indefinido, como que el cuatro era nuestro nuevo número de la suerte; que, de pronto, nos quitamos veinte años de encima; que la capacidad de amar era infinita, o que, por muy nublado que estuviera el día, cada mañana, cuando veíamos despertar a Sara, un deslumbrante rayo de luz inundaba nuestras vidas.

(A mi hija, la niña de mis ojos, que el 18 de noviembre celebra su cumpleaños)

Cómo duele

Cómo duele,
segundo insensato,
la inoportuna cadencia
del tiempo pasado.

Ella es un grito
de fuego ardiendo.
En cambio a mí
me invade el silencio.

Ella es la reina
del universo;
yo apenas si domino
mis sentimientos.

Cómo duele,
noche helada,
la ciega oscuridad
que cuelga del cielo.

Ella es un argumento,
una leyenda rosa;
yo no llego a palabra
ni tan siquiera a verso.

Ella tiene un mar en su pecho
y en sus manos el firmamento.
En cambio yo, no sé cómo es la vida
que me tiembla por dentro.

Cómo duele,
amada mía,
la triste mirada
que tus ojos me envían.

Ella es una espiga
preñada de sol;
yo apenas un desierto
sediento de besos.

Ella funde
estrellas en sus labios,
mientras yo temo
el arrebato del fuego.

Cómo duele,
sueño lejano,
sentirse morir
enredado en tus brazos.

Ella peina
una mañana en sus cabellos.
Mis ojos se nublan
de tinieblas sufriendo.

Ella es una amapola
volando en el viento;
yo una espina
hendida en la tierra.

Cómo duele,
imposible libertad,
sentirte llorar
cada aurora temprana.

Ella es un espejo
en una laguna apasionada.
Yo una pasión
reflejándose en su mirada.

A ella le sobra la vida.
A mí me falta la muerte.

Incluido en mi poemario Del amor y otras locuras (Seleer, 2021)

«Invierno», de Ida Vitale

Como las gotas en el vidrio,
como las gotas de la lluvia
en una tarde somnolienta,
exactamente iguales,
superficiales,
ávidas todas,
breves,
se hieren y se funden,
tan, tan breves
que no podrían dar cabida al miedo,
que el espanto no debiera hacer huella
en nosotros.
Después, ya muertos, rodaremos,
redondos y olvidados.

Ida Vitale (Montevideo, Uruguay, 2-11-1923), poeta, ensayista, traductora, profesora y crítica literaria