Presiento la rosa en el tallo dormido, presagio la caricia y presiento la pena. Y el beso que han de darme, y el llanto no nacido humedece mis dedos y entristece mis venas. Presiento que me quiere quien no puede quererme. Presiento mis insomnios y el llorar de una estrella. Yo presiento su risa -y en mis versos su huella-. Y la risa que pasa, y la duda que seca. Todo presiento, todo, lo que pasa en la tierra: la caricia y el llanto, el beso y el poema. Que, aunque puedo ser madre, yo soy como un poeta.
Gloria Fuertes (Madrid, 28-7-1917 – Madrid, 27-11-1998), poetisa de la generación del 50
En las enlutadas noches de Gaza ya no quedan estrellas ni media luna, ni sueños suspirando por otras vidas. Solo quedan restos de las bombas, que tiñeron de sangre su hermoso cielo.
En las calles desiertas de Gaza ya no bulle la vida como antes. Todo ha quedado reducido a cenizas, como el alma de esas criaturas que han perdido su infancia.
Por las tierras devastadas de Gaza yerran gentes con rumbo a ninguna parte, secuestradas por el dolor y la hambruna, la miseria, el abandono y el desaire, condenadas para siempre a no ser nadie.
Por el desolado paisaje de Gaza deambulan repatriados sin patria en busca de sus hogares en ruinas, de sus pertenencias hurtadas, de sus algazaras silenciadas.
Por los caminos marchitos de Gaza desfilaban tanques con hedor a muerte, marchaban soldados rifle en mano buscando víctimas en las que desfogarse, dianas en las que hendir su ira.
Los corazones de Gaza ya no laten. Los secuestraron a punta de pistola, y ahora transitan heridos de bala, hasta que en sus venas no quede una sola gota de sangre.
En cualquier rincón de Gaza alguien amargamente llora, vierte lágrimas yermas, que el alma tiene malherida y sus esperanzas, rotas.
En Gaza una vida no valía nada. Se cambiaba por un par de disparos descerrajados a bocajarro; por apenas dos puñaladas, una en el pecho y otra en la garganta.
En la memoria perdida de Gaza nada existe de lo que existió, nada es lo que alguna vez fue, tal vez nunca vuelva a ser esa tierra falsamente prometida.
En la angosta franja de Gaza los recuerdos de un tiempo pasado se han quedado enterrados. El presente es un tiempo muerto, el tiempo futuro ni siquiera existe.
Para que Gaza no se olvide con el discurrir del tiempo
I Has llegado de nuevo. Te esperaba para tenderte el brazo perdido de los humos. La curva de los muelles, la soledad ajena de Columbia University y esta ceniza fría en los párpados rotos de la ciudad sin sueño.
Imagínate ahora aquel cielo cansado, aquellos ojos tuyos de mil novecientos veintinueve, extraviados entonces, recorriendo los puentes con un gesto sin fondo.
En este Sur de vigas y de luces pues llegar la muerte una mañana, pero extraña la experiencia que tiene la historia entre sus muslos de milenario amor, paciente amor salvaje contra todos nosotros.
Imagínate ahora los andamios, la habitación vacía y el deseo hundido como un barco que buscara el suicidio.
Has llegado hasta Harlem, bajo el sordo rumor de los moteros vas a quedarte mudo, con tu sudor a solas, con el miedo, para ver como cierra los ojos de la muerte cómo besa los labios de su último amante. Era mil novecientos veintinueve. No debió ser extraño, porque estaba allí después de todo, sobre el turbio desagüe de la vida.
Luis García Montero (Granada, 4-12-1958), poeta, crítico literario, ensayista, catedrático de Literatura Española y director del Instituto Cervantes
¡Cómo resbala el agua por mi espalda! ¡Cómo moja mi falda, y pone en mis mejillas su frescura de nieve! Llueve, llueve, llueve, y voy, senda adelante, con el alma ligera y la cara radiante, sin sentir, sin soñar, llena de la voluptuosidad de no pensar.
Un pájaro se baña en una charca turbia. Mi presencia le extraña, se detiene… me mira… nos sentimos amigos… ¡Los dos amamos muchos cielos, campos y trigos! Después es el asombro de un labriego que pasa con su azada al hombro y la lluvia me cubre de todas las fragancias de los setos de octubre. Y es, sobre mi cuerpo por el agua empapado como un maravilloso y estupendo tocado de gotas cristalinas, de flores deshojadas que vuelcan a mi paso las plantas asombradas. Y siento, en la vacuidad del cerebro sin sueño, la voluptuosidad del placer infinito, dulce y desconocido, de un minuto de olvido. Llueve, llueve, llueve, y tengo en alma y carne, como un frescor de nieve.
Juana de Ibarbourou (Melo [Uruguay], 8-3-1892 – Montevideo [Uruguay], 15-7-1979), poeta uruguaya, una de las voces más personales de la lírica hispanoamericana de principios del siglo XX
Extracto de «Sesión continua», el episodio 6 de mi novela Diario de un adolescente en prácticas (Esstudio Ediciones, 2024), una crónica social de la España de finales de los 60 narrada con mucho humor y un poco de ironía.
Por el cinco de enero, cada enero ponía mi calzado cabrero a la ventana fría.
Y encontraban los días, que derriban las puertas, mis abarcas vacías, mis abarcas desiertas.
Nunca tuve zapatos, ni trajes, ni palabras: siempre tuve regatos, siempre penas y cabras.
Me vistió la pobreza, me lamió el cuerpo el río, y del pie a la cabeza pasto fui del rocío.
Por el cinco de enero, para el seis, yo quería que fuera el mundo entero una juguetería.
Y al andar la alborada removiendo las huertas, mis abarcas sin nada, mis abarcas desiertas.
Ningún rey coronado tuvo pie, tuvo gana para ver el calzado de mi pobre ventana.
Toda gente de trono, toda gente de botas se rio con encono de mis abarcas rotas.
Rabié de llanto, hasta cubrir de sal mi piel, por un mundo de pasta y un mundo de miel.
Por el cinco de enero, de la majada mía mi calzado cabrero a la escarcha salía.
Y hacia el seis, mis miradas hallaban en sus puertas mis abarcas heladas, mis abarcas desiertas.
Para escuchar en la voz de Elda Hidalgo…
PD
Las abarcas desiertas se publicó por primera vez el 2 de enero de 1937, unos días antes de la festividad de los Reyes Magos, para apoyar la campaña de Socorro Rojo Internacional, que tenía como objetivo recaudar donativos y juguetes destinados a la infancia necesitada.
Miguel Hernández (Orihuela, 30-10-1910 – Alicante, 28-3-1942), poeta y dramaturgo