Diálogo entre la hija y la madre

Siento aproximarse la noche
envuelta entre quejidos y sombras.

No temas, mi vida,
que no he de abandonarte
ni despierta ni dormida.

Tendrás que arrullarme
con tu voz de terciopelo
para que despacio me adentre
en la quietud del sueño.

Cuando llegue la hora señalada,
te susurraré al oído
una dulce y enamorada nana.

¿Y si el frío
de mi corazón se apodera?

Le diré al dios de los cielos
que envíe el fuego de una estrella.

¿Y si la oscuridad
prende el miedo en mi cuerpo?

Encenderé los luceros que habitan
en las entrañas del firmamento.

En tu regazo, madre,
los sueños se he me harán eternos.

Y si así no fuera,
acosaría a la noche
hasta dar con ellos.

Ahora sé que a tu lado
se acallarán mis temores.

Deja que te mire,
deja que te adore,
deja, mi niña, que bese
tus manos de seda
y tus ojos verdes.

Si no tuviera cerca
tus ardientes brazos,
la pena de no sentirlos
me ahogaría
en mi propio llanto.

Si mis ojos dejaran de verte,
avivaría el fuego
que arde en mi vientre
hasta parirte de nuevo.

¡Nunca me abandones!

Siempre seré tuya.

¡Que no mueran tus amores!

¡Cómo han de morir,
si eres mi sol y mi luna!

Poema incluido en el libro El delirio de la palabra. Prosas y versos de juventud (viveLibro, 2016),

Amarga duda

En el límite infranqueable
que separa el amor del odio,
la aversión del afecto,
el sosiego del solivianto,
me invade la duda de saber
si es odio lo que sientes por mí
cuando dices que me amas
o es un amor desmedido
cuando insinúas que me odias.

A merced de esa amarga duda
que no logro descifrar,
ahora ya no sé si echas en falta
el echarme de menos
o si continúas queriendo
que siga estando a tu lado
para no echarme de menos
cada vez que no esté
allá donde tú te encuentres.

Del poemario Travesía sentimental (Cordel D’Prata, 2023)

«Te quiero, te amo», de Diana Colomar

Cuando mi amor ya no cabía 
en un «te quiero» ni en un «te amo»,
cogí el siguiente cruce que me aguardaba.
Pues no es lo mismo «te quiero»,
que se dice esperando una respuesta equivalente a cambio,
que un «te amo»,
una frase solidaria,
como quien suelta un pajarillo al viento
de entre la cuenca de sus manos.
Ya no me importaba si pasabas noches en la barra del bar,
con bellas mujeres,
almas solitarias
o en venta por una copa.
Tampoco me importó
si no pensabas en mi la gran parte del día,
o me traicionabas con frases oscuras a mis espaldas.
Solo esperaba
el último «restregón»
bajo una noche de lluvia intensa,
en alguna esquina.
Quería que me dieras
las llaves de mi libertad,
y nunca pudieras olvidar
que esas gotas de agua,
eran tus lágrimas por mí.
Continuará…

De la poetisa contemporánea Diana Colomar Ginto

Callejón de Aguirre

Para escuchar…

Para leer…

Relucen en mi lívida memoria
las paredes encaladas de sueños
del callejón angosto
en el que me asomé a la vida
un día lejano de otoño
con olor a castañas y acerolas.

En su inmaculada blancura
florean manojos de geranios verdes
ceñidos en tiestos de tierra erguida,
claveles reventones echando raíces
en macetas ungidas de barro,
azucenas enrejadas en balcones.

Por la mañana de luz mañanera
desde lo alto se desploman
destellos de suspiros celestes
tiñendo de vívida alegría
el requiebro de su estrecha cintura
que zigzaguea de un lado para otro.

En su suelo de alfombra empedrada
se trazan dibujos enredados
que van y vienen, que vienen y van
mientras a lo lejos se escuchan
los ecos ambulantes del traedor
de higos chumbos recién cortados.

Por la tarde de siesta y ronquido
un sol de justicia divina
se desploma en lo alto de la azotea,
hasta que un halo de brisa fresca
rebrota en las hojas donde sestean
moras, moritas, moras.

En las noches preñadas de luna
se descuelgan farolillos de estrellas
para mirarse a escondidas
en un hilo transparente de agua
que corre sin miedo callejón abajo
buscando un vocerío sin alas.

