Diálogo entre el río y el mar

—Voy hacia ti.
Arrastrado por el viento,
voy hacia ti.

—Impaciente te espero,
como el día a la noche
como la noche al silencio.

—En la montaña me parieron
bordado con hilos de agua.

—En cambio yo ni conozco
quién engendró mi alma.

—Temo que no te halle
cuando la furia que me alienta
en tu corazón se desate.

—De aquí no he de moverme,
que el sol me ha encadenado
para que en mí te adentres.

—Te llevaré en mis entrañas
suspiros de agua transparente.

—Los arrullaré en mis senos
para que dormiten y descansen.

—Temo que en ti moriré.

—¡Qué has de temer,
si solo vida te daré!

—Pronto acariciaré
tu rubor amaneciendo.
Te acariciaré a las orillas
de mis pechos despiertos.

—En tus oscuras profundidades
sumergiré mis lamentos.

—En ellas dejaré que te acune
la suave caricia de los vientos.

—¡Ya llega la hora,
ya siento a lo lejos
el revuelo de tus olas!

—Veo cómo te acercas,
cómo dulcemente fluyes
y en mí penetras.

—Soy todo tuyo.
Mi desazón y mi alegría
en tus aguas se han hundido
hasta el final de los días.

—Ahora sé cómo nació mi alma,
del cálido susurro de tus aguas.

Poema incluido en el libro El delirio de la palabra. Prosas y versos de juventud (viveLibro, 2016)

Canción a Granada

Ilustración: «La Alhambra desde la calle Victoria», acuarela de Margaret Merry
https://paintingsofgranada.wordpress.com

De la prosa poética…

¡Cómo te siento, Granada, cómo escucho el plenilunio de tu cielo infinito, el rumor de tus lágrimas debatiéndose entre fuentes y esquinas, en las callejuelas estrechas y dolientes que conducen a la entraña de lo desconocido! ¡Ay Granada, furtiva y eterna! ¿Qué tiene tu cuerpo que, al amanecer, se quiebra como los suspiros y los vientos?

Granada, flor naciente, cintura liviana y dormida, cada vez que la luna tiembla se escuchan tus pasiones y tus miedos. Lejana, siempre lejana. Próxima, siempre cercana: no llores, Granada, que tus penas se adentran en el fondo de mi alma. Luz encubridora, contorno amaneciendo en el corazón de los umbrales, inmenso sueño, envolvente, sumiso, total.

¡Granada, ay Granada, la noche en tus ojos es una estrella ardiendo! En ti vivo, Granada, en si sufro durante tus largas agonías a la orilla de la tarde; en ti respiro cuando el resplandor de tus mañanas me envuelven. Cuando tus miradas se yerguen en el abismo de las leyendas, veo en tu vientre una espada con mil silencios de sangre.

¡Ay Granada, temor sufriendo, mi pasión y mi memoria! Si fueras mujer, me entregaría a ti en alma y cuerpo y te empaparía con el delirio de mis besos.

¡Ay Granada, qué grave quejido se hiende en tu boca, como si un lamento desgarrara tus torres de canela! ¡Cómo te siento, Granada, cómo te necesito, cómo te amo! Mi canción arde en tu fuego, en tu risa y en tu desencanto. Alumbrados en tu regazo, crecen en ti mis raíces y en tus pechos beben la savia que las harán eternamente tuyas. ¡Granada, ay Granada, cómo ansiaría sucumbir en el sosiego de tu mirada!

… a la poesía prosaica

¡Cómo te siento, Granada, 
cómo escucho el plenilunio
de tu cielo infinito,
el rumor de tus lágrimas
debatiéndose entre fuentes y esquinas,
en las callejuelas estrechas y dolientes
que conducen a la entraña de lo desconocido!

¡Ay Granada, furtiva y eterna!
¿Qué tiene tu cuerpo que, al amanecer,
se quiebra como los suspiros y los vientos?

Granada, flor naciente,
cintura liviana y dormida,
cada vez que la luna tiembla
se escuchan tus pasiones y tus miedos.
Lejana, siempre lejana.
Próxima, siempre cercana:
no llores, Granada,
que tus penas se adentran
en el fondo de mi alma.
Luz encubridora,
contorno amaneciendo
en el corazón de los umbrales,
inmenso sueño, envolvente,
sumiso, total.

¡Granada, ay Granada,
la noche en tus ojos
es una estrella ardiendo!

En ti vivo, Granada,
en si sufro durante tus largas agonías
a la orilla de la tarde;
en ti respiro cuando el resplandor
de tus mañanas me envuelven.
Cuando tus miradas se yerguen
en el abismo de las leyendas,
veo en tu vientre una espada
con mil silencios de sangre.

¡Ay Granada, temor sufriendo,
mi pasión y mi memoria!
Si fueras mujer, me entregaría a ti
en alma y cuerpo
y te empaparía
con el delirio de mis besos.

¡Ay Granada, qué grave quejido
se hiende en tu boca,
como si un lamento desgarrara
tus torres de canela!

