Con la siembra del odio hendiendo el filo de la navaja en los surcos de la tierra baldía, solo florecieron el dolor, la más honda amargura, una herida abierta y profunda.
Con el filo de la navaja que surcaba la tierra baldía se sembró de muerte, de dolor y de amargura la semilla de amor que hacía florecer la vida.
En los surcos de tierra baldía en los que se hendía la semilla, el filo abierto de la navaja dejó una dolorosa herida en el amor que clamaba florecer como tierra sembrada de vida.
Con la semilla del odio baldío sembrado en el filo de la navaja se apagó una voz que florecía en los surcos de una tierra fértil en la que cobraba vida un amor sin dolor ni heridas.
Un servidor y mi última novela, Diario de un adolescente en prácticas, participamos en el estupendo programa literario Biblioteca Unidos por los Libros, que desde Colombia conduce Milena De Medina.
Al leer la poesía de José Molina, uno se siente en un lugar familiar cultivado de intimidad y nostalgias. Los grandes temas de la poesía: el amor, la pérdida y la muerte, se reinventan en el poeta y entrelazan con la cadencia suave del mar y la memoria. Las metáforas corren libremente por el prado de los poemas de Molina, atravesando el viaje de las emociones en un tránsito hacia el recuerdo, el deseo y la aceptación de lo efímero. Su lenguaje, delicado pero cargado de profundidad, evoca un universo en el que lo cotidiano se vuelve símbolo: el oleaje, la arena, los labios, el cuerpo amado, voces que se apagan como barro y van quedando mudas… Adentrarse en la poesía de nuestro autor andaluz, es poder contemplar el amor y la muerte no como un punto fijo, sino como un paisaje cambiante a lo largo del tiempo y los afectos que construyen su poesía. Una voz contemporánea con tintes clásicos con la que tenemos el placer de contar en este nuevo número de Palabra que dormía.
Preciosa reseña publicada en la revista digital Palabra que dormía, junto a una selección de poemas míos y una semblanza.
Luego llegaste tú cuando nadie te esperaba, me habían dicho que estabas ya muy lejos y que habías visto pocas veces las estrellas. ¡Cómo sonreíste al llegar a mi lado! ¡Y que lejano ese tiempo!
Hoy tu mirada son sólo reflejos del trigo y tu ancha sonrisa se perdió en las nubes. Sin razón alguna no volví a conocerte, cambiabas de rumbo detrás de cada esquina y tu recuerdo quedó dormido, y llovía un agua clara azulada de asombros.
Ya nada era lo mismo pero tú seguías viviendo en la carne enamorada, y en los ensueños tontos. Yo sé que un día volverás y que tendrás alunadas las manos y los pies serán tristes, y que la mirada te la haremos nosotros de nuevo.
También sé que jamás fuiste a la escuela y que no canturreaste ni tablas ni oraciones y que sueñas detrás de las montañas en jugar con otros niños, pero... quizá no volverás ya nunca y tu mirada se habrá perdido para siempre.
Nada puedo explicarte, nada con lo que tú no hayas soñado. Yo te acuné ya entonces tiernamente, luego te hiciste mayor y jugamos juntos en el monte cercano.
Te recuerdo con el pelo revuelto y cantando tan alto que dabas risa, pero estabas guapo y me traías agujas de pino y mucho sol en tus piernas sucias.
Seguramente, más allá habrás tenido amigos, te habrás dado tú mismo en las estrellas al llegar la noche y habrás querido tener tu propia sonrisa y tu propio nombre hecho sonido en los labios de la gente, y habrás querido ser, y tener una semejanza y un color moreno descansando en tu piel.
Viniste extrañamente repetido. Sanamente, pudiste ser hermoso como son los demás, con tu voz crecida desde dentro pidiendo el pan de la mañana.
¡Te amamos tanto! y tus manos suprimiéndolo todo deshojándolo todo y los ríos corriendo con tu nombre a cuestas, alejándolo cada vez más. Y mis ojos no te vieron seguir, solo vieron inclinarse el camino hacía las sombras.
Volverás, volverás otra vez de la mano de tu padre jugando a la pelota y yo saldré entre la hierba fuerte, donde nadie me vea, donde mi voz carezca de importancia, y tú te mecerás en mis rodillas.
También tropezaste y removiste tu tristeza entre las piedras, y pensaste que un día podrías alisar mi falda con tus manos, y ver los rebaños de ovejas acercarse lentamente y los retoños de las plantas crecer entre mis dedos. ¡Qué escasa el agua que hace florecer todas las cosas!
Has tardado, y ya no verás maduros los frutos de aquella temporada y las vides ya están secas, pero tú y yo plantaremos todo de nuevo y justamente daremos vino a los demás y nos calzaremos las cómodas sandalias para partir juntos a través de la tierra y te enseñaré a descansar en las desiertas playas y te enseñaré a llorar sin lágrimas prestadas.
