En el límite infranqueable que separa el amor del odio, la aversión del afecto, el sosiego del solivianto, me invade la duda de saber si es odio lo que sientes por mí cuando dices que me amas o es un amor desmedido cuando insinúas que me odias.
A merced de esa amarga duda que no logro descifrar, ahora ya no sé si echas en falta el echarme de menos o si continúas queriendo que siga estando a tu lado para no echarme de menos cada vez que no esté allá donde tú te encuentres.
Cuando mi amor ya no cabía en un «te quiero» ni en un «te amo», cogí el siguiente cruce que me aguardaba. Pues no es lo mismo «te quiero», que se dice esperando una respuesta equivalente a cambio, que un «te amo», una frase solidaria, como quien suelta un pajarillo al viento de entre la cuenca de sus manos. Ya no me importaba si pasabas noches en la barra del bar, con bellas mujeres, almas solitarias o en venta por una copa. Tampoco me importó si no pensabas en mi la gran parte del día, o me traicionabas con frases oscuras a mis espaldas. Solo esperaba el último «restregón» bajo una noche de lluvia intensa, en alguna esquina. Quería que me dieras las llaves de mi libertad, y nunca pudieras olvidar que esas gotas de agua, eran tus lágrimas por mí. Continuará…
Relucen en mi lívida memoria las paredes encaladas de sueños del callejón angosto en el que me asomé a la vida un día lejano de otoño con olor a castañas y acerolas.
En su inmaculada blancura florean manojos de geranios verdes ceñidos en tiestos de tierra erguida, claveles reventones echando raíces en macetas ungidas de barro, azucenas enrejadas en balcones.
Por la mañana de luz mañanera desde lo alto se desploman destellos de suspiros celestes tiñendo de vívida alegría el requiebro de su estrecha cintura que zigzaguea de un lado para otro.
En su suelo de alfombra empedrada se trazan dibujos enredados que van y vienen, que vienen y van mientras a lo lejos se escuchan los ecos ambulantes del traedor de higos chumbos recién cortados.
Por la tarde de siesta y ronquido un sol de justicia divina se desploma en lo alto de la azotea, hasta que un halo de brisa fresca rebrota en las hojas donde sestean moras, moritas, moras.
En las noches preñadas de luna se descuelgan farolillos de estrellas para mirarse a escondidas en un hilo transparente de agua que corre sin miedo callejón abajo buscando un vocerío sin alas.
En el alma del callejón de Aguirre, a la sombra de la calle de Elvira, donde serpentean las Manolas, reverdecen las azucenas y los geranios, revientan a borbotones los claveles, dormitan mis más remotos recuerdos.
Alamedas de mi sangre. ¡Alto dolor de olmos negros! ¿Qué nuevos vientos lleváis? ¿Qué murmuran vuestros ecos? ¿Qué apretáis en mi garganta que siento el tallo del hielo aún más frío que la muerte estrangular mi deseo? ¿Qué agudo clamor de angustia rueda corazón adentro, golpe a golpe retumbando como campana de duelo, ahuecándome las venas, turbando mi pensamiento, prendiendo mis libres ojos, segando mi vista al viento? ¿Qué rumor llevan tus hojas que todo mi cuerpo yerto bajo sus dolientes ramas, ni duerme ni está despierto, ni vivo ni muerto atiende a la voz de ningún dueño, que va como un río sin agua andando en pie por un sueño? Con cinco llamas agudas clavadas sobre su pecho. sin pensamiento y sin sombra, vaga con temblor de espectro por ciudades y jardines, al mar libre y en los puertos, triste pájaro sin alas acribillado a luceros.
Alamedas de mi sangre, decid, ¿qué amargo secreto mordió las sanas raíces que os dan vida y movimiento?
Vine de Málaga roja. De Málaga roja vengo. Vine lleno de banderas y toda la sangre ardiendo. Llegué a Madrid perseguido de enemigos pensamientos, aun con rumores de lucha y con zumbidos de truenos: más de mil brazos traía alrededor de mi cuerpo, saludando mi alegría, desatando mi silencio.
Amigos, vengo de Málaga; aún me huele a sal el sueño, me huele a pescado y gloria, a espuma y a sol de fuego. Mucho que contaros traigo, mucho que contar y bueno. Amigos, os hallé a todos alegres en vuestros puestos. ¿En dónde está Federico? A él sólo de menos echo y a él tengo más que contarle; mucho que contarle tengo. ¿En dónde está Federico? Sólo responde el silencio.
