Gaza

Para escuchar…

Para leer…

En las enlutadas noches de Gaza 
ya no quedan estrellas ni media luna,
ni sueños suspirando por otras vidas.
Solo quedan restos de las bombas,
que tiñeron de sangre su hermoso cielo.

En las calles desiertas de Gaza
ya no bulle la vida como antes.
Todo ha quedado reducido a cenizas,
como el alma de esas criaturas
que han perdido su infancia.

Por las tierras devastadas de Gaza
yerran gentes con rumbo a ninguna parte,
secuestradas por el dolor y la hambruna,
la miseria, el abandono y el desaire,
condenadas para siempre a no ser nadie.

Por el desolado paisaje de Gaza
deambulan repatriados sin patria
en busca de sus hogares en ruinas,
de sus pertenencias hurtadas,
de sus algazaras silenciadas.

Por los caminos marchitos de Gaza
desfilaban tanques con hedor a muerte,
marchaban soldados rifle en mano
buscando víctimas en las que desfogarse,
dianas en las que hendir su ira.

Los corazones de Gaza ya no laten.
Los secuestraron a punta de pistola,
y ahora transitan heridos de bala,
hasta que en sus venas no quede
una sola gota de sangre.

En cualquier rincón de Gaza
alguien amargamente llora,
vierte lágrimas yermas,
que el alma tiene malherida
y sus esperanzas, rotas.

En Gaza una vida no valía nada.
Se cambiaba por un par de disparos
descerrajados a bocajarro;
por apenas dos puñaladas,
una en el pecho y otra en la garganta.

En la memoria perdida de Gaza
nada existe de lo que existió,
nada es lo que alguna vez fue,
tal vez nunca vuelva a ser
esa tierra falsamente prometida.

En la angosta franja de Gaza
los recuerdos de un tiempo pasado
se han quedado enterrados.
El presente es un tiempo muerto,
el tiempo futuro ni siquiera existe.

Para que Gaza no se olvide con el discurrir del tiempo

«A Federico, con unas violetas», de Luis García Montero

I
Has llegado de nuevo. Te esperaba
para tenderte el brazo perdido de los humos.
La curva de los muelles, la soledad ajena
de Columbia University
y esta ceniza fría
en los párpados rotos
de la ciudad sin sueño.

Imagínate ahora
aquel cielo cansado,
aquellos ojos tuyos
de mil novecientos veintinueve,
extraviados entonces,
recorriendo los puentes
con un gesto sin fondo.

En este Sur
de vigas y de luces
pues llegar la muerte una mañana,
pero extraña
la experiencia que tiene la historia entre sus muslos
de milenario amor,
paciente amor salvaje
contra todos nosotros.

Imagínate ahora
los andamios,
la habitación vacía y el deseo
hundido como un barco
que buscara el suicidio.

Has llegado hasta Harlem,
bajo el sordo rumor de los moteros
vas a quedarte mudo,
con tu sudor a solas, con el miedo,
para ver como cierra los ojos de la muerte
cómo besa los labios de su último amante.
Era mil novecientos veintinueve.
No debió ser extraño,
porque estaba allí después de todo,
sobre el turbio desagüe de la vida.

Luis García Montero (Granada, 4-12-1958), poeta, crítico literario, ensayista, catedrático de Literatura Española y director del Instituto Cervantes

La primera vez

Para escuchar…

Para leer…

La primera mirada
fue un destello de luz
que cegó mis lamentos
y ya no supe ver
más allá de sus ojos.

El primer gesto
prendió una llama
que redujo a cenizas
los furtivos desamores
que aún me quemaban.

El primer roce
fue un dulce despertar
a la vida que no tenía
hasta que dejé que la suya
se hendiera en la mía.

La primera caricia
fue una ráfaga de viento
que domó ese corazón mío
que solo ansiaba respirar
un soplo de amor intenso.

El primer beso
fue un alud de silencios
porque me faltaban palabras
para tratar de expresar
lo que me ardía por dentro.

La primera vez
fue saber que siempre estaría
aunque no estuviera
porque ya no sabría vivir
sin ella tendida en mi regazo.

