«Te quiero», de Mario Benedetti

Tus manos son mi caricia
mis acordes cotidianos
te quiero porque tus manos
trabajan por la justicia
si te quiero es porque sos
mi amor mi cómplice y todo
y en la calle codo a codo
somos mucho más que dos
tus ojos son mi conjuro
contra la mala jornada
te quiero por tu mirada
que mira y siembra futuro
tu boca que es tuya y mía
tu boca no se equivoca
te quiero porque tu boca
sabe gritar rebeldía
si te quiero es porque sos
mi amor mi cómplice y todo
y en la calle codo a codo
somos mucho más que dos
y por tu rostro sincero
y tu paso vagabundo
y tu llanto por el mundo
porque sos pueblo te quiero
y porque amor no es aureola
ni cándida moraleja
y porque somos pareja
que sabe que no está sola
te quiero en mi paraíso
es decir que en mi país
la gente viva feliz
aunque no tenga permiso
si te quiero es porque sos
mi amor mi cómplice y todo
y en la calle codo a codo
somos mucho más que dos.
Mario Benedetti (Paso de los Toros, Tacuarembó, Uruguay, 14-9-1920 – Montevideo, 17-5-2000)
«Besos», de Gabriela Mistral

Hay besos que pronuncian por sí solos
la sentencia de amor condenatoria,
hay besos que se dan con la mirada
hay besos que se dan con la memoria.
Hay besos silenciosos, besos nobles
hay besos enigmáticos, sinceros
hay besos que se dan sólo las almas
hay besos por prohibidos, verdaderos.
Hay besos que calcinan y que hieren,
hay besos que arrebatan los sentidos,
hay besos misteriosos que han dejado
mil sueños errantes y perdidos.
Hay besos problemáticos que encierran
una clave que nadie ha descifrado,
hay besos que engendran la tragedia
cuantas rosas en broche han deshojado.
Hay besos perfumados, besos tibios
que palpitan en íntimos anhelos,
hay besos que en los labios dejan huellas
como un campo de sol entre dos hielos.
Hay besos que parecen azucenas
por sublimes, ingenuos y por puros,
hay besos traicioneros y cobardes,
hay besos maldecidos y perjuros.
Judas besa a Jesús y deja impresa
en su rostro de Dios, la felonía,
mientras la Magdalena con sus besos
fortifica piadosa su agonía.
Desde entonces en los besos palpita
el amor, la traición y los dolores,
en las bodas humanas se parecen
a la brisa que juega con las flores.
Hay besos que producen desvaríos
de amorosa pasión ardiente y loca,
tú los conoces bien son besos míos
inventados por mí, para tu boca.
Besos de llama que en rastro impreso
llevan los surcos de un amor vedado,
besos de tempestad, salvajes besos
que solo nuestros labios han probado.
¿Te acuerdas del primero…? Indefinible;
cubrió tu faz de cárdenos sonrojos
y en los espasmos de emoción terrible,
llenáronse de lágrimas tus ojos.
¿Te acuerdas que una tarde en loco exceso
te vi celoso imaginando agravios,
te suspendí en mis brazos… vibró un beso,
y qué viste después…? Sangre en mis labios.
Yo te enseñé a besar: los besos fríos
son de impasible corazón de roca,
yo te enseñé a besar con besos míos
inventados por mí, para tu boca.
Gabriela Mistral, seudónimo de Lucila de María Godoy Alcayaga (Vicuña, Chile, 7-4-1889 – Nueva York, 10-1-1957)
«La poesía es un arma cargada de futuro», de Gabriel Celaya

