«Hay edades que solo se entienden en retrospectiva. Eso es, en el fondo, lo que plantea Diario de un joven en pañales. Segunda temporada: el intento de un adulto por asomarse, con humor y algo de pudor, a aquel adolescente torpe, enamoradizo y desbordado que fue en la España de los años setenta.
Se trata de la secuela de Diario de un adolescente en prácticas (Estudio Ediciones, 2004), y retoma al mismo protagonista anónimo en una nueva «temporada» de recuerdos, estructurada como una serie de trece relatos que funcionan casi como episodios de una serie televisiva. Cada capítulo puede leerse de manera independiente, pero juntos encajan como las piezas de un puzle emocional que va componiendo la biografía sentimental del narrador».
Aún me siento palidecer cuando me miras, como un huracán envuelto en luces blancas. Sé que la noche es tuya y, sin embargo, trato fugazmente de apresarla subido a las ráfagas cálidas de tu cuerpo. Me dejo llevar en el fondo de tu espuma brava, cuando a borbotones se desata desde la entraña de ese pozo misterioso y negro que en ti se agita y duerme. Todavía amanezco en tu luz y muero en tu ausencia; te digo que eres el alma de las cosas y la esperanza que asciende por mis venas como un arroyo verde anhelando escuchar el rumor de los mares. Sin ti no existe ni la espera ni el deseo; ni las voces del alba ni los sueños que en mí se enredan bajo el palio oscuro de la madrugada eterna. Por ti lucho en el infierno, en el fuego ardiente y crepuscular, en el vértigo imparable de las horas, en el laberinto de la razón y la duda. Junto a ti descubro los enigmas del aire, las fuerzas que me alientan en el camino hacia la felicidad, el silencio que calla en el paraíso de tus labios. Pero, por encima de todo, mi corazón inmenso, todavía te amo porque sé que, si no te amara, mi vida, enloquecida y muda, sucumbiría presa del miedo a no tenerte.
A Isabel, con quien descubrí que era posible amar hasta la locura.
Esta aventura narrativa recién salida del horno lleva por título Diario de un joven en pañalesy es la secuela de la anterior, Diario de un adolescente en prácticas, publicada en septiembre de 2004. En esta nueva odisea personal de su anónimo protagonista, este trata como buenamente puede de avivar sus recuerdos, con el fin de recomponer el convulso periodo juvenil de su no menos convulsa vida sentimental. El libro, por tanto, además de Basado en hechos reales, dado que existe una delgada línea entre la realidad y la ficción, lleva el subtítulo de Segunda temporada, por cuanto es la segunda entrega de esta serie de turbulentas evocaciones, que, en principio, doy por completada. Se trata, por consiguiente, de un libro estructurado de la misma manera y con bastantes referencias al relato personal sobre la adolescencia.
• Género:Diario de un joven un pañales es una obra que mezcla lo autobiográfico con la ficción. Su anónimo protagonista narra sus experiencias juveniles desde una perspectiva adulta, buscando en sus recuerdos las claves para entender quién es en el presente. La obra juega constantemente con el límite entre la realidad y la imaginación, lo que añade una capa de complejidad y reflexión sobre la memoria y la identidad. Este juego entre realidad y ficción permite al lector cuestionarse hasta qué punto lo que recordamos de nuestra juventud es exacto o si simplemente recordamos lo que queremos recordar.
• Serie de ficción: A pesar de que la novela está estructurada en trece relatos independientes, logra entrelazar cada episodio para conformar una narrativa coherente y profunda sobre la juventud. El libro invita a explorar los recuerdos y emociones de su anónimo protagonista, que busca entender su presente a través de un viaje emocional y nostálgico a su pasado. Con una estructura similar a la de una serie televisiva, la obra destaca por su tono irónico y ameno, a la vez que reflexiona sobre temas universales y atemporales.
• Tono narrativo: Aunque casi todas las historias que se van sucediendo a lo largo de la novela tienen un trasfondo emocional, como la identidad, la memoria y el paso del tiempo, el tono narrativo es, en general, bastante irónico y jocoso, con la finalidad de que su lectura sea lo más amena y divertida posible, además de ágil y sencilla. Es decir, que no resulte fatigosa, sino que, por el contrario, anime a continuar leyendo y no dejar el libro a medias. De ese modo, muchas de las situaciones incómodas que vive el protagonista están narradas con una dosis justa de humor y ternura.
