Los enigmas poéticos del amor y la muerte en José Molina

Al leer la poesía de José Molina, uno se siente en un lugar familiar cultivado de intimidad y nostalgias. Los grandes temas de la poesía: el amor, la pérdida y la muerte, se reinventan en el poeta y entrelazan con la cadencia suave del mar y la memoria. Las metáforas corren libremente por el prado de los poemas de Molina, atravesando el viaje de las emociones en un tránsito hacia el recuerdo, el deseo y la aceptación de lo efímero. Su lenguaje, delicado pero cargado de profundidad, evoca un universo en el que lo cotidiano se vuelve símbolo: el oleaje, la arena, los labios, el cuerpo amado, voces que se apagan como barro y van quedando mudas… Adentrarse en la poesía de nuestro autor andaluz, es poder contemplar el amor y la muerte no como un punto fijo, sino como un paisaje cambiante a lo largo del tiempo y los afectos que construyen su poesía. Una voz contemporánea con tintes clásicos con la que tenemos el placer de contar en este nuevo número de Palabra que dormía.

Preciosa reseña publicada en la revista digital Palabra que dormía, junto a una selección de poemas míos y una semblanza.

«Poema para un niño de espuma», de Pilar Lojendio

Luego llegaste tú
cuando nadie te esperaba,
me habían dicho
que estabas ya muy lejos
y que habías visto pocas veces
las estrellas.
¡Cómo sonreíste al llegar
a mi lado!
¡Y que lejano ese tiempo!

Hoy tu mirada
son sólo reflejos del trigo
y tu ancha sonrisa
se perdió en las nubes.
Sin razón alguna
no volví a conocerte,
cambiabas de rumbo
detrás de cada esquina
y tu recuerdo quedó dormido,
y llovía un agua clara
azulada de asombros.

Ya nada era lo mismo
pero tú seguías
viviendo en la carne enamorada,
y en los ensueños tontos.
Yo sé que un día volverás
y que tendrás alunadas
las manos
y los pies serán tristes,
y que la mirada
te la haremos nosotros
de nuevo.

También sé
que jamás fuiste a la escuela
y que no canturreaste
ni tablas ni oraciones
y que sueñas
detrás de las montañas
en jugar con otros niños,
pero...
quizá no volverás
ya nunca
y tu mirada
se habrá perdido
para siempre.

Nada puedo explicarte,
nada con lo que tú
no hayas soñado.
Yo te acuné ya entonces
tiernamente,
luego te hiciste mayor
y jugamos juntos en el monte
cercano.

Te recuerdo con el pelo revuelto
y cantando tan alto
que dabas risa,
pero estabas guapo
y me traías agujas de pino
y mucho sol
en tus piernas sucias.

Seguramente, más allá
habrás tenido amigos,
te habrás dado tú mismo
en las estrellas
al llegar la noche
y habrás querido tener
tu propia sonrisa
y tu propio nombre
hecho sonido
en los labios de la gente,
y habrás querido ser,
y tener una semejanza
y un color moreno
descansando en tu piel.

Viniste
extrañamente repetido.
Sanamente,
pudiste ser hermoso
como son los demás,
con tu voz crecida desde dentro
pidiendo el pan
de la mañana.

¡Te amamos tanto!
y tus manos suprimiéndolo todo
deshojándolo todo
y los ríos corriendo
con tu nombre a cuestas,
alejándolo cada vez más.
Y mis ojos no te vieron seguir,
solo vieron
inclinarse el camino
hacía las sombras.

Volverás,
volverás otra vez
de la mano de tu padre
jugando a la pelota
y yo saldré entre la hierba fuerte,
donde nadie me vea,
donde mi voz carezca de importancia,
y tú te mecerás en mis rodillas.

También tropezaste
y removiste tu tristeza
entre las piedras,
y pensaste que un día
podrías alisar mi falda
con tus manos,
y ver los rebaños de ovejas
acercarse lentamente
y los retoños de las plantas
crecer entre mis dedos.
¡Qué escasa el agua
que hace florecer todas las cosas!

Has tardado,
y ya no verás maduros
los frutos de aquella temporada
y las vides ya están secas,
pero tú y yo
plantaremos todo de nuevo
y justamente
daremos vino a los demás
y nos calzaremos
las cómodas sandalias
para partir juntos
a través de la tierra
y te enseñaré a descansar
en las desiertas playas
y te enseñaré a llorar
sin lágrimas prestadas.

Pero no te entristezcas,
son largos los caminos
pero tu paso es joven
y es fuerte tu mirada,
duerme ahora
y descansa en la locura
de los otros,
duérmete en las abejas
y en los ríos sin nombre,
duerme en tu estatura
sin hacer,
duerme en el regazo
de todas las madres
y fórmate de estrellas
y de nubes,
duerme, descansa hoy
para venir mañana.
Y no estremezcas
la espuma de tu cuerpo.
Sí, no olvides
que las almendras formarán
tu cuna
y acuérdate siempre de mis rosas,
ya entreviste un día
la mañana
y había cosas ciertas,
para ti siempre habrá una mentira
pero será cierta entonces,
para ti yo seré...
no sé,
quizá solamente raíces.

