Necesito llorar, desahogar mis penas. Mi corazón quebrado lo clama a gritos, pero mis ojos se han secado. Son un cielo yermo que no vierte lágrimas blancas o negras, dulces o amargas, cristalinas o veladas; un páramo desabrido por el que nada fluye.
El cauce de mis pupilas es un arroyo invisible en el que no afloran llantos, los gemidos que me crujen por fuera y por dentro, que se ahogan en su propio fango. Por la cuenca de mis ojos asoman surcos de sangre estéril, heridas infringidas con palabras afiladas. que horadan mi alma.
No sé… Estoy confuso. ¿Es de día o es noche cerrada? Hordas de soldados de la muerte, capitaneadas por la princesa de la guerra, van decapitando almas, van sembrando terror. Seres humanos cual conejillos asustados se cobijan en sus madrigueras, aterrados por el estruendo de las bombas que alumbran la noche tétrica, la noche gélida. Nos están robando nuestras vidas, nos están torturando en un purgatorio permanente y atroz. Mesías enloquecidos por el odio anuncian el fin de los días, ofrecen cobijo a los pobres ignorantes —«¡con mi dios vivirás en un mundo mejor!»—. Cobran por ello con sangre y dignidad. Lo humano ya no es humano, la tierra nos grita su agonía, pero el mundo la ignora, la aniquila lentamente. Pero todos los días sale el sol y un rayo de esperanza se cobija en nuestros corazones, aunque de manera efímera, débil, fugaz… No existe consuelo para este corazón herido, este corazón que sangra con cada injusticia vertiendo en su camino ríos teñidos de sangre. Me pregunto con insistencia: ¿por qué somos tan viles, tan ambiciosos sin medida, tan crueles? Solo el amor puede salvarnos, una suave caricia, un tierno beso, un abrazo tembloroso... Debemos refugiarnos en lo esencial, en nuestros seres queridos, en la balada de una radiante mañana, en la orgia de la tempestad, en el apacible silencio. Tenemos que seguir sintiendo, seguir amando, seguir viviendo…
Del poeta en la sombra Peter Punk, que ha tenido a bien volver enviar otro ramillete de versos.
Para ir abriendo boca, bien está esta primera presentación de mi poemario Paisaje interior. Poemas de última hora (Loto Azul). Y además, en un lugar tan acogedor como El Rincón de Antonia, donde serás recibido con los abrazos abiertos y, si se tercia, con un dulce y un té deliciosos.
Si tengo que morir, tú debes vivir para contar mi historia, vender mis cosas, comprar un pedazo de tela y unas cuerdas (que sea blanca con una cola larga) para que un niño, en algún lugar de Gaza, mientras mira fijamente al cielo esperando su padre, que se fue en un resplandor, —y no se despidió de nadie, ni siquiera de su carne, ni de sí mismo—, mire la cometa, mi cometa que tú hiciste, volando alto y crea por un instante que un ángel está allí trayendo de regreso al amor. Si tengo que morir, que traiga esperanza, que sea un cuento.
Último poema del poeta y activista palestino, Refaat Alareer (Shuja’iyya [Palestina], 23-9-1979 – Gaza [Palestina], 6-12-2023). Refaat fue asesinado en el bombardeo de la casa de su hermana en Gaza, en la que se había refugiado después ser avisado por la inteligencia israelí de que iba a ser matado
Extracto de mi poema Manuel, dedicado a mi abuelo materno, incluido en mi nuevo poemario Paisaje interior. Poemas de última hora (Loto Azul, 2024), un ramillete de versos concebidos con pasión, sosiego y amoroso silencio.
Un retrato poético esbozado con sutiles pinceladas de color y gruesos trazos de pasión con el que su autor saca a la luz el intrincado paisaje emocional por el que siente que discurrió buena parte de su vida. Como si fueran lienzos blancos y traslúcidos, en sus páginas dibuja con pinceles disfrazados de versos poemas de última hora que hablan de la infancia en tardes de ensueño; de tiempos y lugares sin retorno; de sueños al borde del precipicio; de jinetes del alba cabalgando a lomos del viento; de naufragios en un mar de dudas; de vaivenes al cálido abrigo de la noche; del amor ausente que partió con billete de ida pero no de vuelta; de la pasión que disipó la niebla que no dejaba otear el horizonte…
Lágrimas, lágrimas,
lágrimas de un pueblo herido
por caravanas de tanques y cañones
que sembraron un bosque de bombas y muertes.
Gritos de senderos ensangrentados,
mujeres aterradas y sin ayer,
mezquitas derrumbas por peregrinos sin piedad.
Lágrimas de un pueblo herido
por pajares de fuego y balas de veneno.
Palomas mensajeras de paz que vuelan
sobre el desierto deprimidas y sin silbido
en duelo al mártir caído.
Llantos de niños huérfanos
y madres viudas que perdieron al ser querido.
Lágrimas de un pueblo herido
derramadas en tierras extrañas.
Almas inocentes sufridas por el destierro y la guerra del olvido.
Héroes, héroes invictos que sólo su voluntad
y esperanza han sobrevivido.
Lágrimas, lágrimas,
lágrimas de un pueblo herido.
Fatma Galia M. Salem, periodista, escritora y poetisa saharaui. Una luchadora por la dignidad de las mujeres. Su lema: «Si un pueblo quiere existir no puede prescindir de las mujeres. ¡Juntas podemos!».