• Crónica social: Puede decirse que, en cierto modo, Diario de un joven en pañales intenta ser una suerte de peculiar crónica social de la España de mediados y finales de los años 70, con numerosas referencias a aquella época. Es decir, una crónica narrada por un aprendiz de joven más preocupado por sus propios y acuciantes problemas que por cuanto acontece a su alrededor en aquellos complejos y agitados años.
• Intemporal: A pesar de que la novela hace referencia a un época concreta, en el fondo, las situaciones emocionales y sentimentales que vive el protagonista —la búsqueda de su identidad, el proceso de maduración, sus experiencias amorosas, los conflictos con el mundo exterior y consigo mismo…— hacen que la novela trascienda su contexto histórico; es decir, que los temas tratados en ella sean bastante intemporales. Por resumirlo de un modo sencillo: aunque el protagonista vive en una España que ya no existe, sus experiencias y reflexiones siguen siendo completamente vigentes.
Hay pueblos que dícense elegidos por la gracia divina, y, en virtud de esa gracia, les asiste el pleno derecho a defender sus vidas con fusiles y pistolas. Hay pueblos olvidados que decláranse invisibles por la gracia humana, y, en virtud de ella, carecen de derecho alguno a seguir existiendo, que sus vidas no les pertenecen, ni la tierra que pisan, en la que echaron sus raíces, ni el aire que respiran destilando un trágico hedor a sangre.
Según ley no escrita, hay pueblos elegidos con derecho a vivir, aun a costa de matar a quienes incumplirla osan armados hasta las cejas con bocas sedientas, estómagos vacíos y corazones desgarrados. Hay pueblos sin elección, solo con derecho a morir, a dejarse aniquilar sin poder defenderse, que la ley no escrita dictamina que han de fallecer a tiros o a sucumbir de hambre, mientras resuenan ecos de bombas que sin piedad los masacran.
Al pueblo palestino, al que solo asiste el derecho a morir
Los fieles, los constantes, los condenados a lo eterno, los asombrados de una sola vez, los que solo confían en el miedo, los que edifican sobre el desengaño, los cuidadosos que cosechan pasos, los fareros de la rutina, los cómplices tenaces del trabajo, los que se mueren razonablemente, esos que en tantas ocasiones desearían con urgencia que hubiese un dios al que pedir socorro.
Francisca Aguirre Benito (Alicante, 27-10-1930 – Madrid, 13-4-2019), Premio Nacional de las Letras 2018
En lo hondo de mi alacena guardo un mortero de lorza con cenefas blancas y celestes, en el que machaco mis penas, las que me duelen en el alma y no encuentran remedio, las que no se borran ni barriendo la memoria.
En lo alto de mi alacena luce una escudilla verde tallada en madera de olivo, en la que aliño esperanzas, de esas que siempre se siembran y de tarde en tarde se espigan, con amores que no son míos, pero quisiera que sí lo fueran.
En un cajón de mi alacena asoma un canastillo dorado trenzado con hilos de mimbre, colmado de panes sin peces, aguardando el milagro que lo llene de sueños, de los que nunca se olvidan ni jamás se extravían.
A las puertas de mi alacena me detengo con los ojos abiertos buscando el mortero, la escudilla y el canastillo, que hoy toca machacar penas, aliñar amores y esperanzas y atiborrar de sueños este corazón mío que no palpita.
Para escuchar…
Poema incluido en el libro Más que palabras (Ediciones Rilke, 2025), «un poemario íntimo, en el que las palabras se convierten en vehículo de exploración personal y reflexión profunda» (Revista Poesía eres tú).
En el panorama poético actual, a veces saturado de estruendos y grandilocuencia, el poemario Más que palabras, de José Molina Melgarejo, aparece como un oasis de paz, un lugar en el que una puede refugiarse para disfrutar de un rato emotivo y calmo, dejando una estela de paz una vez se han cerrado sus páginas.
Es un poemario que ya desde su inicio nos lleva de la mano hacia un camino de introspección; explorar esos instantes y esas emociones para los que el lenguaje a veces se hace insuficiente, y nos invita a ir más allá de lo que nuestros ojos perciben en los versos.
Con un puñado de palabras se pueden tejer versos y trazar poemas. Pero las palabras no siempre bastan para que los versos o los poemas cobren vida. En muchas ocasiones “se necesitan más que palabras; se requiere un bramido de pasión, una ráfaga de emoción contenida o sin contener”.
