En breve saldrá publicada mi nueva novela, Diario de un adolescente en prácticas (Esstudio Ediciones; Col. Rúbrica, 2024), una miniserie de ficción, o no tan ficción, basada en hechos reales, o quizá no tan reales…
Subes centelleante de labios y de ojeras! Por tus venas subo, como un can herido que busca el refugio de blandas aceras.
Amor, en el mundo tú eres un pecado! Mi beso en la punta chispeante del cuerno del diablo; mi beso que es credo sagrado!
Espíritu en el horópter que pasa ¡puro en su blasfemia! ¡el corazón que engendra al cerebro! que pasa hacia el tuyo, por mi barro triste. ¡Platónico estambre que existe en el cáliz donde tu alma existe!
¿Algún penitente silencio siniestro? ¿Tú acaso lo escuchas? Inocente flor! … Y saber que donde no hay un Padrenuestro, el Amor es un Cristo pecador!
Dicen las lenguas enrejadas que la luz que brilla en la grieta del horizonte es una muchacha desnuda pariendo una alborada celeste. Senos se cristal, cabellos de plata, en sus ojos se estremecen dos guirnaldas verdes. La miro despacio, me muero por verla y, cuando desaparece, le digo que vuelva en las alas de un sueño.
Tiembla la aurora de frío y de miedo; en el corazón del invierno palpitan pasiones de hielo. La luz gravita, oscila y se pierde. Al rato regresa galopando sobre un caballo tejido de mimbres, desplegando en el aire sus largos brazos de nieve. Se encalan de blanco las infinitas paredes, y en la techumbre del viento parecen engendrarse copos de claveles.
Mi canción la sigue adonde quiera que vaya, aunque su alma se adentre en los oscuros abismos de la madrugada. La espero sentado al filo de los deseos, para sentirla pasar, veloz como gacela soliviantada. Aún no sé, ni mi canción conoce, si es la luz la que resplandece o es esa muchacha que en los balcones del alba asoma su reluciente hermosura.
… y en verso
Dicen las lenguas enrejadas
que la luz que brilla
en la grieta del horizonte
es una muchacha desnuda
pariendo una alborada celeste.
Senos se cristal, cabellos de plata,
en sus ojos se estremecen
dos guirnaldas verdes.
La miro despacio,
me muero por verla
y, cuando desaparece,
le digo que vuelva
en las alas de un sueño.
Tiembla la aurora de frío y de miedo;
en el corazón del invierno
palpitan pasiones de hielo.
La luz gravita, oscila y se pierde.
Al rato regresa
galopando sobre un caballo
tejido de mimbres,
desplegando en el aire
sus largos brazos de nieve.
Se encalan de blanco
las infinitas paredes,
y en la techumbre del viento
parecen engendrarse
copos de claveles.
Mi canción la sigue
adonde quiera que vaya,
aunque su alma se adentre
en los oscuros abismos de la madrugada.
La espero sentado
al filo de los deseos,
para sentirla pasar,
veloz como una gacela soliviantada.
Aún no sé, ni mi canción conoce,
si es la luz la que resplandece
o es esa muchacha
que en los balcones del alba
asoma su reluciente hermosura.
Palabras de ida y vuelta: de un puñado de frases a un ramillete de versos; de un párrafo que viaja solo a un poema salpicado de estrofas.
Me gusta andar de noche las ciudades desiertas, cuando los propios pasos se oyen en el silencio. Sentirse andar, a solas, por entre lo dormido, es sentir que se pasa por entre un mundo inmenso.
Todo cobra relieve: una ventana abierta, una luz, una pausa, un suspiro, una sombra… Las calles son más largas, el tiempo también crece.
¡Yo alcancé a vivir siglos andando algunas horas!
Inma Cuesta recitando el poema
Cocha Méndez (Madrid, 27-7-1898 – Ciudad de México, 7-12-1986), escritora, poeta, dramaturga y pionera en la defensa de los derechos de la mujer.
No le reprocho a la primavera que llegue de nuevo. No me quejo de que cumpla como todos los años con sus obligaciones.