Del poemario Paisaje interior (Loto Azul, 2024)

«Bajo la lluvia», de Juana de Ibarbourou

Screenshot
¡Cómo resbala el agua por mi espalda!
¡Cómo moja mi falda,
y pone en mis mejillas su frescura de nieve!
Llueve, llueve, llueve,
y voy, senda adelante,
con el alma ligera y la cara radiante,
sin sentir, sin soñar,
llena de la voluptuosidad de no pensar.

Un pájaro se baña
en una charca turbia. Mi presencia le extraña,
se detiene… me mira… nos sentimos amigos…
¡Los dos amamos muchos cielos, campos y trigos!
Después es el asombro
de un labriego que pasa con su azada al hombro
y la lluvia me cubre de todas las fragancias
de los setos de octubre.
Y es, sobre mi cuerpo por el agua empapado
como un maravilloso y estupendo tocado
de gotas cristalinas, de flores deshojadas
que vuelcan a mi paso las plantas asombradas.
Y siento, en la vacuidad
del cerebro sin sueño, la voluptuosidad
del placer infinito, dulce y desconocido,
de un minuto de olvido.
Llueve, llueve, llueve,
y tengo en alma y carne, como un frescor de nieve.

Juana de Ibarbourou (Melo [Uruguay], 8-3-1892 – Montevideo [Uruguay], 15-7-1979), poeta uruguaya, una de las voces más personales de la lírica hispanoamericana de principios del siglo XX

Besos

No sé con qué beso me quedaría
de los infinitos besos que me has dado,
el dulce con sabor a cariño efímero
o el amargo, a amor eterno.

De los besos que yo te he dado
no sé por cuál eternamente suspirarías,
el que dibujaba el perfil de tus labios
o el que cruzaba el umbral de tu boca.

No sé qué beso jamás olvidaría
de todos los besos que no he olvidado,
el primero, tímido e ingenuo
o el último, indeciso y agitado.

De los besos que nos hemos dado
no sé cuál de ellos atraparía,
el que avivaba mi fuego
o el que deshelaba mi hielo.

De los besos que no nos dimos
no sé cuál deberíamos darnos,
el presente en nuestra ausencia
o el ausente en nuestra presencia.

De los besos que no fueron
no sé cuáles debieron de ser,
los que huyeron a tiempo
o los que llegaron a destiempo.

De los besos que te di dormida
no sé cuál de ellos te robaría,
el que te despertaba sorprendida
o el que te acunaba en silencio.

De los besos que te indagaban
no sé cuál de ellos rescataría,
el que recorría el mapa de tu cuerpo
o el que se escondía en tus pechos.

Poema incluido en mi poemario Travesía sentimental (Cordel D’Prata, 2023)

«Las abarcas desiertas», de Miguel Hernández

Para leer…

Por el cinco de enero,
cada enero ponía
mi calzado cabrero
a la ventana fría.

Y encontraban los días,
que derriban las puertas,
mis abarcas vacías,
mis abarcas desiertas.

Nunca tuve zapatos,
ni trajes, ni palabras:
siempre tuve regatos,
siempre penas y cabras.

Me vistió la pobreza,
me lamió el cuerpo el río,
y del pie a la cabeza
pasto fui del rocío.

Por el cinco de enero,
para el seis, yo quería
que fuera el mundo entero
una juguetería.

Y al andar la alborada
removiendo las huertas,
mis abarcas sin nada,
mis abarcas desiertas.

Ningún rey coronado
tuvo pie, tuvo gana
para ver el calzado
de mi pobre ventana.

Toda gente de trono,
toda gente de botas
se rio con encono
de mis abarcas rotas.

Rabié de llanto, hasta
cubrir de sal mi piel,
por un mundo de pasta
y un mundo de miel.

Por el cinco de enero,
de la majada mía
mi calzado cabrero
a la escarcha salía.

Y hacia el seis, mis miradas
hallaban en sus puertas
mis abarcas heladas,
mis abarcas desiertas.

Para escuchar en la voz de Elda Hidalgo…

PD

Las abarcas desiertas se publicó por primera vez el 2 de enero de 1937, unos días antes de la festividad de los Reyes Magos, para apoyar la campaña de Socorro Rojo Internacional, que tenía como objetivo recaudar donativos y juguetes destinados a la infancia necesitada.

Miguel Hernández (Orihuela, 30-10-1910 – Alicante, 28-3-1942), poeta y dramaturgo