Cuando una se introduce en los poemas de José Molina, se da cuenta, poco a poco, de que el autor no busca describir la realidad, sino más bien evocarla a través del hilo invisible del sentimiento; la poesía se convierte en una ventana desde la que se observan las distintas emociones: melancolía y memoria, dolor, amor…
La importancia de las palabras como camino para desgranar las emociones es innegable en este poemario. Pero ya no solo de las palabras; sino también de todo aquello que de ellas se desprende y que no podemos llegar a percibir simplemente con nuestra mirada, sino que hay que ir un poco más allá, abrir el alma y darse cuenta de que todo lo que nos cuentan va un paso por delante de las propias palabras.
El poemario aborda temas recurrentes en la poesía; el amor, la guerra, la muerte, el dolor, el recuerdo… la vida en general, pero tratados de una manera tan sutil, tan suave, que sin darnos cuenta va adentrándose en nosotros hasta llegar, si se lo permitimos, a ser parte de nosotros mismos. El autor ahonda en estos temas de una manera profunda y madura, que “obliga” en cierto modo al lector a poner de su parte para poder sentirlos en su absoluta plenitud.
Se diluye el tiempo,
el que volaba a corazón abierto
a cualquier lugar del universo
y ahora vuela a ras del suelo,
sin poder batir sus alas,
que un soplo de aire punzante
laceró sus plumas a medianoche
y ahora se arrastra de día.
He de decir que, en mi opinión, Más que palabras es un poemario muy humano y sentido, y no solamente por las emociones y por esa incesante búsqueda del yo, de la esencia, sino también por la denuncia y la pena de ciertos temas, como desastres naturales o guerras, que convierten el poema en un grito que resuena dentro.
Quizás sea por eso que a veces se leen los poemas tras un velo de desesperanza o pesimismo, como si una negrura asediara los días, la vida, el mundo, y las palabras solas no son capaces de disipar.
Más que palabras es un poemario maduro y profundo que requiere que el lector ponga de su parte para dejarse penetrar por los poemas, y llegar a su fondo, aquel fondo que no se solamente en las palabras, sino que requiere de la pasión, del bramido, del sentimiento.
Os invito a entrar en el poemario y dedicarle el tiempo que merece; uno no puede abrir el libro, leer un poema y cerrarlo. Debemos adentrarnos y dejar que el poemario nos entre, hasta hallar esa conexión emocional que nos hará abrir los ojos, pero por dentro.
José Molina Melgarejo es miembro de la Asociación Andaluza de Escritores y Críticos Literarios y colaborador de la revista Entreletras. Es autor de libros de relatos y cuentos, así como de novela y poesía. Tiene numerosa obra publicada que, dicho sea de paso, os recomiendo que investiguéis, porque no os dejará indiferente. En definitiva, un autor consagrado de gran talento, con una obra limpia y despojada de innecesidades, para traernos lo más pudro del sentimiento, de la palabra.
Reseña de mi poemario Más que palabras (Ediciones Rilke, 2025) publicada en la revista Poémame (25-10-2025).
Desde la Fuente de la Teja, a resguardo de la Sierra de la Alfaguara, discurre sin detenerse sorteando arroyos y acequias camino de la cuesta del Chapiz para revolcar sus enaguas en la fuente del Avellano.
Bajo la falda plisada de la imponente nave roja que lo cuida de cerca, navega el río de Granada llevando en sus aguas suspiros dorados y lágrimas de nieve.
Envuelta en un manto de encaje verde que perfuma de azahar los balbuceos del aire, enciende la vela de su torre para guiar al río desde la Plaza Nueva.
Al compás de las campanas de la iglesia de Santa Ana, el río Dauro chapotea puentes y aceras, mientras fluye sin descanso por el Paseo de los Tristes luciendo su vena mora.
En su tímida travesía por los vericuetos de un cauce angosto, no ceja en sus lamentos de que el oro que alumbraba se transformó en piedra y el Dauro se hizo Darro.
Cuando amanece, noto polvo de estrellas sobre mis ojos, atisbo las guirnaldas de tu pelo, y las pequeñas partículas iridiscentes sobrellevan mi visión de ti a otro plano, donde te veo colorida, bella, con negros ojos y labios rojo púrpura. Anhelo besarlos, pero la magia del momento decide por mí. Prefiero observarte, lamer con mi mirada tus carnosos pómulos rosados, que me llevan al éxtasis del Amor que desatas en mí. No es lujuria ni deseo, sino profundo latir de mi músculo inquieto que late en mi pecho, y anhelo abrazarte, porfiar mi delirio, hasta que de mi vientre nazca un lazo Eterno que nos unirá más allá de este mundo.
De la poetisa contemporánea Diana Colomar Ginto, cuyos últimos poemas están incluidos en el libro colectivo Al filo de la espada roja (Diversidad Literaria, 2025).