Un temor se va agrandando, temor que encoge los pechos. De noche los olivares alzan los brazos gimiendo; la luna lo anda buscando rodando, lenta, en el cielo; la sangre de los gitanos lo llama abierta en el suelo; más gritos lleva la sombra que estrellas el firmamento; las madrugadas preguntan por él, temblando de miedo. ¡Qué gran tumba esta distancia que calla su hondo misterio!
Vengo de Málaga roja, de Málaga roja vengo; levántate, Federico, álzate en pie sobre el viento, mira que llego del mar, mucho que contarte tengo. Málaga tiene otras playas y grandes peces de acero, con mil ojos vigilantes defienden, firmes, su puerto. ¿En dónde estás, Federico? Yo este rumor no lo creo.
Yo este rumo no lo creo. ¡Cómo me duelen las balas que hoy circundan tu recuerdo. ¡Cómo me duelen las balas que hoy circundan tu recuerdo!
Desde Málaga a Granada rojos pañuelos al cuello, gitanos y pescadores van con anillos de hierro; sortijas que envía la muerte a tus negros carceleros.
Aguárdame, Federico; mucho que contarte espero…
Entre Málaga y Granada una barrera de fuego.
Emilio Prados (Málaga, 4-3-1899 – Ciudad de México, 24-4-1962), poeta de la Generación del 27 y editor.
En las noches de noche oscura hay corazones en vela robando besos transidos que supuren sus heridas, sueños abriéndose paso entre humedales de niebla para huir de la espesura que los laceran por dentro.
En las noches de noche oscura hay estrellas sin luna y luna sin estrellas, almas blandiendo penas que no hallan salida a las pesadillas nocturnas que se cuelan de madrugada en la hondura de sus entrañas.
En las noches de noche oscura hay amores perdidos que conducen a la locura, pasiones encontradas que no encuentran cordura, diablos cojuelos que vagan por tejados huyendo de los infiernos.
En las noches de noche oscura hay sollozos que no cesan, lágrimas que empapan los silencios estériles del aire, rescoldos de pesares ardiendo que el tiempo no apaga y los recuerdos avivan sin medida ni distancia.
En las noches de noche oscura hay pecados que no se perdonan escondidos a buen recaudo bajo el quicio de la almohada, íntimos secretos veniales celosamente guardados como un precioso tesoro bajo siete llaves y un suspiro.
En las noches de noche oscura hay emociones sin desenlace que perduran en el tiempo y relatos sin historia que se fueron sin un adiós escueto y ya no anidan en la memoria de quienes las sufrieron a golpes de martillo.
En las noches de noche oscura hay insomnios en duermevela que se acomodan en su trono pare reinar en su universo bruno hasta el tibio clarear de la mañana, cuando la vida se despereza con bocanadas de luz que desmenuzan versos de amargura sombría.
En las noches de noche oscura hay ojos cegados de espanto que ansían beberse la claridad que emana del crepitar del alba, espíritus indomables que asoman a contraluz al final de la hora nocturna cuando la oscuridad escampa.
Anda libre en el surco, bate el ala en el viento, late vivo en el sol y se prende al pinar. No te vale olvidarlo como al mal pensamiento: ¡lo tendrás que escuchar!
Habla lengua de bronce y habla lengua de ave, ruegos tímidos, imperativos de amar. No te vale ponerle gesto audaz, ceño grave: ¡lo tendrás que hospedar!
Gasta trazas de dueño; no le ablandan excusas. Rasga vasos de flor, hiende el hondo glaciar. No te vale decirle que albergarlo rehúsas: ¡lo tendrás que hospedar!
Tiene argucias sutiles en la réplica fina, argumentos de sabio, pero en voz de mujer. Ciencia humana te salva, menos ciencia divina: ¡le tendrás que creer!
Te echa venda de lino; tú la venda toleras; te ofrece el brazo cálido, no le sabes huir. Echa a andar, tú le sigues hechizada, aunque vieras ¡que eso para en morir!
Gabriela Mistral, seudónimo de Lucila de María Godoy Alcayaga (Vicuña, Chile, 7-4-1889 – Nueva York, 10-1-1957)
Muero, mi amor, y muero, por lo que no debería morir. Muero al sentirte cerca y no poderte decir, decirte que muero y muero al encontrarme sin ti. Muero en la noche negra, muero en tus negros ojos. Muero en tu mirada blanca, muero en tu blanco cuerpo. Muero, mi niña, muero de tanto amarte en silencio. La canción de la muerte redobla en los redondos tambores del viento. Muero, que muero y muero, cuando tus labios se callan los dulces besos que yo quiero. Muero en tus sollozos ahogado, muero en la ausencia de tus brazos. Muero, muriendo muero, cuando llamo a las puertas de tu vida y no respondes ni suspiras. Muero, que sé que muero, porque en las heladas noches de invierno ocultas tus ardientes pechos para que mis manos no los encuentren. Muero, despacio muero, que la muerte me espera y su canción ya retumba en los altos valles del cielo.