Cuando ya nada se espera personalmente exaltante,
mas se palpita y se sigue más acá de la conciencia,
fieramente existiendo, ciegamente afirmado,
como un pulso que golpea las tinieblas,
cuando se miran de frente
los vertiginosos ojos claros de la muerte,
se dicen las verdades:
las bárbaras, terribles, amorosas crueldades.
Se dicen los poemas
que ensanchan los pulmones de cuantos, asfixiados,
piden ser, piden ritmo,
piden ley para aquello que sienten excesivo.
Con la velocidad del instinto,
con el rayo del prodigio,
como mágica evidencia, lo real se nos convierte
en lo idéntico a sí mismo.
Poesía para el pobre, poesía necesaria
como el pan de cada día,
como el aire que exigimos trece veces por minuto,
para ser y en tanto somos dar un sí que glorifica.
Porque vivimos a golpes, porque apenas si nos dejan
decir que somos quien somos,
nuestros cantares no pueden ser sin pecado un adorno.
Estamos tocando el fondo.
Maldigo la poesía concebida como un lujo
cultural por los neutrales
que, lavándose las manos, se desentienden y evaden.
Maldigo la poesía de quien no toma partido hasta mancharse.
Hago mías las faltas. Siento en mí a cuantos sufren
y canto respirando.
Canto, y canto, y cantando más allá de mis penas
personales, me ensancho.
Quisiera daros vida, provocar nuevos actos,
y calculo por eso con técnica qué puedo.
Me siento un ingeniero del verso y un obrero
que trabaja con otros a España en sus aceros.
Tal es mi poesía: poesía-herramienta
a la vez que latido de lo unánime y ciego.
Tal es, arma cargada de futuro expansivo
con que te apunto al pecho.
No es una poesía gota a gota pensada.
No es un bello producto. No es un fruto perfecto.
Es algo como el aire que todos respiramos
y es el canto que espacia cuanto dentro llevamos.
Son palabras que todos repetimos sintiendo
como nuestras, y vuelan. Son más que lo mentado.
Son lo más necesario: lo que no tiene nombre.
Son gritos en el cielo, y en la tierra son actos.
Gabriel Celaya (Hernani, Guipúzcoa, 18-3-1911 – Madrid, 18-4-1991)
Canción del regreso

Cuando vuelvas, haré que la noche se beba tu vientre encendido. Te aguardaré en las esquinas sin luz, inerte mi corazón, temblando como un hilo de sombras. Esperaré tu regreso asomado al quebranto de la tarde solitaria, mientras se hace eterno el tiempo que gélido crece como espigas de nieve.
Aquí me hallarás, en un tenue amanecer sin palabras, anhelando el fuego de tu calor ausente, deshaciéndome en el vacío de la nada, como si tu presencia distante fuera el triste paraíso de los desesperados. Estaré aquí, mi dulce mariposa, con el ansia desvanecida en la espera tardía. En el mismo lugar en que me dejaste estaré, encadenado al espacio infinito de tu recuerdo.
Pero cuando vuelvas creeré que se ha borrado mi pesadilla, y en la flor de tu boca deshojaré los besos que no te he dado. Me tenderé a las orillas de tu pecho, y me adentraré por los caminos ocultos de tu cuerpo hasta fundirme en los abismos de tus entrañas.
Nada impedirá que desvele por tu llegada, ni que en el laberinto de las tinieblas me deje alumbrar por el clamor de sus ojos. No dejaré que la oscuridad te envuelva y, cuando sienta tus pasos, incendiaré la noche para que no pierdas mi rastro. Cuando vuelvas, mi princesa, seré el fiel guardián de las horas sin distancia, aquellas que contigo he de compartir hasta que se nos quiebre el último aliento.
Texto extraído de mi libro «El delirio de la palabra. Prosas y versos de juventud» (viveLibro, 2016)

