Imborrable

Ilustración: Efes
En esta gélida tarde
henchida de ausencias,
dudas y silencios,
trato de borrar
de mi frágil memoria
las cosas que sufrí de lejos,
aquello que me hirió de cerca.

En estas horas
sin medida ni distancia,
lo que no logro es olvidarme
de tu cuerpo vestido
de luna blanca,
de tu pelo teñido
de noche oscura.

En estos minutos perdidos
en la inmensidad del tiempo,
no puedo vaciar de mi alma
tus pupilas vertiendo
océanos de estrellas,
tu boca empuñando
rosas de rojo ardiente.

En estos segundos
que me hierven por dentro,
no consigo extraer
de lo más hondo de mis entrañas
la sedosa dulzura
de tu mirada insondable,
el eco de tus palabras
susurrándome al oído.

En estos instantes
que no empiezan ni terminan,
en el aliento de mi memoria
solo me queda el resplandor
de tu pecho ceñido al mío,
el suave tacto de tus manos
prendidas en las mías.

Incluido en mi poemario Reverso y anverso. Poemas de largo recorrido (Libros Indie, 2022)

«Pequeñita», de Sara Búho

Si alguna vez me miras a los ojos
y no me ves
ni tan siquiera al fondo,
no te asustes.

Si alguna vez me das la mano
y el tacto se hace incómodo,
frío y caliente a la vez,
como ausente,
por favor
no te asustes.

Si alguna vez notas
que las lágrimas se me están
quedando encerradas dentro
y en mi sonrisa sabes que estoy
llorando mares invisibles,
no te asustes,
por favor.

Si me ves, alguna vez,
más pequeñita de lo que suelo,
más cerca del suelo,
sólo… no te vayas.

Quédate como permanece
el árbol esperando
sus flores caducas.
Quédate porque voy a volver
como las mariposas que siguen su ruta.
Quédate porque no me he ido
a ninguna parte.

Es sólo que es difícil existir
tanto tiempo en mi cuerpo,
en mi manera de sentir;
la vida desaparece a veces,
pero tu presencia tira
de mis océanos hacia fuera.

Conozco mis caminos,
sé volver,
y encontrarte no es el lugar ni el destino,
es tener la brújula que da la calma
a quien está perdido,
cuando todo y nada
parece lo mismo.

Del poemario Donde descansan las flores (Ed. Lunwerg)

Sara Bueno Hormigo, Sara Búho (La Línea de la Concepción, 1991)

Poesía

Busqué poesía con desespero,
y la hallé en las cómplices miradas
que nos cruzábamos en la distancia
sin que nada ni nadie se interpusiera.
La busqué en cada rincón de mi alma,
y la encontré enredada en tus labios
aguardando a colmarme de besos
hasta dejar mi boca sedienta.
La hallé tímidamente escondida,
en el sosiego que me daban tus manos
cuando suavemente aquietaban
los temblorosos miedos de mi cuerpo
que, de tarde en tarde, me asediaban,
el dolor atrincherado en mi garganta.

Busqué poesía con denuedo,
y la hallé recostada en mis recuerdos,
en el hermoso paraíso de mi infancia;
en las pasiones que en mi interior se agitaban,
en las emociones que me robaban el sueño,
dejándome sonámbulo en mitad de la noche,
las que me desadormecían de madrugada
para decirme que vivir merecía la pena.
La hallé en la rabia que no podía contener,
en la angustia que me sofocaba,
en la tristeza que me ahogaba,
en la soledad que me abandonaba,
en ese tiempo que no discurría,
apresado en un laberinto sin salida.

Busqué poesía, y la encontré
en los sueños que me despertaban de niño,
los que me aterraban en la edad tardía;
en las voces que me gritaban te quiero,
por ti he de morir y muero,
sin ti nada soy ni nada quiero ser.
La hallé en las palabras que trenzaban versos
hasta acallar los silencios que bramaban.
Hallé la poesía en el amor desmedido
que por ti sentía con el corazón ardiendo,
en el combate cuerpo a cuerpo
al que con ardor nos entregábamos,
cuando la mañana de desvanecía
y la tarde reposaba en nuestros pechos.

Busqué poesía con vehemencia,
y la hallé atrapada a oscuras
en miserias secuestradas en vidas ajenas;
en ese dolor que sin pudicia desgarra;
en las tragedias con hedor a batallas
que se fraguan a cambio de nada;
en la mar en calma tras amainar la tormenta.
Hallé poesía en el fulgor de tus ojos,
diciéndome con una simple mirada
lo que no me decías con palabras;
en los paisajes que a hurtadillas diviso
desde de mi ventana de par en par abierta,
los que amanecen cargados de esperanza,
los que anochecen colmados de desconsuelo.