En el alma del callejón de Aguirre,
a la sombra de la calle de Elvira,
donde serpentean las Manolas,
reverdecen las azucenas y los geranios,
revientan a borbotones los claveles,
dormitan mis más remotos recuerdos.

Del poemario Reverso y anverso. Poemas de largo recorrido (Libros Indie, 2022)

«Llegada», de Emilio Prados

A Federico García Lorca

Emilio Prados junto a su amigo García Lorca.
Alamedas de mi sangre.
¡Alto dolor de olmos negros!
¿Qué nuevos vientos lleváis?
¿Qué murmuran vuestros ecos?
¿Qué apretáis en mi garganta
que siento el tallo del hielo
aún más frío que la muerte
estrangular mi deseo?
¿Qué agudo clamor de angustia
rueda corazón adentro,
golpe a golpe retumbando
como campana de duelo,
ahuecándome las venas,
turbando mi pensamiento,
prendiendo mis libres ojos,
segando mi vista al viento?
¿Qué rumor llevan tus hojas
que todo mi cuerpo yerto
bajo sus dolientes ramas,
ni duerme ni está despierto,
ni vivo ni muerto atiende
a la voz de ningún dueño,
que va como un río sin agua
andando en pie por un sueño?
Con cinco llamas agudas
clavadas sobre su pecho.
sin pensamiento y sin sombra,
vaga con temblor de espectro
por ciudades y jardines,
al mar libre y en los puertos,
triste pájaro sin alas
acribillado a luceros.

Alamedas de mi sangre,
decid, ¿qué amargo secreto
mordió las sanas raíces
que os dan vida y movimiento?

Vine de Málaga roja.
De Málaga roja vengo.
Vine lleno de banderas
y toda la sangre ardiendo.
Llegué a Madrid perseguido
de enemigos pensamientos,
aun con rumores de lucha
y con zumbidos de truenos:
más de mil brazos traía
alrededor de mi cuerpo,
saludando mi alegría,
desatando mi silencio.

Amigos, vengo de Málaga;
aún me huele a sal el sueño,
me huele a pescado y gloria,
a espuma y a sol de fuego.
Mucho que contaros traigo,
mucho que contar y bueno.
Amigos, os hallé a todos
alegres en vuestros puestos.
¿En dónde está Federico?
A él sólo de menos echo
y a él tengo más que contarle;
mucho que contarle tengo.
¿En dónde está Federico?
Sólo responde el silencio.

Un temor se va agrandando,
temor que encoge los pechos.
De noche los olivares
alzan los brazos gimiendo;
la luna lo anda buscando
rodando, lenta, en el cielo;
la sangre de los gitanos
lo llama abierta en el suelo;
más gritos lleva la sombra
que estrellas el firmamento;
las madrugadas preguntan
por él, temblando de miedo.
¡Qué gran tumba esta distancia
que calla su hondo misterio!

Vengo de Málaga roja,
de Málaga roja vengo;
levántate, Federico,
álzate en pie sobre el viento,
mira que llego del mar,
mucho que contarte tengo.
Málaga tiene otras playas
y grandes peces de acero,
con mil ojos vigilantes
defienden, firmes, su puerto.
¿En dónde estás, Federico?
Yo este rumor no lo creo.

Yo este rumo no lo creo.
¡Cómo me duelen las balas
que hoy circundan tu recuerdo.
¡Cómo me duelen las balas
que hoy circundan tu recuerdo!

Desde Málaga a Granada
rojos pañuelos al cuello,
gitanos y pescadores
van con anillos de hierro;
sortijas que envía la muerte
a tus negros carceleros.

Aguárdame, Federico;
mucho que contarte espero…

Entre Málaga y Granada
una barrera de fuego.

Emilio Prados (Málaga, 4-3-1899 – Ciudad de México, 24-4-1962), poeta de la Generación del 27 y editor.

Noches de noche oscura

En las noches de noche oscura
hay corazones en vela
robando besos transidos
que supuren sus heridas,
sueños abriéndose paso
entre humedales de niebla
para huir de la espesura
que los laceran por dentro.

En las noches de noche oscura
hay estrellas sin luna
y luna sin estrellas,
almas blandiendo penas
que no hallan salida
a las pesadillas nocturnas
que se cuelan de madrugada
en la hondura de sus entrañas.

