«Carta a mi amada», de Peter Punk

Déjame que beba de tu piel,
que la bese, la acaricie,
que me impregne de su aroma
de su dulzura, de su suavidad, de su calidez.
Permite que nuestros cuerpos se aproximen,
se rocen, se froten.
Permíteme que abarque tu cuerpo en un abrazo infinito.
Permite que nuestros cuerpos se fundan en un solo ser,
que se unan en un éxtasis irrefrenable.
Permíteme que te haga mía,
y tuyo yo seré por toda la eternidad.
Solo un abrazo, en silencio, piel con piel,
unos instantes en los que solo tú y yo existimos,
un momento en el que solo somos uno,
en el que los sentimientos afloran,
en el que, con una sola mirada, nuestros ojos,
nuestros corazones lo digan todo,
todo el amor que sentimos, sin palabras, con pasión,
con una complicidad solo nuestra, sin nadie más.
Te amo tan intensamente,
que es imposible que jamás sea superado.
Te amo, mi tesoro.
Del poeta en la sombra Peter Punk, que ha vuelto a enviarme otro bonito ramillete de versos.
Declaración de intenciones

Escribo porque siento, porque amo, porque necesito escribir, sentir, amar; sentir y amar el mundo, la vida, el tiempo, los sueños, mi vida, la vida… Mi palabras, con timidez y desconocimiento, tratan de describir el melancólico desconsuelo del alma, buscando así consolar sus sentimientos: fiel amante, amante traicionado, al que ya no le restan lágrimas para descolgar de la pupila de su corazón. El tiempo a veces clarea, a veces anochece, cuando marca con decisión y sin titubeos la hora del poema tierno, del poema trágico, del poema amable, del poema siniestro, del poema sueño; poemas, narraciones, pensamientos, verdades… que luchan por eternizar el ánimo en un instante cualquiera de dicha o de sufrimiento.
Con vivir no basta. No basta con echar una ojeada al paso de la vida y contemplar la edad pasada, también la edad de hoy. No es suficiente razón de vida la de sumar días y noches, tardes y nadas, con la sola intención de acomodarlos en las vitrinas de un tiempo inútil e irrecuperable. Amo la palabra y su contenido, porque con vivir no basta. Expreso el sentimiento y la vida, porque la emoción que imprime al interior del espíritu es demasiado grande, demasiado hermosa, demasiado íntima como para ser leña quemada en el fuego del olvido.
Escribo porque estimo, porque cada vez dignifico más la figura del hombre, aunque cada vez más mi mirada ciega de lamento ante su presencia inequívoca: cuerpo falso y lastimado por su propia andadura, que retuerce sus pasos hacia la vanidad y la indiferencia, hacia la pérdida del sentido entrañable del amor. Brota el eco silencioso de mis frases porque intentan, con la combinación sinuosa de sus formas, narrar la leyenda encantada en la que configuro la realidad de la vida.
Prólogo de mi libro El delirio de la palabra (viveLibro, 2016)
«Negra sombra», de Rosalía de Castro

Cando penso que te fuches negra sombra que me asombras, ó pé dos meus cabezales tornas facéndome mofa. Cando maxino que es ida no mesmo sol te me amostras i eres a estrela que brila i eres o vento que zoa. Si cantan, es ti que cantas si choran, es ti que choras i es o marmurio do río i es a noite, i es a aurora. En todo estás e ti es todo pra min i en min mesma moras, nin me abandonarás nunca, sombra que sempre me asombras. ****************************** Cuando pienso que te huyes, negra sombra que me asombras, al pie de mis cabezales, tornas haciéndome mofa. Si imagino que te has ido, en el mismo sol te asomas, y eres la estrella que brilla, y eres el viento que sopla. Si cantan, tú eres quien cantas, si lloran, tú eres quien llora, y eres murmullo del río y eres la noche y la aurora. En todo estás y eres todo, para mí en mí misma moras, nunca me abandonarás, sombra que siempre me asombras. [Traducción de Juan Ramón Jiménez] Rosalía de Castro (Santiago de Compostela, 23-2-1837 – Padrón, 22-7-1885), poeta y novelista gallega
«Aceptación», de Marnie Pomeroy

Estos son mis pechos, suaves en un mundo demoledor:
dos mascotas que cuelgan contra mí, suaves y pequeños.
Este es mi vientre. En él surgieron niñas
que lo estiraron y abandonaron perlando sus estrías.
Este es mi coño, rosado y sanguinolento, gozoso,
abierto de parir y amar bien.
Estas son mis manos, trabajaron más que mi cerebro,
dos criaturas afectadas por el trabajo que me sabotean.
Estas no son cosas que quisieras a menos que me amases.
Pero si lo haces,
debido a las frecuencias que ondulan suavemente entre nosotros,
porque mi circulación sintoniza con la tuya,
si lo haces,
atrapa entonces sus mensajes al aire,
acariciándome con discursos de agradecimiento,
y toma, para empezar, mis manos.
Del poemario Partícula y llama. Antología poética (Ed. El Desvelo)
Marnie Pomeroy (Millbrook, Nueva York, 1932), poetisa estadounidense, adscrita al círculo literario de Robert Graves
Granada en un río