Con poesía desahogo mis lamentos,
deseco mis llantos, me empapo de lágrimas;
borro mis pesares, afloro mis alborozos;
confieso mis pecados veniales,
a buen recaudo pongo los mortales;
a ciegas deambulo por mi travesía sentimental
con el corazón y los ojos abiertos;
me asomo a mi agitado paisaje interior
para desvestir con un puñado de estrofas
el reverso y el anverso que en mí se agolpan
la cara y la cruz de mis amores y mis locuras,
el delirio que rezuma cada uno de mis versos,
aquellos que vierto en páginas en blanco,
aquellos que voceo a los cuatro vientos.

Del poemario inédito En la intimidad

«No deseo abrir la boca», de Nadia Anjuman

No deseo abrir la boca 
¿A qué podría cantar?
A mí, a quien la vida odia,
tanto me da cantar que callar.
¿Acaso debo hablar de dulzura
cuando es tanta la amargura que siento?
Ay, el festín del opresor
me ha tapado la boca.
Sin nadie a mi lado en la vida,
¿a quién dedicaré mi ternura?
Tanto me da decir, reír,
morir, existir.
Yo y mi forzada soledad
con mi dolor y mi tristeza.
He nacido para nada,
mi boca debería estar sellada.
Ha llegado, corazón, la primavera,
el momento propicio del festejo.
Pero ¿qué puedo hacer,
si un ala tengo ahora atrapada?
Así no puedo volar.
Llevo mucho tiempo en silencio,
pero nunca olvidé la melodía
que no paró de susurrar.
Las canciones que brotan de mi corazón
me recuerdan que algún día
romperé la jaula.
Volando saldré de esta soledad
y cantaré con melancolía.
No soy un frágil álamo
sacudido por el viento.
Soy una mujer afgana
Entiéndase pues mi constante queja.

«Estoy enjaulada en este rincón
llena de melancolía y pena.
Mis alas están cerradas y no puedo volar.
Soy una mujer afgana y debo aullar».

Nadia Anjuman (Herat, Afganistán, 1980 – 4-11-2005), poeta y periodista afgana, asesinada a golpes por su esposo, Farid Anjuman, y los familiares de este.

«Carta a mi amada», de Peter Punk    

Déjame que beba de tu piel, 
que la bese, la acaricie,
que me impregne de su aroma
de su dulzura, de su suavidad, de su calidez.
Permite que nuestros cuerpos se aproximen,
se rocen, se froten.
Permíteme que abarque tu cuerpo en un abrazo infinito.
Permite que nuestros cuerpos se fundan en un solo ser,
que se unan en un éxtasis irrefrenable.
Permíteme que te haga mía,
y tuyo yo seré por toda la eternidad.
Solo un abrazo, en silencio, piel con piel,
unos instantes en los que solo tú y yo existimos,
un momento en el que solo somos uno,
en el que los sentimientos afloran,
en el que, con una sola mirada, nuestros ojos,
nuestros corazones lo digan todo,
todo el amor que sentimos, sin palabras, con pasión,
con una complicidad solo nuestra, sin nadie más.
Te amo tan intensamente,
que es imposible que jamás sea superado.
Te amo, mi tesoro.

Del poeta en la sombra Peter Punk, que ha vuelto a enviarme otro bonito ramillete de versos.

Declaración de intenciones

Escribo porque siento, porque amo, porque necesito escribir, sentir, amar; sentir y amar el mundo, la vida, el tiempo, los sueños, mi vida, la vida… Mi palabras, con timidez y desconocimiento, tratan de describir el melancólico desconsuelo del alma, buscando así consolar sus sentimientos: fiel amante, amante traicionado, al que ya no le restan lágrimas para descolgar de la pupila de su corazón. El tiempo a veces clarea, a veces anochece, cuando marca con decisión y sin titubeos la hora del poema tierno, del poema trágico, del poema amable, del poema siniestro, del poema sueño; poemas, narraciones, pensamientos, verdades… que luchan por eternizar el ánimo en un instante cualquiera de dicha o de sufrimiento.

Con vivir no basta. No basta con echar una ojeada al paso de la vida y contemplar la edad pasada, también la edad de hoy. No es suficiente razón de vida la de sumar días y noches, tardes y nadas, con la sola intención de acomodarlos en las vitrinas de un tiempo inútil e irrecuperable. Amo la palabra y su contenido, porque con vivir no basta. Expreso el sentimiento y la vida, porque la emoción que imprime al interior del espíritu es demasiado grande, demasiado hermosa, demasiado íntima como para ser leña quemada en el fuego del olvido.

Escribo porque estimo, porque cada vez dignifico más la figura del hombre, aunque cada vez más mi mirada ciega de lamento ante su presencia inequívoca: cuerpo falso y lastimado por su propia andadura, que retuerce sus pasos hacia la vanidad y la indiferencia, hacia la pérdida del sentido entrañable del amor. Brota el eco silencioso de mis frases porque intentan, con la combinación sinuosa de sus formas, narrar la leyenda encantada en la que configuro la realidad de la vida.

Prólogo de mi libro El delirio de la palabra (viveLibro, 2016)