En esta gélida tarde henchida de ausencias, dudas y silencios, trato de borrar de mi frágil memoria las cosas que sufrí de lejos, aquello que me hirió de cerca.
En estas horas sin medida ni distancia, lo que no logro es olvidarme de tu cuerpo vestido de luna blanca, de tu pelo teñido de noche oscura.
En estos minutos perdidos en la inmensidad del tiempo, no puedo vaciar de mi alma tus pupilas vertiendo océanos de estrellas, tu boca empuñando rosas de rojo ardiente.
En estos segundos que me hierven por dentro, no consigo extraer de lo más hondo de mis entrañas la sedosa dulzura de tu mirada insondable, el eco de tus palabras susurrándome al oído.
En estos instantes que no empiezan ni terminan, en el aliento de mi memoria solo me queda el resplandor de tu pecho ceñido al mío, el suave tacto de tus manos prendidas en las mías.
Si alguna vez me miras a los ojos y no me ves ni tan siquiera al fondo, no te asustes.
Si alguna vez me das la mano y el tacto se hace incómodo, frío y caliente a la vez, como ausente, por favor no te asustes.
Si alguna vez notas que las lágrimas se me están quedando encerradas dentro y en mi sonrisa sabes que estoy llorando mares invisibles, no te asustes, por favor.
Si me ves, alguna vez, más pequeñita de lo que suelo, más cerca del suelo, sólo… no te vayas.
Quédate como permanece el árbol esperando sus flores caducas. Quédate porque voy a volver como las mariposas que siguen su ruta. Quédate porque no me he ido a ninguna parte.
Es sólo que es difícil existir tanto tiempo en mi cuerpo, en mi manera de sentir; la vida desaparece a veces, pero tu presencia tira de mis océanos hacia fuera.
Conozco mis caminos, sé volver, y encontrarte no es el lugar ni el destino, es tener la brújula que da la calma a quien está perdido, cuando todo y nada parece lo mismo.
Del poemario Donde descansan las flores (Ed. Lunwerg)
Sara Bueno Hormigo, Sara Búho (La Línea de la Concepción, 1991)
Busqué poesía con desespero, y la hallé en las cómplices miradas que nos cruzábamos en la distancia sin que nada ni nadie se interpusiera. La busqué en cada rincón de mi alma, y la encontré enredada en tus labios aguardando a colmarme de besos hasta dejar mi boca sedienta. La hallé tímidamente escondida, en el sosiego que me daban tus manos cuando suavemente aquietaban los temblorosos miedos de mi cuerpo que, de tarde en tarde, me asediaban, el dolor atrincherado en mi garganta.
Busqué poesía con denuedo, y la hallé recostada en mis recuerdos, en el hermoso paraíso de mi infancia; en las pasiones que en mi interior se agitaban, en las emociones que me robaban el sueño, dejándome sonámbulo en mitad de la noche, las que me desadormecían de madrugada para decirme que vivir merecía la pena. La hallé en la rabia que no podía contener, en la angustia que me sofocaba, en la tristeza que me ahogaba, en la soledad que me abandonaba, en ese tiempo que no discurría, apresado en un laberinto sin salida.
Busqué poesía, y la encontré en los sueños que me despertaban de niño, los que me aterraban en la edad tardía; en las voces que me gritaban te quiero, por ti he de morir y muero, sin ti nada soy ni nada quiero ser. La hallé en las palabras que trenzaban versos hasta acallar los silencios que bramaban. Hallé la poesía en el amor desmedido que por ti sentía con el corazón ardiendo, en el combate cuerpo a cuerpo al que con ardor nos entregábamos, cuando la mañana de desvanecía y la tarde reposaba en nuestros pechos.
Busqué poesía con vehemencia, y la hallé atrapada a oscuras en miserias secuestradas en vidas ajenas; en ese dolor que sin pudicia desgarra; en las tragedias con hedor a batallas que se fraguan a cambio de nada; en la mar en calma tras amainar la tormenta. Hallé poesía en el fulgor de tus ojos, diciéndome con una simple mirada lo que no me decías con palabras; en los paisajes que a hurtadillas diviso desde de mi ventana de par en par abierta, los que amanecen cargados de esperanza, los que anochecen colmados de desconsuelo.
Con poesía desahogo mis lamentos, deseco mis llantos, me empapo de lágrimas; borro mis pesares, afloro mis alborozos; confieso mis pecados veniales, a buen recaudo pongo los mortales; a ciegas deambulo por mi travesía sentimental con el corazón y los ojos abiertos; me asomo a mi agitado paisaje interior para desvestir con un puñado de estrofas el reverso y el anverso que en mí se agolpan la cara y la cruz de mis amores y mis locuras, el delirio que rezuma cada uno de mis versos, aquellos que vierto en páginas en blanco, aquellos que voceo a los cuatro vientos.