Comprendo que mi tristeza no frenará la hierba. Si los tallos vacilan, será solo por el viento.
No me causa dolor que los sotos de alisos recuperen su murmullo.
Me doy por enterada de que, como si vivieras, la orilla de cierto lago es tan bella como era.
No le guardo rencor a la vista por la vista de una bahía deslumbrante.
Puedo incluso imaginarme que otros, no nosotros, estén sentados ahora mismo sobre el abedul derribado.
Respeto su derecho a reír, a susurrar y a quedarse felices en silencio.
Supongo incluso que los une el amor y que él la abraza con brazos llenos de vida.
Algo nuevo, como un trino, comienza a gorgotear entre los juncos. Sinceramente les deseo que lo escuchen.
No exijo ningún cambio de las olas a la orilla, ligeras o perezosas, pero nunca obedientes. Nada le pido a las aguas junto al bosque, a veces esmeralda, a veces zafiro, a veces negras.
Una cosa no acepto: volver a ese lugar. Renuncio al privilegio de la presencia.
Te he sobrevivido lo suficiente como para recordar desde lejos.
Wisława Szymborska, poeta, ensayista y traductora polaca, Premio Nobel de Literatura 1996 (Prowent [actual Kórnik], Polonia, 2-7-1923 – Cracovia, Polonia, 1-2-2012)
Tejiendo versos. Lectura del poema «La primera vez»
Este poema está incluido en mi libro Paisaje interior (Loto Azul, 2024), un ramillete de poemas con los que intento sacar a la luz ese intrincado paisaje emocional por el que siento que discurre buena parte de mi vida.
Trece rosas marchitas, aún con sombras de barrotes marcadas a fuego en sus mejillas, sienten apagarse la luz de sus ojos, ahogarse en sus lágrimas desaladas.
Trece primorosas rosas yacen a los pies de un cementerio que en su alma luce un crespón negro y una bandera a media asta ondeando a los cuatro vientos.
Trece rosas segadas con balas hasta dejarlas yermas, sin pétalos ni espinas, desangrándose en un paredón en la flor estival de sus vidas.
¡Ay Carmen, Martina, Blanca, Pilar y Julia, ¿quién os condenó a quebrar vuestras raíces para que no dieran más frutos?!
¡Ay Adelina, Elena, Ana, Virtudes y Dionisia, ¿quién sentenció que no merecíais seguir en edad de florecer, de perfumar el aire con olor a rosas?!
¡Ay Joaquina, Victoria y Luisa, ¿quiénes azuzaron su odio, hasta heriros de muerte, sin terneza ni compasión, como si la vida no valiese nada?!
Malditos sean por los siglos de los siglos aquellos que empuñaron sus fusiles para saciar su sed de sangre; para descerrajar sin miramiento ese aire de libertad y rebeldía que voceabais hasta quedaros mudas; para teñir de un intenso negro esas trece hermosas rosas que alumbraban el cielo de luces rojas, amarillas y moradas.
En memoria de Las 13 Rosas, fusiladas, el 5 de agosto de 1939, en la tapia del cementerio madrileño de La Almudena.
Siento cómo se detiene mi cuerpo, dejándome a merced de mis recuerdos, encadenado a una fugaz memoria que antes resurgía de mis cenizas y ahora se desvanece en la niebla.
Palpo mi gélida e indolente alma, vaciándome de aquellos hermosos sueños que me inundaban de esperanzas y ahora solo son tenebrosas pesadillas que agitan mis noches de soledad infinita.
Noto mi corazón desarmado y herido, dejando lentamente de palpitar por todo aquello que amaba hasta el delirio y ahora desama sin cordura, templando pasiones sin llama ni vértigo.
Percibo la fría oquedad de esos mis ojos que transitan a tientas sin mirar hacía atrás, dejando a ciegas los hermosos recuerdos que alentaban mi vida sin pedir nada a cambio y ahora se esconden entre tinieblas sombrías.
Intento escuchar mi voz susurrándome al oído, pero son gritos sordos que amordazan mis palabras, diciendo nada de lo que antes decían, dejando huecos y vacíos los sonidos que resuenan en mis adentros.