Canción a Isabel

Para escuchar…

Para leer…

Aún me siento palidecer cuando me miras, como un huracán envuelto en luces blancas. Sé que la noche es tuya y, sin embargo, trato fugazmente de apresarla subido a las ráfagas cálidas de tu cuerpo. Me dejo llevar en el fondo de tu espuma brava, cuando a borbotones se desata desde la entraña de ese pozo misterioso y negro que en ti se agita y duerme. Todavía amanezco en tu luz y muero en tu ausencia; te digo que eres el alma de las cosas y la esperanza que asciende por mis venas como un arroyo verde anhelando escuchar el rumor de los mares. Sin ti no existe ni la espera ni el deseo; ni las voces del alba ni los sueños que en mí se enredan bajo el palio oscuro de la madrugada eterna. Por ti lucho en el infierno, en el fuego ardiente y crepuscular, en el vértigo imparable de las horas, en el laberinto de la razón y la duda. Junto a ti descubro los enigmas del aire, las fuerzas que me alientan en el camino hacia la felicidad, el silencio que calla en el paraíso de tus labios. Pero, por encima de todo, mi corazón inmenso, todavía te amo porque sé que, si no te amara, mi vida, enloquecida y muda, sucumbiría presa del miedo a no tenerte.

A Isabel, con quien descubrí que era posible amar hasta la locura.

Texto incluido en el libro El delirio de la palabra. Prosas y versos de juventud (viveLibro, 2016).

El laberinto de la memoria

Para escuchar…

Para leer…

Estoy enredado en el laberinto de mis recuerdos. No sé de lugares ni de tiempos. No sé de espacios ni de horas, de minutos y segundos. No distingo el todo de la nada; tu nombre del mío, tu mirada de la mía, el perfil de tu rostro ni la silueta de tu cuerpo. No recuerdo el roce de tus labios ni la dulzura de tus manos agarradas a la mías, apretándolas fuertemente hasta nunca decir basta. No sé si estuviste o no, si fuiste realidad o solo una imagen trazada en el aire.

No sé por qué estoy ni por qué dejo de estar, cuál es mi mundo o cuál fue. Todo es confuso y borroso, como si se hubiera desvanecido el sentido de la claridad, la efímera frontera que separa las luces de las sombras. He perdido el tacto para saber que estás cerca, el olfato para inhalar el perfume que emana de tu pelo, el oído para escuchar la dulzura de tus palabras cuando me susurraban «te quiero». Ahora ya no sé si mi boca engulle el amargo sabor de la vida o el dulce resplandor de la derrota. A veces hasta dudo de las dudas que me hacen dudar y que jamás consigo aclarar.

En este laberinto de mi memoria no encuentro llegadas ni salidas, un rincón por el que escabullirme hacia cualquier parte, por el que escapar en busca de cualquier vida, de la que tuve o de la que ya no tengo. No puedo seguir viviendo sin vivir en este maldito enredo en el que se confunden rostros, nombres, fechas, lugares y sentimientos, en el que, si tú ya no estás, ya nada tiene sentido, pero si en lo más hondo de mi memoria sé que nunca te fuiste, quizá en cualquier instante vuelva a recobrarte en alguno de mis apacibles sueños

A los enfermos de Alzheimer, aquellos que, poco a poco, van sintiendo cómo su memoria va lentamente desvaneciéndose, y con ello todos esos recuerdos que dibujan la historia de su vida…