En las noches de noche oscura
hay amores perdidos
que conducen a la locura,
pasiones encontradas
que no encuentran cordura,
diablos cojuelos
que vagan por tejados
huyendo de los infiernos.

En las noches de noche oscura
hay sollozos que no cesan,
lágrimas que empapan
los silencios estériles del aire,
rescoldos de pesares ardiendo
que el tiempo no apaga
y los recuerdos avivan
sin medida ni distancia.

En las noches de noche oscura
hay pecados que no se perdonan
escondidos a buen recaudo
bajo el quicio de la almohada,
íntimos secretos veniales
celosamente guardados
como un precioso tesoro
bajo siete llaves y un suspiro.

En las noches de noche oscura
hay emociones sin desenlace
que perduran en el tiempo
y relatos sin historia
que se fueron sin un adiós escueto
y ya no anidan en la memoria
de quienes las sufrieron
a golpes de martillo.

En las noches de noche oscura
hay insomnios en duermevela
que se acomodan en su trono
pare reinar en su universo bruno
hasta el tibio clarear de la mañana,
cuando la vida se despereza
con bocanadas de luz que desmenuzan
versos de amargura sombría.

En las noches de noche oscura
hay ojos cegados de espanto
que ansían beberse la claridad
que emana del crepitar del alba,
espíritus indomables
que asoman a contraluz
al final de la hora nocturna
cuando la oscuridad escampa.

Poema incluido en Travesía sentimental (Cordel D’Prata, 2023)

«Amor, amor», de Gabriela Mistral

Anda libre en el surco, bate el ala en el viento,
late vivo en el sol y se prende al pinar.
No te vale olvidarlo como al mal pensamiento:
¡lo tendrás que escuchar!

Habla lengua de bronce y habla lengua de ave,
ruegos tímidos, imperativos de amar.
No te vale ponerle gesto audaz, ceño grave:
¡lo tendrás que hospedar!

Gasta trazas de dueño; no le ablandan excusas.
Rasga vasos de flor, hiende el hondo glaciar.
No te vale decirle que albergarlo rehúsas:
¡lo tendrás que hospedar!

Tiene argucias sutiles en la réplica fina,
argumentos de sabio, pero en voz de mujer.
Ciencia humana te salva, menos ciencia divina:
¡le tendrás que creer!

Te echa venda de lino; tú la venda toleras;
te ofrece el brazo cálido, no le sabes huir.
Echa a andar, tú le sigues hechizada, aunque vieras
¡que eso para en morir!

Gabriela Mistral, seudónimo de Lucila de María Godoy Alcayaga (Vicuña, Chile, 7-4-1889 – Nueva York, 10-1-1957)

Canción de la muerte

Ilustración de Nika Akin

En prosa…

Muero, mi amor, y muero, por lo que no debería morir. Muero al sentirte cerca y no poderte decir, decirte que muero y muero al encontrarme sin ti. Muero en la noche negra, muero en tus negros ojos. Muero en tu mirada blanca, muero en tu blanco cuerpo. Muero, mi niña, muero de tanto amarte en silencio. La canción de la muerte redobla en los redondos tambores del viento. Muero, que muero y muero, cuando tus labios se callan los dulces besos que yo quiero. Muero en tus sollozos ahogado, muero en la ausencia de tus brazos. Muero, muriendo muero, cuando llamo a las puertas de tu vida y no respondes ni suspiras. Muero, que sé que muero, porque en las heladas noches de invierno ocultas tus ardientes pechos para que mis manos no los encuentren. Muero, despacio muero, que la muerte me espera y su canción ya retumba en los altos valles del cielo.

… y en verso

Muero, mi amor, y muero,
por lo que no debería morir.
Muero al sentirte cerca
y no poderte decir,
decirte que muero y muero
al encontrarme sin ti.

Muero en la noche negra,
muero en tus negros ojos.
Muero en tu mirada blanca,
muero en tu blanco cuerpo.
Muero, mi niña, muero
de tanto amarte en silencio.

La canción de la muerte redobla
en los redondos tambores del viento.
Muero, que muero y muero,
cuando tus labios se callan
los dulces besos que yo quiero.

Muero en tus sollozos ahogado,
muero en la ausencia de tus brazos.
Muero, muriendo muero,
cuando llamo a las puertas de tu vida
y no respondes ni suspiras.