Pero no te entristezcas, son largos los caminos pero tu paso es joven y es fuerte tu mirada, duerme ahora y descansa en la locura de los otros, duérmete en las abejas y en los ríos sin nombre, duerme en tu estatura sin hacer, duerme en el regazo de todas las madres y fórmate de estrellas y de nubes, duerme, descansa hoy para venir mañana. Y no estremezcas la espuma de tu cuerpo. Sí, no olvides que las almendras formarán tu cuna y acuérdate siempre de mis rosas, ya entreviste un día la mañana y había cosas ciertas, para ti siempre habrá una mentira pero será cierta entonces, para ti yo seré... no sé, quizá solamente raíces.
Tú pondrás nombre a las plazas y pondrás nombre al atardecer y llamarás a las cosas y te envolverás en plumas de cisne. Ciertamente se ha elevado la luna demasiado y nadie sabe repartir, pero tú, pequeño ser de espuma tú mismo, te repartirás y nos darás tu ciencia enjuta y limitada.
Primero jugarás, primero cantarás, primero olvidarás que eres la dicha, luego traerás marañas de pasión en tus cabellos y saldrás a perseguir lechuzas por las noches, y yo siempre esperaré tu vuelta y con la unidad de la tierra tan cerca que termina olvidándome de ti.
Incluido en «Invierno de la piel» (Colección Poesía, Gobierno de Canarias, 1990)
Pilar Lojendio Crosa (Santa Cruz de Tenerife, 23-5-1931 – 24-7-1989), poeta canaria
Te quise siempre. Antes de conocerte, antes de saber de ti, antes de perderme en el hermoso bullicio de un amor sin anclajes.
Siempre te amé. Te amé antes y después de amarte, antes de no tenerte ni lejos ni cerca, antes de ser parte de mí.
Siempre fui tuyo. Antes de ser yo y después de pertenecerte, antes de no tener dueño, de ser de nadie que no fueras tú.
Siempre estuviste en mí. Antes de no sentir que estabas y después de sentirte en mí, antes de ignorar tu existencia, de saber que nada era si tú no existías.
Siempre supe que siempre te querría, que nunca dejaría de querer quererte en cualquier lugar y en cualquier instante.
Se me escaparon suspiros
a lomos de bulerías
que ardían por dentro
y palmeaban por fuera
como si les fuera la vida en ello.
Tiempo tardé en volver a sentirlos,
el que tardaron en traerme
un ramillete de alegrías
envuelta en rosas de encaje,
y un puñado de tanguillos
con olor a hierbabuena.
Acurrucados entre tarantas,
cuando la madrugada acechaba
dejaron acunarse por soleá,
al ritmo de farrucas y martinetes
que a la amanecía
se disfrazaban de tarantas.
¿Dónde están esos tangos?,
clamaba la alboreá.
¿Por qué no vienen a verme
para alumbrarme la mañana,
que la granaína se ha quedado a medias
y a la seguiriya le duele algo?
¡Traedme un sorbito de verdiales,
un cucurucho de fandangos
y, entre jaleo y jaleo,
una zambra gitana
con sabor a chufla
que me incendie el alma!
¿Por dónde verdean las malagueñas,
las cartageneras y las colombianas?
¡Que vengan a por las guajiras
que crecen entre cañas,
serpentean por serranas
y acunan la noche estrellada
con un puñado de saetas!
De mi poemario inédito Al otro lado de mí
Mi vida es a veces como una montaña rusa. Toco el cielo cuando me miras, desciendo a los infiernos en tu ausencia. Quiero pasear contigo por valles frondosos, repletos de bellas flores. Quiero nadar a tu lado en ríos silenciosos, que nos envuelvan en su cálida corriente. Tú y yo subiendo montañas, coronando cimas. Con tu sonrisa soy la felicidad inundada de colores; con tus lagrimas me convierto en ungüento para restañar tus heridas. Eres todo lo que quiero, todo lo que necesito. La que me arropa el alma en la fría noche, la que me guía en el desconcierto. Eres la única que puede cuidarme. Contigo puedo vivir en el gélido cielo, sobrevivir en el abrasador infierno. No importa dónde, siempre que sea contigo.
Del poeta en la sombra Peter Punk, que ha vuelto a enviarme otro bonito ramillete de versos.
Al rozar la medianoche,
apareció como caída del cielo
aquella hermosa criaturita
de cuerpo rechoncho
y corazón de oro.
En su carita de ángel
llevaba pintados
los rasgos de la mía,
la naricita achatada
y los labios encarnados.
Cómo se puede querer
tanto a alguien recién llegado
a quien nunca había visto,
sin balbucear palabras
que me dijeran algo.
Dudé de si era mío
o venía prestado,
pero se esfumaron las dudas
cuando me miró de frente
pidiendo un soplo de cariño.
Difícil era no darle mi alma
a aquel retoño de ojitos azules,
de piel transparente y rosada
que llegaba a mi vida
como una llamarada.
Imposible no prometerle
amor para siempre,
sintiendo sus manitas de seda
aferrarse suavemente a las mías
para nunca separarse de ellas.
A mi hijo Alejandro, que el 6 de mayo celebra su cumpleaños