Tú pondrás nombre
a las plazas
y pondrás nombre
al atardecer
y llamarás a las cosas
y te envolverás en plumas
de cisne.
Ciertamente
se ha elevado la luna
demasiado
y nadie sabe repartir,
pero tú, pequeño ser de espuma
tú mismo, te repartirás
y nos darás tu ciencia enjuta
y limitada.

Primero jugarás,
primero cantarás,
primero olvidarás
que eres la dicha,
luego traerás marañas de pasión
en tus cabellos
y saldrás a perseguir lechuzas
por las noches,
y yo siempre esperaré tu vuelta
y con la unidad de la tierra
tan cerca
que termina olvidándome de ti.

Incluido en «Invierno de la piel» (Colección Poesía, Gobierno de Canarias, 1990)

Pilar Lojendio Crosa (Santa Cruz de Tenerife, 23-5-1931 – 24-7-1989), poeta canaria

Siempre

Te quise siempre.
Antes de conocerte,
antes de saber de ti,
antes de perderme
en el hermoso bullicio
de un amor sin anclajes.

Siempre te amé.
Te amé antes
y después de amarte,
antes de no tenerte
ni lejos ni cerca,
antes de ser parte de mí.

Siempre fui tuyo.
Antes de ser yo
y después de pertenecerte,
antes de no tener dueño,
de ser de nadie
que no fueras tú.

Siempre estuviste en mí.
Antes de no sentir que estabas
y después de sentirte en mí,
antes de ignorar tu existencia,
de saber que nada era
si tú no existías.

Siempre supe
que siempre te querría,
que nunca dejaría
de querer quererte
en cualquier lugar
y en cualquier instante.

Poema incluido en el libro Del amor y otras locuras (Seleer,2021)

Flamenco

Se me escaparon suspiros
a lomos de bulerías
que ardían por dentro
y palmeaban por fuera
como si les fuera la vida en ello.

Tiempo tardé en volver a sentirlos,
el que tardaron en traerme
un ramillete de alegrías
envuelta en rosas de encaje,
y un puñado de tanguillos
con olor a hierbabuena.

Acurrucados entre tarantas, 
cuando la madrugada acechaba 
dejaron acunarse por soleá,
al ritmo de farrucas y martinetes
que a la amanecía
se disfrazaban de tarantas.

¿Dónde están esos tangos?,
clamaba la alboreá.
¿Por qué no vienen a verme 
para alumbrarme la mañana,
que la granaína se ha quedado a medias
y a la seguiriya le duele algo?

¡Traedme un sorbito de verdiales,
un cucurucho de fandangos
y, entre jaleo y jaleo,
una zambra gitana
con sabor a chufla 
que me incendie el alma! 

¿Por dónde verdean las malagueñas,
las cartageneras y las colombianas?
¡Que vengan a por las guajiras
que crecen entre cañas, 
serpentean por serranas
y acunan la noche estrellada
con un puñado de saetas! 


De mi poemario inédito Al otro lado de mí

«Contigo», de Peter Punk       

Mi vida es a veces como una montaña rusa.
Toco el cielo cuando me miras,
desciendo a los infiernos en tu ausencia.
Quiero pasear contigo por valles frondosos,
repletos de bellas flores.
Quiero nadar a tu lado
en ríos silenciosos,
que nos envuelvan en su cálida corriente.
Tú y yo subiendo montañas,
coronando cimas.
Con tu sonrisa soy la felicidad inundada de colores;
con tus lagrimas me convierto en ungüento
para restañar tus heridas.
Eres todo lo que quiero,
todo lo que necesito.
La que me arropa el alma en la fría noche,
la que me guía en el desconcierto.
Eres la única que puede cuidarme.
Contigo puedo vivir en el gélido cielo,
sobrevivir en el abrasador infierno.
No importa dónde, siempre que sea contigo.

Del poeta en la sombra Peter Punk, que ha vuelto a enviarme otro bonito ramillete de versos.

Carita de ángel

Para escuchar…

Para leer…

Al rozar la medianoche,
apareció como caída del cielo
aquella hermosa criaturita 
de cuerpo rechoncho
y corazón de oro.

En su carita de ángel
llevaba pintados 
los rasgos de la mía,
la naricita achatada
y los labios encarnados.

Cómo se puede querer
tanto a alguien recién llegado
a quien nunca había visto,
sin balbucear palabras
que me dijeran algo.

Dudé de si era mío
o venía prestado,
pero se esfumaron las dudas
cuando me miró de frente
pidiendo un soplo de cariño.

Difícil era no darle mi alma
a aquel retoño de ojitos azules,
de piel transparente y rosada 
que llegaba a mi vida
como una llamarada. 