Muero, que sé que muero,
porque en las heladas noches de invierno
ocultas tus ardientes pechos
para que mis manos no los encuentren.

Muero, despacio muero,
que la muerte me espera
y su canción ya retumba
en los altos valles del cielo.

Palabras de ida y vuelta: de un puñado de frases a un ramillete de versos; de un párrafo que viaja solo a un poema salpicado de estrofas.

Texto extraído de mi libro El delirio de la palabra. Prosas y versos de juventud (viveLibro, 2016)

«A un poeta muerto», de Luis Cernuda

Elegía a Federico García Lorca

Así como en la roca nunca vemos
La clara flor abrirse,
Entre un pueblo hosco y duro
No brilla hermosamente
El fresco y alto ornato de la vida.
Por esto te mataron, porque eras
Verdor en nuestra tierra árida
Y azul en nuestro oscuro aire.

Leve es la parte de la vida
Que como dioses rescatan los poetas.
El odio y destrucción perduran siempre
Sordamente en la entraña
Toda hiel sempiterna del español terrible,
Que acecha lo cimero
Con su piedra en la mano.

Triste sino nacer
Con algún don ilustre
Aquí, donde los hombres
En su miseria solo saben
El insulto, la mofa, el recelo profundo
Ante aquel que ilumina las palabras opacas
Por el oculto fuego originario.

La sal de nuestro mundo eras,
Vivo estabas como un rayo de sol,
Y ya es tan solo tu recuerdo
Quien yerra y pasa, acariciando
El muro de los cuerpos
Con el dejo de las adormideras
Que nuestros predecesores ingirieron
A orillas del olvido.

Si tu ángel acude a la memoria,
Sombras son estos hombres
Que aún palpitan tras las malezas de la tierra;
La muerte se diría
Más viva que la vida
Porque tú estás con ella,
Pasado el arco de tu vasto imperio,
Poblándola de pájaros y hojas
Con tu gracia y tu juventud incomparables.

Aquí la primavera luce ahora.
Mira los radiantes mancebos
Que vivo tanto amaste
Efímeros pasar junto al fulgor del mar.
Desnudos cuerpos bellos que se llevan
Tras de sí los deseos
Con su exquisita forma, y solo encierran
Amargo zumo, que no alberga su espíritu
Un destello de amor ni de alto pensamiento.

Igual todo prosigue,
Como entonces, tan mágico,
Que parece imposible
La sombra en que has caído.
Mas un inmenso afán oculto advierte
Que su ignoto aguijón tan solo puede
Aplacarse en nosotros con la muerte,
Como el afán del agua,
A quien no basta esculpirse en las olas,
Sino perderse anónima
En los limbos del mar.

Pero antes no sabías
La realidad más honda de este mundo:
El odio, el triste odio de los hombres,
Que en ti señalar quiso
Por el acero horrible su victoria,
Con tu angustia postrera
Bajo la luz tranquila de Granada,
Distante entre cipreses y laureles,
Y entre tus propias gentes
Y por las mismas manos
Que un día servilmente te halagaran.

Para el poeta la muerte es la victoria;
Un viento demoníaco le impulsa por la vida,
Y si una fuerza ciega
Sin comprensión de amor
Transforma por un crimen
A ti, cantor, en héroe,
Contempla en cambio, hermano,
Cómo entre la tristeza y el desdén
Un poder más magnánimo permite a tus amigos
En un rincón pudrirse libremente.

Tenga tu sombra paz,
Busque otros valles,
Un río donde del viento
Se lleve los sonidos entre juncos
Y lirios y el encanto
Tan viejo de las aguas elocuentes,
En donde el eco como la gloria humana ruede,
Como ella de remoto,
Ajeno como ella y tan estéril.

Halle tu gran afán enajenado
El puro amor de un dios adolescente
Entre el verdor de las rosas eternas;
Porque este ansia divina, perdida aquí en la tierra,
Tras de tanto dolor y dejamiento,
Con su propia grandeza nos advierte
De alguna mente creadora inmensa,
Que concibe al poeta cual lengua de su gloria
Y luego le consuela a través de la muerte.

Luis Cernuda (Sevilla, 21-9-1902 - Ciudad de México, 5-11-1963)