«Alma desnuda», de Alfonsina Storni

Soy un alma desnuda en estos versos,
alma desnuda que angustiada y sola
va dejando sus pétalos dispersos.
Alma que puede ser una amapola,
que puede ser un lirio, una violeta,
un peñasco, una selva y una ola.
Alma que como el viento vaga inquieta
y ruge cuando está sobre los mares,
y duerme dulcemente en una grieta.
Alma que adora sobre sus altares,
dioses que no se bajan a cegarla;
alma que no conoce valladares.
Alma que fuera fácil dominarla
con sólo un corazón que se partiera
para en su sangre cálida regarla.
Alma que cuando está en la primavera
dice al invierno que demora: vuelve,
caiga tu nieve sobre la pradera.
Alma que cuando nieva se disuelve
en tristezas, clamando por las rosas
con que la primavera nos envuelve.
Alma que a ratos suelta mariposas
a campo abierto, sin fijar distancia,
y les dice: libad sobre las cosas.
Alma que ha de morir de una fragancia
de un suspiro, de un verso en que se ruega,
sin perder, a poderlo, su elegancia.
Alma que nada sabe y todo niega
y negando lo bueno el bien propicia
porque es negando como más se entrega.
Alma que suele haber como delicia
palpar las almas, despreciar la huella,
y sentir en la mano una caricia.
Alma que siempre disconforme de ella,
como los vientos vaga, corre y gira;
alma que sangra y sin cesar delira
por ser el buque en marcha de la estrella.
Alfonsina Storni (Capriasca Suiza, 2-5-1892 – Mar del Plata, Argentina, 25-10-1938)
«Locos de atar», de Diana Colomar

Nos amamos por cauces de la sinrazón,
vergüenzas enraizadas en el temor
a perdernos.
Será que los miedos a engañar
nuestros sentidos
se deslizan entre sábanas de infidelidad.
Si me sigues,
encontraré tu rastro,
y, aunque en otros brazos te arrastres,
mis labios siempre estarán en los que beses.
Cuando otros pezones acaricies,
los míos se alzarán de ira.
Y, aunque te arrodilles
pidiéndome perdón,
mi venganza y mi ira serán Eternas.
Poema de la poetisa contemporánea Diana Colomar Ginto, incluido en su libro Poemando (Diversidad Literaria, 2023)
Dudas

Extracto del poema «Dudas», incluido en el poemario «Paisaje interior» (Olé Libros, 2024), de próxima aparición. El precioso dibujo es obra de la diseñadora gráfica Sara Molina. Como es fácil deducir, es en realidad el poema el que ilustra a este dibujo.
«Hallazgo», de Carmen Conde

Desnuda y adherida a tu desnudez.
Mis pechos como hielos recién cortados,
en el agua plana de tu pecho.
Mis hombros abiertos bajo tus hombros.
Y tú, flotante en mi desnudez.
Alzaré los brazos y sostendré tu aire.
Podrás desceñir mi sueño
porque el cielo descansará en mi frente.
Afluentes de tus ríos serán mis ríos.
Navegaremos juntos, tú serás mi vela,
y yo te llevaré por mares escondidos.
¡Qué suprema efusión de geografías!
Tus manos sobre mis manos.
Tus ojos, aves de mi árbol,
en la yerba de mi cabeza.
Carmen Conde (Cartagena [Murcia], 1907 – Majadahonda [Madrid], 1996), una de las voces más relevantes de la generación poética del 27, fue la primera mujer en ingresar como académica de numero en la RAE, hecho del que ahora se cumplen 45 años.
«He venido para ver», de Luis Cernuda

He venido para ver semblantes
amables como viejas escobas,
he venido para ver las sombras
que desde lejos me sonríen.
He venido para ver los muros
en el suelo o en pie indistintamente,
he venido para ver las cosas,
las cosas soñolientas por aquí.
He venido para ver los mares
dormidos en cestillo italiano,
he venido para ver las puertas,
el trabajo, los tejados, las virtudes
de color amarillo ya caduco.
He venido para ver la muerte
y su graciosa red de cazar mariposas,
he venido para esperarte
con los brazos un tanto en el aire,
he venido no sé por qué;
un día abrí los ojos: he venido.
Por ello quiero saludar sin insistencia
a tantas cosas más que amables:
los amigos de color celeste,
los días de color variable,
la libertad del color de mis ojos;
Los niñitos de seda tan clara,
los entierros aburridos como piedras,
la seguridad, ese insecto
que anida en los volantes de la luz.
Adiós, dulces amantes invisibles,
siento no haber dormido en vuestros brazos.
vine por esos besos solamente;
guardad los labios por si vuelvo.
Luis Cernuda (Sevilla, 21-9-1902 – Ciudad de México, 5-11-1963)