Imposible no prometerle
amor para siempre,
sintiendo sus manitas de seda
aferrarse suavemente a las mías
para nunca separarse de ellas.

A mi hijo Alejandro, que el 6 de mayo celebra su cumpleaños

Poema incluido en el libro Reverso y anverso. Poemas de largo recorrido (Libros Indie, 2022)

Diálogo entre la hija y la madre

Siento aproximarse la noche
envuelta entre quejidos y sombras.

No temas, mi vida,
que no he de abandonarte
ni despierta ni dormida.

Tendrás que arrullarme
con tu voz de terciopelo
para que despacio me adentre
en la quietud del sueño.

Cuando llegue la hora señalada,
te susurraré al oído
una dulce y enamorada nana.

¿Y si el frío
de mi corazón se apodera?

Le diré al dios de los cielos
que envíe el fuego de una estrella.

¿Y si la oscuridad
prende el miedo en mi cuerpo?

Encenderé los luceros que habitan
en las entrañas del firmamento.

En tu regazo, madre,
los sueños se he me harán eternos.

Y si así no fuera,
acosaría a la noche
hasta dar con ellos.

Ahora sé que a tu lado
se acallarán mis temores.

Deja que te mire,
deja que te adore,
deja, mi niña, que bese
tus manos de seda
y tus ojos verdes.

Si no tuviera cerca
tus ardientes brazos,
la pena de no sentirlos
me ahogaría
en mi propio llanto.

Si mis ojos dejaran de verte,
avivaría el fuego
que arde en mi vientre
hasta parirte de nuevo.

¡Nunca me abandones!

Siempre seré tuya.

¡Que no mueran tus amores!

¡Cómo han de morir,
si eres mi sol y mi luna!

Poema incluido en el libro El delirio de la palabra. Prosas y versos de juventud (viveLibro, 2016),

Amarga duda

En el límite infranqueable
que separa el amor del odio,
la aversión del afecto,
el sosiego del solivianto,
me invade la duda de saber
si es odio lo que sientes por mí
cuando dices que me amas
o es un amor desmedido
cuando insinúas que me odias.

A merced de esa amarga duda
que no logro descifrar,
ahora ya no sé si echas en falta
el echarme de menos
o si continúas queriendo
que siga estando a tu lado
para no echarme de menos
cada vez que no esté
allá donde tú te encuentres.

Del poemario Travesía sentimental (Cordel D’Prata, 2023)

«Te quiero, te amo», de Diana Colomar

Cuando mi amor ya no cabía 
en un «te quiero» ni en un «te amo»,
cogí el siguiente cruce que me aguardaba.
Pues no es lo mismo «te quiero»,
que se dice esperando una respuesta equivalente a cambio,
que un «te amo»,
una frase solidaria,
como quien suelta un pajarillo al viento
de entre la cuenca de sus manos.
Ya no me importaba si pasabas noches en la barra del bar,
con bellas mujeres,
almas solitarias
o en venta por una copa.
Tampoco me importó
si no pensabas en mi la gran parte del día,
o me traicionabas con frases oscuras a mis espaldas.
Solo esperaba
el último «restregón»
bajo una noche de lluvia intensa,
en alguna esquina.
Quería que me dieras
las llaves de mi libertad,
y nunca pudieras olvidar
que esas gotas de agua,
eran tus lágrimas por mí.
Continuará…

De la poetisa contemporánea Diana Colomar Ginto

Callejón de Aguirre

Para escuchar…

Para leer…

Relucen en mi lívida memoria
las paredes encaladas de sueños
del callejón angosto
en el que me asomé a la vida
un día lejano de otoño
con olor a castañas y acerolas.

En su inmaculada blancura
florean manojos de geranios verdes
ceñidos en tiestos de tierra erguida,
claveles reventones echando raíces
en macetas ungidas de barro,
azucenas enrejadas en balcones.

Por la mañana de luz mañanera
desde lo alto se desploman
destellos de suspiros celestes
tiñendo de vívida alegría
el requiebro de su estrecha cintura
que zigzaguea de un lado para otro.

En su suelo de alfombra empedrada
se trazan dibujos enredados
que van y vienen, que vienen y van
mientras a lo lejos se escuchan
los ecos ambulantes del traedor
de higos chumbos recién cortados.

Por la tarde de siesta y ronquido
un sol de justicia divina
se desploma en lo alto de la azotea,
hasta que un halo de brisa fresca
rebrota en las hojas donde sestean
moras, moritas, moras.

En las noches preñadas de luna
se descuelgan farolillos de estrellas
para mirarse a escondidas
en un hilo transparente de agua
que corre sin miedo callejón abajo
buscando un vocerío sin alas.

En el alma del callejón de Aguirre,
a la sombra de la calle de Elvira,
donde serpentean las Manolas,
reverdecen las azucenas y los geranios,
revientan a borbotones los claveles,
dormitan mis más remotos recuerdos.

Del poemario Reverso y anverso. Poemas de largo recorrido (Libros Indie, 2022)