La primera vez

Para escuchar…

Para leer…

La primera mirada
fue un destello de luz
que cegó mis lamentos
y ya no supe ver
más allá de sus ojos.

El primer gesto
prendió una llama
que redujo a cenizas
los furtivos desamores
que aún me quemaban.

El primer roce
fue un dulce despertar
a la vida que no tenía
hasta que dejé que la suya
se hendiera en la mía.

La primera caricia
fue una ráfaga de viento
que domó ese corazón mío
que solo ansiaba respirar
un soplo de amor intenso.

El primer beso
fue un alud de silencios
porque me faltaban palabras
para tratar de expresar
lo que me ardía por dentro.

La primera vez
fue saber que siempre estaría
aunque no estuviera
porque ya no sabría vivir
sin ella tendida en mi regazo.

Del poemario Paisaje interior (Loto Azul, 2024)

«Bajo la lluvia», de Juana de Ibarbourou

Screenshot
¡Cómo resbala el agua por mi espalda!
¡Cómo moja mi falda,
y pone en mis mejillas su frescura de nieve!
Llueve, llueve, llueve,
y voy, senda adelante,
con el alma ligera y la cara radiante,
sin sentir, sin soñar,
llena de la voluptuosidad de no pensar.

Un pájaro se baña
en una charca turbia. Mi presencia le extraña,
se detiene… me mira… nos sentimos amigos…
¡Los dos amamos muchos cielos, campos y trigos!
Después es el asombro
de un labriego que pasa con su azada al hombro
y la lluvia me cubre de todas las fragancias
de los setos de octubre.
Y es, sobre mi cuerpo por el agua empapado
como un maravilloso y estupendo tocado
de gotas cristalinas, de flores deshojadas
que vuelcan a mi paso las plantas asombradas.
Y siento, en la vacuidad
del cerebro sin sueño, la voluptuosidad
del placer infinito, dulce y desconocido,
de un minuto de olvido.
Llueve, llueve, llueve,
y tengo en alma y carne, como un frescor de nieve.

Juana de Ibarbourou (Melo [Uruguay], 8-3-1892 – Montevideo [Uruguay], 15-7-1979), poeta uruguaya, una de las voces más personales de la lírica hispanoamericana de principios del siglo XX

«Las abarcas desiertas», de Miguel Hernández

Para leer…

Por el cinco de enero,
cada enero ponía
mi calzado cabrero
a la ventana fría.

Y encontraban los días,
que derriban las puertas,
mis abarcas vacías,
mis abarcas desiertas.

Nunca tuve zapatos,
ni trajes, ni palabras:
siempre tuve regatos,
siempre penas y cabras.

Me vistió la pobreza,
me lamió el cuerpo el río,
y del pie a la cabeza
pasto fui del rocío.

Por el cinco de enero,
para el seis, yo quería
que fuera el mundo entero
una juguetería.

Y al andar la alborada
removiendo las huertas,
mis abarcas sin nada,
mis abarcas desiertas.

Ningún rey coronado
tuvo pie, tuvo gana
para ver el calzado
de mi pobre ventana.

Toda gente de trono,
toda gente de botas
se rio con encono
de mis abarcas rotas.

Rabié de llanto, hasta
cubrir de sal mi piel,
por un mundo de pasta
y un mundo de miel.

Por el cinco de enero,
de la majada mía
mi calzado cabrero
a la escarcha salía.

Y hacia el seis, mis miradas
hallaban en sus puertas
mis abarcas heladas,
mis abarcas desiertas.

Para escuchar en la voz de Elda Hidalgo…

PD

Las abarcas desiertas se publicó por primera vez el 2 de enero de 1937, unos días antes de la festividad de los Reyes Magos, para apoyar la campaña de Socorro Rojo Internacional, que tenía como objetivo recaudar donativos y juguetes destinados a la infancia necesitada.

Miguel Hernández (Orihuela, 30-10-1910 – Alicante, 28-3-1942), poeta y dramaturgo

El rincón de Antonia

De ese primoroso rincón, 
de Antonia para más señas,
que luce una piel de canela
y un regajo de miel en los labios,
jamás podrán robar
los infinitos versos
que se descuelgan del aire
las tardes de pasiones latiendo
y palabras compartidas,
cuando se hornean poemas
que hablan de arrebatos y desengaños,
de amores eternos y furtivos,
de anhelos y desconsuelos,
de heridas que pueden coserse.

De ese hermoso rincón
con paredes de hojaldre,
bordadas con finos hilos de té
y dorados cabellos de ángel,
nunca podrán llevarse
la poesía que dormita
en la hondura de sus entrañas,
en el alma de las buenas gentes
que con ternura lo cuidan,
lo miman y le dan sustento.
Nunca podrán cerrar sus puertas,
de par en par abiertas
para dar dulce cobijo
a voces sedientas de versos.

A mis amigos de El rincón de Antonia, en Arganda del Rey, que el otro día sufrió un allanamiento con nocturnidad y alevosía.