Paseo verde,
triste paseo,
llorando lágrimas
de amor y deseo.
Camino largo,
solitario camino,
a tus pies tiembla
el quebranto de un río.
Vereda de enamorados,
angosta vereda,
deja que te acunen
rumores heridos de pena.
Atajo nocturno,
sumiso atajo,
llevas el cálido aliento
que emerge del Darro.
Senda invisible,
entreverada senda,
siguiendo el impasible rastro
de la Granada que muere en la niebla.
Calle sin rumbo,
inaccesible calle,
eternos miran tus ojos
media luna teñida de sangre.
Paseo de los inmortales,
paseo de los tristes,
paseo de los sin destino,
paseo de los que no existen.
Incluido en mi poemario Del amor y otras locuras (Seleer, 2021)
Reseña de mi poemario «Paisaje interior»
«Presentimientos», de Gloria Fuertes

Presiento la rosa en el tallo dormido,
presagio la caricia y presiento la pena.
Y el beso que han de darme,
y el llanto no nacido
humedece mis dedos
y entristece mis venas.
Presiento que me quiere
quien no puede quererme.
Presiento mis insomnios
y el llorar de una estrella.
Yo presiento su risa
-y en mis versos su huella-.
Y la risa que pasa,
y la duda que seca.
Todo presiento, todo,
lo que pasa en la tierra:
la caricia y el llanto,
el beso y el poema.
Que, aunque puedo ser madre,
yo soy como un poeta.
Gloria Fuertes (Madrid, 28-7-1917 – Madrid, 27-11-1998), poetisa de la generación del 50
Gaza
Para escuchar…
Para leer…
En las enlutadas noches de Gaza
ya no quedan estrellas ni media luna,
ni sueños suspirando por otras vidas.
Solo quedan restos de las bombas,
que tiñeron de sangre su hermoso cielo.
En las calles desiertas de Gaza
ya no bulle la vida como antes.
Todo ha quedado reducido a cenizas,
como el alma de esas criaturas
que han perdido su infancia.
Por las tierras devastadas de Gaza
yerran gentes con rumbo a ninguna parte,
secuestradas por el dolor y la hambruna,
la miseria, el abandono y el desaire,
condenadas para siempre a no ser nadie.
Por el desolado paisaje de Gaza
deambulan repatriados sin patria
en busca de sus hogares en ruinas,
de sus pertenencias hurtadas,
de sus algazaras silenciadas.
Por los caminos marchitos de Gaza
desfilaban tanques con hedor a muerte,
marchaban soldados rifle en mano
buscando víctimas en las que desfogarse,
dianas en las que hendir su ira.
Los corazones de Gaza ya no laten.
Los secuestraron a punta de pistola,
y ahora transitan heridos de bala,
hasta que en sus venas no quede
una sola gota de sangre.
En cualquier rincón de Gaza
alguien amargamente llora,
vierte lágrimas yermas,
que el alma tiene malherida
y sus esperanzas, rotas.
En Gaza una vida no valía nada.
Se cambiaba por un par de disparos
descerrajados a bocajarro;
por apenas dos puñaladas,
una en el pecho y otra en la garganta.
En la memoria perdida de Gaza
nada existe de lo que existió,
nada es lo que alguna vez fue,
tal vez nunca vuelva a ser
esa tierra falsamente prometida.
En la angosta franja de Gaza
los recuerdos de un tiempo pasado
se han quedado enterrados.
El presente es un tiempo muerto,
el tiempo futuro ni siquiera existe.
Para que Gaza no se olvide con el discurrir del tiempo
«A Federico, con unas violetas», de Luis García Montero

I
Has llegado de nuevo. Te esperaba
para tenderte el brazo perdido de los humos.
La curva de los muelles, la soledad ajena
de Columbia University
y esta ceniza fría
en los párpados rotos
de la ciudad sin sueño.
Imagínate ahora
aquel cielo cansado,
aquellos ojos tuyos
de mil novecientos veintinueve,
extraviados entonces,
recorriendo los puentes
con un gesto sin fondo.
En este Sur
de vigas y de luces
pues llegar la muerte una mañana,
pero extraña
la experiencia que tiene la historia entre sus muslos
de milenario amor,
paciente amor salvaje
contra todos nosotros.
Imagínate ahora
los andamios,
la habitación vacía y el deseo
hundido como un barco
que buscara el suicidio.
Has llegado hasta Harlem,
bajo el sordo rumor de los moteros
vas a quedarte mudo,
con tu sudor a solas, con el miedo,
para ver como cierra los ojos de la muerte
cómo besa los labios de su último amante.
Era mil novecientos veintinueve.
No debió ser extraño,
porque estaba allí después de todo,
sobre el turbio desagüe de la vida.
Luis García Montero (Granada, 4-12-1958), poeta, crítico literario, ensayista, catedrático de Literatura Española y director del Instituto Cervantes