Diálogo entre el clavel y la mariposa

¿De dónde vienes 
cargada de amargura?

De buscarte desesperado
por el laberinto de mi locura.

Te esperé hasta el alba
bajo un sueño despierto.

Me perdí en la noche
por los espacios siniestros.

¡Te siento palidecer!

Aún me sofoca el miedo.

Apoya tus alas sobre mi pecho.

Así lo he de hacer,
que el destino consiente
que nos volvamos a ver

¡Habrás volado lejos,
habrás volado alto!

Más lejano vuelo
en el sosiego de tu regazo.

Mi alma se había dormido
al no sentir tus brazos.

Ahora que cerca de ti estoy,
mi clavel apasionado,
beberé la sangre que brota
de tu cuerpo encarnado.

¡Arráncame la entraña,
mariposa de fuego,
que me renace la vida
cuando me abrasan tus besos!

En tu sereno vientre
se acallarán los sudores
que recorren mi frente.

Mis pétalos de terciopelo
velarán por la noche
los temores de tus sueños.

¡Arrópame en tu seno!

¡Cobijaré tus suspiros!

Me adentraré dulcemente
en tu rojo encendido.

Como un halo de viento
abriré mi cintura…

Para acunar mis lamentos…

Para amar tu hermosura…

Poema incluido en el libro El delirio de la palabra. Prosas y versos de juventud (viveLibro, 2016)

«Amor prohibido», de César Vallejo

Subes centelleante de labios y de ojeras!
Por tus venas subo, como un can herido
que busca el refugio de blandas aceras.

Amor, en el mundo tú eres un pecado!
Mi beso en la punta chispeante del cuerno
del diablo; mi beso que es credo sagrado!

Espíritu en el horópter que pasa
¡puro en su blasfemia!
¡el corazón que engendra al cerebro!
que pasa hacia el tuyo, por mi barro triste.
¡Platónico estambre
que existe en el cáliz donde tu alma existe!

¿Algún penitente silencio siniestro?
¿Tú acaso lo escuchas? Inocente flor!
… Y saber que donde no hay un Padrenuestro,
el Amor es un Cristo pecador!

César Abraham Vallejo Mendoza (Santiago de Chuco, Perú, 16-3-1892 – París, 15-4-1938)

Canción de la estrella

En prosa…

Dicen las lenguas enrejadas que la luz que brilla en la grieta del horizonte es una muchacha desnuda pariendo una alborada celeste. Senos se cristal, cabellos de plata, en sus ojos se estremecen dos guirnaldas verdes. La miro despacio, me muero por verla y, cuando desaparece, le digo que vuelva en las alas de un sueño.

Tiembla la aurora de frío y de miedo; en el corazón del invierno palpitan pasiones de hielo. La luz gravita, oscila y se pierde. Al rato regresa galopando sobre un caballo tejido de mimbres, desplegando en el aire sus largos brazos de nieve. Se encalan de blanco las infinitas paredes, y en la techumbre del viento parecen engendrarse copos de claveles.

Mi canción la sigue adonde quiera que vaya, aunque su alma se adentre en los oscuros abismos de la madrugada. La espero sentado al filo de los deseos, para sentirla pasar, veloz como gacela soliviantada. Aún no sé, ni mi canción conoce, si es la luz la que resplandece o es esa muchacha que en los balcones del alba asoma su reluciente hermosura.

… y en verso

Dicen las lenguas enrejadas 
que la luz que brilla 
en la grieta del horizonte 
es una muchacha desnuda 
pariendo una alborada celeste. 

Senos se cristal, cabellos de plata, 
en sus ojos se estremecen
dos guirnaldas verdes. 

La miro despacio, 
me muero por verla 
y, cuando desaparece, 
le digo que vuelva 
en las alas de un sueño.

Tiembla la aurora de frío y de miedo; 
en el corazón del invierno 
palpitan pasiones de hielo. 

La luz gravita, oscila y se pierde.
Al rato regresa 
galopando sobre un caballo 
tejido de mimbres, 
desplegando en el aire 
sus largos brazos de nieve. 

Se encalan de blanco
las infinitas paredes, 
y en la techumbre del viento 
parecen engendrarse 
copos de claveles.

Mi canción la sigue 
adonde quiera que vaya, 
aunque su alma se adentre 
en los oscuros abismos de la madrugada. 

La espero sentado 
al filo de los deseos, 
para sentirla pasar, 
veloz como una gacela soliviantada. 

Aún no sé, ni mi canción conoce, 
si es la luz la que resplandece 
o es esa muchacha 
que en los balcones del alba 
asoma su reluciente hermosura.

Palabras de ida y vuelta: de un puñado de frases a un ramillete de versos; de un párrafo que viaja solo a un poema salpicado de estrofas.

Texto extraído de mi libro El delirio de la palabra. Prosas y versos de juventud (viveLibro, 2016)

«Me gusta andar de noche», de Concha Méndez

Me gusta andar de noche las ciudades desiertas,
cuando los propios pasos se oyen en el silencio.
Sentirse andar, a solas, por entre lo dormido,
es sentir que se pasa por entre un mundo inmenso.

Todo cobra relieve: una ventana abierta,
una luz, una pausa, un suspiro, una sombra…
Las calles son más largas, el tiempo también crece.

¡Yo alcancé a vivir siglos andando algunas horas!
Inma Cuesta recitando el poema

Cocha Méndez (Madrid, 27-7-1898 – Ciudad de México, 7-12-1986), escritora, poeta, dramaturga y pionera en la defensa de los derechos de la mujer.

«Despedida de un paisaje», de Wisława Szymborska

No le reprocho a la primavera
que llegue de nuevo.
No me quejo de que cumpla
como todos los años
con sus obligaciones.