… y en verso
Muero, mi amor, y muero, por lo que no debería morir. Muero al sentirte cerca y no poderte decir, decirte que muero y muero al encontrarme sin ti.
Muero en la noche negra, muero en tus negros ojos. Muero en tu mirada blanca, muero en tu blanco cuerpo. Muero, mi niña, muero de tanto amarte en silencio.
La canción de la muerte redobla en los redondos tambores del viento. Muero, que muero y muero, cuando tus labios se callan los dulces besos que yo quiero.
Muero en tus sollozos ahogado, muero en la ausencia de tus brazos. Muero, muriendo muero, cuando llamo a las puertas de tu vida y no respondes ni suspiras.
Muero, que sé que muero, porque en las heladas noches de invierno ocultas tus ardientes pechos para que mis manos no los encuentren.
Muero, despacio muero, que la muerte me espera y su canción ya retumba en los altos valles del cielo.
Palabras de ida y vuelta: de un puñado de frases a un ramillete de versos; de un párrafo que viaja solo a un poema salpicado de estrofas.
Así como en la roca nunca vemos La clara flor abrirse, Entre un pueblo hosco y duro No brilla hermosamente El fresco y alto ornato de la vida. Por esto te mataron, porque eras Verdor en nuestra tierra árida Y azul en nuestro oscuro aire.
Leve es la parte de la vida Que como dioses rescatan los poetas. El odio y destrucción perduran siempre Sordamente en la entraña Toda hiel sempiterna del español terrible, Que acecha lo cimero Con su piedra en la mano.
Triste sino nacer Con algún don ilustre Aquí, donde los hombres En su miseria solo saben El insulto, la mofa, el recelo profundo Ante aquel que ilumina las palabras opacas Por el oculto fuego originario.
La sal de nuestro mundo eras, Vivo estabas como un rayo de sol, Y ya es tan solo tu recuerdo Quien yerra y pasa, acariciando El muro de los cuerpos Con el dejo de las adormideras Que nuestros predecesores ingirieron A orillas del olvido.
Si tu ángel acude a la memoria, Sombras son estos hombres Que aún palpitan tras las malezas de la tierra; La muerte se diría Más viva que la vida Porque tú estás con ella, Pasado el arco de tu vasto imperio, Poblándola de pájaros y hojas Con tu gracia y tu juventud incomparables.
Aquí la primavera luce ahora. Mira los radiantes mancebos Que vivo tanto amaste Efímeros pasar junto al fulgor del mar. Desnudos cuerpos bellos que se llevan Tras de sí los deseos Con su exquisita forma, y solo encierran Amargo zumo, que no alberga su espíritu Un destello de amor ni de alto pensamiento.
Igual todo prosigue, Como entonces, tan mágico, Que parece imposible La sombra en que has caído. Mas un inmenso afán oculto advierte Que su ignoto aguijón tan solo puede Aplacarse en nosotros con la muerte, Como el afán del agua, A quien no basta esculpirse en las olas, Sino perderse anónima En los limbos del mar.
Pero antes no sabías La realidad más honda de este mundo: El odio, el triste odio de los hombres, Que en ti señalar quiso Por el acero horrible su victoria, Con tu angustia postrera Bajo la luz tranquila de Granada, Distante entre cipreses y laureles, Y entre tus propias gentes Y por las mismas manos Que un día servilmente te halagaran.
Para el poeta la muerte es la victoria; Un viento demoníaco le impulsa por la vida, Y si una fuerza ciega Sin comprensión de amor Transforma por un crimen A ti, cantor, en héroe, Contempla en cambio, hermano, Cómo entre la tristeza y el desdén Un poder más magnánimo permite a tus amigos En un rincón pudrirse libremente.
Tenga tu sombra paz, Busque otros valles, Un río donde del viento Se lleve los sonidos entre juncos Y lirios y el encanto Tan viejo de las aguas elocuentes, En donde el eco como la gloria humana ruede, Como ella de remoto, Ajeno como ella y tan estéril.
Halle tu gran afán enajenado El puro amor de un dios adolescente Entre el verdor de las rosas eternas; Porque este ansia divina, perdida aquí en la tierra, Tras de tanto dolor y dejamiento, Con su propia grandeza nos advierte De alguna mente creadora inmensa, Que concibe al poeta cual lengua de su gloria Y luego le consuela a través de la muerte.
Luis Cernuda (Sevilla, 21-9-1902 - Ciudad de México, 5-11-1963)