¡Cómo te siento,
Granada, cómo te necesito, cómo te amo!
Mi canción arde en tu fuego,
en tu risa y en tu desencanto.

Alumbrados en tu regazo,
crecen en ti mis raíces
y en tus pechos beben
la savia que las harán eternamente tuyas.

¡Granada, ay Granada,
cómo ansiaría sucumbir
en el sosiego de tu mirada!

Texto extraído de mi libro El delirio de la palabra. Prosas y versos de juventud (viveLibro, 2016).

Otra Navidad

Soneto con estrambote

Hasta aquel portal que lucía en Belén
ya no arriban estrellas, sol y luna.
Solo un cielo turbio, sin luz alguna,
que vierte lágrimas con sabor a hiel.

Allí donde un niño de Dios era rehén
hoy solo se oye el gemir de criaturas,
víctimas de esa sangrienta locura
que las condena a no conocer el edén.

Allí donde germinó la Navidad
hoy ya no hay incienso, ni mirra, ni oro.
Tan solo ecos de una insufrible crueldad.

Allí donde se guardaba un tesoro,
tras la calma acaeció la tempestad;
tras la vida, solo amargura y lloro.


Cuesta muy mucho la Navidad celebrar
allí donde aún hay heridas sin restañar;
gentes contemplando sus vidas cercenar,
sin esperanzas que poder alimentar.

A los gazatíes, condenados a vivir otra Navidad


Hay pueblos…

Hay pueblos 
que dícense elegidos
por la gracia divina,
y, en virtud de esa gracia,
les asiste el pleno derecho
a defender sus vidas
con fusiles y pistolas.
Hay pueblos olvidados
que decláranse invisibles
por la gracia humana,
y, en virtud de ella,
carecen de derecho alguno
a seguir existiendo,
que sus vidas no les pertenecen,
ni la tierra que pisan,
en la que echaron sus raíces,
ni el aire que respiran
destilando un trágico hedor a sangre.

Según ley no escrita,
hay pueblos elegidos
con derecho a vivir,
aun a costa de matar
a quienes incumplirla osan
armados hasta las cejas
con bocas sedientas,
estómagos vacíos
y corazones desgarrados.
Hay pueblos sin elección,
solo con derecho a morir,
a dejarse aniquilar
sin poder defenderse,
que la ley no escrita dictamina
que han de fallecer a tiros
o a sucumbir de hambre,
mientras resuenan ecos de bombas
que sin piedad los masacran.

Al pueblo palestino,
al que solo asiste el derecho a morir

Río Dauro

Dibujo de Eugenio Rivera
Desde la Fuente de la Teja,
a resguardo de la Sierra de la Alfaguara,
discurre sin detenerse
sorteando arroyos y acequias
camino de la cuesta del Chapiz
para revolcar sus enaguas
en la fuente del Avellano.

Bajo la falda plisada
de la imponente nave roja
que lo cuida de cerca,
navega el río de Granada
llevando en sus aguas
suspiros dorados
y lágrimas de nieve.

Envuelta en un manto
de encaje verde
que perfuma de azahar
los balbuceos del aire,
enciende la vela de su torre
para guiar al río
desde la Plaza Nueva.

Al compás de las campanas
de la iglesia de Santa Ana,
el río Dauro chapotea
puentes y aceras,
mientras fluye sin descanso
por el Paseo de los Tristes
luciendo su vena mora.

En su tímida travesía
por los vericuetos
de un cauce angosto,
no ceja en sus lamentos
de que el oro que alumbraba
se transformó en piedra
y el Dauro se hizo Darro.

Poema incluido en el libro Reverso y anverso. Poemas de largo recorrido (Libros Indie, 2022), con dibujos de Eugenio Rivera.

Nada

Para leer…

Regresan de la nada más absoluta
a la nada más cruel y devastada,
sin nada llevando entre sus manos,
sin nada prendido en sus corazones,
solo heridas que nunca cicatrizan,
que nada de cuanto poseían se llevaron,
si es que algo tenían que no fuera nada
antes de ser a la nada exiliados.
Nada traen al lugar del que partieron,
nada van a encontrar cuando a él arriben,
solo un cementerio de escombros,
una inmensa ciénaga de sangre.
Les han arrebatado todo, y nada les queda,
ni siquiera ese poco de nada que poseían.
Ahora, aún menos que nada tienen,
ni tierras, ni casas, ni seres queridos,
nada ni nadie en los que refugiarse,
ni unas semillas de algo o de nada
con las que sembrar un poco de vida.
Ya ni recuerdos ni esperanzas atesoran,
tampoco ese desolado paisaje entre rejas
en el que malvivían a cambio de nada,
en el que malvivirán tendidos sobre la nada.
Sus vidas están destrozadas y vacías,
sin nada que echarse a la boca
ni nada en lo que poder creer,
nada con lo que poder soñar,
que nada fueron alguna vez,
nada son hoy ni serán mañana,
si es que nada lo remedia.