Comprendo que mi tristeza
no frenará la hierba.
Si los tallos vacilan,
será solo por el viento.

No me causa dolor
que los sotos de alisos
recuperen su murmullo.

Me doy por enterada
de que, como si vivieras,
la orilla de cierto lago
es tan bella como era.

No le guardo rencor
a la vista por la vista
de una bahía deslumbrante.

Puedo incluso imaginarme
que otros, no nosotros,
estén sentados ahora mismo
sobre el abedul derribado.

Respeto su derecho
a reír, a susurrar
y a quedarse felices en silencio.

Supongo incluso
que los une el amor
y que él la abraza
con brazos llenos de vida.

Algo nuevo, como un trino,
comienza a gorgotear entre los juncos.
Sinceramente les deseo
que lo escuchen.

No exijo ningún cambio
de las olas a la orilla,
ligeras o perezosas,
pero nunca obedientes.
Nada le pido
a las aguas junto al bosque,
a veces esmeralda,
a veces zafiro,
a veces negras.

Una cosa no acepto:
volver a ese lugar.
Renuncio al privilegio
de la presencia.

Te he sobrevivido lo suficiente
como para recordar desde lejos.

Wisława Szymborska, poeta, ensayista y traductora polaca, Premio Nobel de Literatura 1996 (Prowent [actual Kórnik], Polonia, 2-7-1923 – Cracovia, Polonia, 1-2-2012)

Diálogo entre tus ojos y mis ojos

¿Qué miras?

Tus ojos.

¿Mis ojos?

Los luceros que tiemblan
en la oscuridad de tu rostro.

¿De qué color son
que no puedo verlos?

Del color de los silencios.

¿Acaso tiene color el silencio?

El color de tus ojos,
callados e inmensos.

¿Y son hermosos?

Más que un crepúsculo
bordado en oro.

¿Tus palabras serán mentira?

Si no me crees,
contempla mi mirada herida.

¿Son grandes mis ojos?

Tan grandiosos como el amor
que por mis versos asomo.

¿Te burlas o me halagas?

Te digo lo que siento,
y cuanto mi pasión ama.

¿Tanto te dicen mis ojos?

Tanto, que cuando me hablan
olvido lamentos y enojos.

¿No te habrás cegado
mirando el sol de la tarde?

Tan solo observo
cómo arden tus ojos.

¿Cómo han de arder,
si los siento helados?

Habrá sofocado su fuego
mi desesperado llanto.

¿Quizá es que hoy
cansados están mis ojos?

No preguntes, afirma,
cansados han de estar
de ser tan hermosos.

Y ahora dime, ¿y si mañana
no desearan volverte a ver?

No digas eso, insufribles ojos,
que aún la noche es larga
y en ella puedo perecer.

Poema incluido en mi libro El delirio de la palabra. Prosas y versos de juventud (viveLibro, 2016)

Las 13 Rosas

Ilustración: p.nitas
Trece rosas marchitas,
aún con sombras de barrotes
marcadas a fuego en sus mejillas,
sienten apagarse la luz de sus ojos,
ahogarse en sus lágrimas desaladas.

Trece primorosas rosas yacen
a los pies de un cementerio
que en su alma luce un crespón negro
y una bandera a media asta
ondeando a los cuatro vientos.

Trece rosas segadas con balas
hasta dejarlas yermas,
sin pétalos ni espinas,
desangrándose en un paredón
en la flor estival de sus vidas.

¡Ay Carmen, Martina,
Blanca, Pilar y Julia,
¿quién os condenó
a quebrar vuestras raíces
para que no dieran más frutos?!

¡Ay Adelina, Elena, Ana,
Virtudes y Dionisia,
¿quién sentenció que no merecíais
seguir en edad de florecer,
de perfumar el aire con olor a rosas?!

¡Ay Joaquina, Victoria y Luisa,
¿quiénes azuzaron su odio,
hasta heriros de muerte,
sin terneza ni compasión,
como si la vida no valiese nada?!

Malditos sean por los siglos de los siglos
aquellos que empuñaron sus fusiles
para saciar su sed de sangre;
para descerrajar sin miramiento
ese aire de libertad y rebeldía
que voceabais hasta quedaros mudas;
para teñir de un intenso negro
esas trece hermosas rosas
que alumbraban el cielo
de luces rojas, amarillas y moradas.

En memoria de Las 13 Rosas, fusiladas, el 5 de agosto de 1939, en la tapia del cementerio madrileño de La Almudena.

Sin sentidos

Siento cómo se detiene mi cuerpo,
dejándome a merced de mis recuerdos,
encadenado a una fugaz memoria
que antes resurgía de mis cenizas
y ahora se desvanece en la niebla.

Palpo mi gélida e indolente alma,
vaciándome de aquellos hermosos sueños
que me inundaban de esperanzas
y ahora solo son tenebrosas pesadillas
que agitan mis noches de soledad infinita.

Noto mi corazón desarmado y herido,
dejando lentamente de palpitar
por todo aquello que amaba hasta el delirio
y ahora desama sin cordura,
templando pasiones sin llama ni vértigo.

Percibo la fría oquedad de esos mis ojos
que transitan a tientas sin mirar hacía atrás,
dejando a ciegas los hermosos recuerdos
que alentaban mi vida sin pedir nada a cambio
y ahora se esconden entre tinieblas sombrías.

Intento escuchar mi voz susurrándome al oído,
pero son gritos sordos que amordazan mis palabras,
diciendo nada de lo que antes decían,
dejando huecos y vacíos los sonidos
que resuenan en mis adentros.

Poema incluido en Reverso y anverso. Poemas de largo recorrido (Libros Indie, 2022)