Uno de los dos recitales poéticos que celebramos, el 12 y 13 de marzo, en Palencia, en concreto en la Biblioteca Pública Municipal Lecrác. Pasen y escuchen…
No deseo abrir la boca ¿A qué podría cantar? A mí, a quien la vida odia, tanto me da cantar que callar. ¿Acaso debo hablar de dulzura cuando es tanta la amargura que siento? Ay, el festín del opresor me ha tapado la boca. Sin nadie a mi lado en la vida, ¿a quién dedicaré mi ternura? Tanto me da decir, reír, morir, existir. Yo y mi forzada soledad con mi dolor y mi tristeza. He nacido para nada, mi boca debería estar sellada. Ha llegado, corazón, la primavera, el momento propicio del festejo. Pero ¿qué puedo hacer, si un ala tengo ahora atrapada? Así no puedo volar. Llevo mucho tiempo en silencio, pero nunca olvidé la melodía que no paró de susurrar. Las canciones que brotan de mi corazón me recuerdan que algún día romperé la jaula. Volando saldré de esta soledad y cantaré con melancolía. No soy un frágil álamo sacudido por el viento. Soy una mujer afgana Entiéndase pues mi constante queja.
«Estoy enjaulada en este rincón llena de melancolía y pena. Mis alas están cerradas y no puedo volar. Soy una mujer afgana y debo aullar».
Nadia Anjuman (Herat, Afganistán, 1980 – 4-11-2005), poeta y periodista afgana, asesinada a golpes por su esposo, Farid Anjuman, y los familiares de este.
Déjame que beba de tu piel, que la bese, la acaricie, que me impregne de su aroma de su dulzura, de su suavidad, de su calidez. Permite que nuestros cuerpos se aproximen, se rocen, se froten. Permíteme que abarque tu cuerpo en un abrazo infinito. Permite que nuestros cuerpos se fundan en un solo ser, que se unan en un éxtasis irrefrenable. Permíteme que te haga mía, y tuyo yo seré por toda la eternidad. Solo un abrazo, en silencio, piel con piel, unos instantes en los que solo tú y yo existimos, un momento en el que solo somos uno, en el que los sentimientos afloran, en el que, con una sola mirada, nuestros ojos, nuestros corazones lo digan todo, todo el amor que sentimos, sin palabras, con pasión, con una complicidad solo nuestra, sin nadie más. Te amo tan intensamente, que es imposible que jamás sea superado. Te amo, mi tesoro.
Del poeta en la sombra Peter Punk, que ha vuelto a enviarme otro bonito ramillete de versos.
Escribo porque siento, porque amo, porque necesito escribir, sentir, amar; sentir y amar el mundo, la vida, el tiempo, los sueños, mi vida, la vida… Mi palabras, con timidez y desconocimiento, tratan de describir el melancólico desconsuelo del alma, buscando así consolar sus sentimientos: fiel amante, amante traicionado, al que ya no le restan lágrimas para descolgar de la pupila de su corazón. El tiempo a veces clarea, a veces anochece, cuando marca con decisión y sin titubeos la hora del poema tierno, del poema trágico, del poema amable, del poema siniestro, del poema sueño; poemas, narraciones, pensamientos, verdades… que luchan por eternizar el ánimo en un instante cualquiera de dicha o de sufrimiento.
Con vivir no basta. No basta con echar una ojeada al paso de la vida y contemplar la edad pasada, también la edad de hoy. No es suficiente razón de vida la de sumar días y noches, tardes y nadas, con la sola intención de acomodarlos en las vitrinas de un tiempo inútil e irrecuperable. Amo la palabra y su contenido, porque con vivir no basta. Expreso el sentimiento y la vida, porque la emoción que imprime al interior del espíritu es demasiado grande, demasiado hermosa, demasiado íntima como para ser leña quemada en el fuego del olvido.
Escribo porque estimo, porque cada vez dignifico más la figura del hombre, aunque cada vez más mi mirada ciega de lamento ante su presencia inequívoca: cuerpo falso y lastimado por su propia andadura, que retuerce sus pasos hacia la vanidad y la indiferencia, hacia la pérdida del sentido entrañable del amor. Brota el eco silencioso de mis frases porque intentan, con la combinación sinuosa de sus formas, narrar la leyenda encantada en la que configuro la realidad de la vida.