A los gazatíes desplazados que regresan a su tierra, en la que ya no tienen nada

Para escuchar…

Imborrable

Ilustración de Eugenio Rivera
En esta gélida tarde
henchida de ausencias,
dudas y silencios,
trato de borrar
de mi frágil memoria
las cosas que sufrí de lejos,
aquello que me hirió de cerca.

En estas horas
sin medida ni distancia,
lo que no logro es olvidarme
de tu cuerpo vestido
de luna blanca,
de tu pelo teñido
de noche oscura.

En estos minutos perdidos
en la inmensidad del tiempo,
no puedo vaciar de mi alma
tus pupilas vertiendo
océanos de estrellas,
tu boca empuñando
rosas de rojo ardiente.

En estos segundos
que me hierven por dentro,
no consigo extraer
de lo más hondo de mis entrañas
la sedosa dulzura
de tu mirada insondable,
el eco de tus palabras
susurrándome al oído.

En estos instantes
que no empiezan ni terminan,
en el aliento de mi memoria
solo me queda el resplandor
de tu pecho ceñido al mío,
el suave tacto de tus manos
prendidas en las mías.

Del mi poemario Reverso y anverso. Poemas de largo recorrido (Libros Indie, 2022)

Soneto de la gente de mal hablar y peor discurrir

Escúdase el que de talante carece
en mofas, injurias y malas artes,
que de todo créese juez y parte,
aunque de seso mucho desmerece.

Falto de razón y entendimiento anda,
de ahí la deriva de su extremado afán
por mostrar sus altas dotes de gañán
con un tono de algazara y parranda.

Quien de un poco de intelecto escasea
más prefiere recurrir a la afrenta
que al parvo raciocinio que posea.

Si a insultar y menospreciar se acoge,
en nada débele luego de extrañar
que los ofendidos con él se enojen.


Mal asunto este de las gentes de mal hablar,
que créense con pleno derecho a ultrajar,
dado que solo palabras soeces les han de asaltar
cuando trátase de argüir, discurrir y platicar.

Estrambote del estrambote

No menos preocupante resulta recurrir a engaños
con el fin de encontrar en todos ellos el mejor apaño
para no tener que hablar, sino embarrar y hacer daño,
que otros argumentos no hallan para sus sucios amaños.

A los servidores públicos que recurren más a la injuria que al sentido común, más a la falsedad que a la razón

Callejón de Aguirre

Ilustración de Eugenio Rivera

Para leer…

Relucen en mi lívida memoria
las paredes encaladas de sueños
del callejón angosto
en el que me asomé a la vida
un día lejano de otoño
con olor a castañas y acerolas.

En su inmaculada blancura
florean manojos de geranios verdes
ceñidos en tiestos de tierra erguida,
claveles reventones echando raíces
en macetas ungidas de barro,
azucenas enrejadas en balcones.

Por la mañana de luz mañanera
desde lo alto se desploman
destellos de suspiros celestes
tiñendo de vívida alegría
el requiebro de su estrecha cintura
que zigzaguea de un lado para otro.

En su suelo de alfombra empedrada
se trazan dibujos enredados
que van y vienen, que vienen y van,
mientras a lo lejos se escuchan
los ecos ambulantes del traedor
de higos chumbos recién cortados.

Por la tarde de siesta y ronquido
un sol de justicia divina
se desploma en lo alto de la azotea,
hasta que un halo de brisa fresca
rebrota en las hojas donde sestean
¡moras, moritas, moras!

En las noches preñadas de luna
se descuelgan farolillos de estrellas
para mirarse a escondidas
en un hilo transparente de agua
que corre sin miedo callejón abajo
buscando un vocerío sin alas.

En el alma del callejón de Aguirre,
a la sombra de la calle de Elvira,
donde serpentean las Manolas,
reverdecen las azucenas y los geranios,
revientan a borbotones los claveles,
dormitan mis más remotos recuerdos.

Para escuchar…

De mi poemario Reverso y anverso. Poemas de largo recorrido (Libros Indie, 2022)

Soneto del monte herido de muerte

Una puñalada de fuego a traición
bastó para herir al monte de muerte.
Hoy yace desarbolado e inerte,
con sus pastos llorando con desazón.

El fuego de esa voraz puñalada
dejó desangrándose sus praderas,
a cenizas reducidas sus dehesas,
sus frondosas laderas devastadas.

Ya nada puede sofocar el fuego.
El viento lo ha arrastrado monte adentro,
la lluvia no se descuelga del cielo.

Allí donde brillaban herbazales
ya solo quedan restos del incendio,
humeantes y desecos pastizales.

Creen aquellos que asestan puñaladas de fuego
que eso de matar montes no es más que un juego.
Creen aquellos que igual da cuidarlos ahora que luego,
que lo montes ardan no ha de producir desasosiego.

Estrambote del estrambote
Muy contagiados andan de ignorancia
quienes piensan que cuidar la naturaleza
comporta una extrema y sofocante pereza,
por lo que en atenderla muestran suma inoperancia.

A las tierras devastadas por los incendios, en cualquier tiempo y lugar

Poema incluido en el poemario inédito A cielo abierto