La palabra

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Ilustración: Nile (Pixabay)

La palabra contiene la vida,

consuela la expresión del alma,

comunica con recelo

el agobio, la angustia,

una pasión, un sueño,

sentimiento.

La palabra ama la vida,

suspira bajo su regazo

soledad o compañía,

claridad o tiniebla,

alcanzar la muerte de la noche,

apresar el vértigo del día.

La palabra deslumbra la vida,

la engalana de estrellas,

de arrullos y piropos,

de alegrías y penas,

de baladas y tragedias.

La palabra canta la vida,

entona el silencio de la madrugada,

el sonido infinito del atardecer,

el susurro eterno del viento

que grita la búsqueda de tu mirada.

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Granada la roja

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Yo sé que tienes el cuerpo

tendido bajo la nieve,

la mirada erguida,

los pechos ardientes.

Yo sé que tu pelo verde

se enreda entre vagas sombras,

mientras un fino hilo de agua

recorre tu cuerpo a solas.

Yo sé cómo emerges en la bruma,

izada en un barco de piedra,

surcando el alma de las horas

cuando tu torre de la vela se despliega.

Ya sé que tu boca brama

un grito de espuma roja,

como si te abrieras las venas

con alfileres de nácar.

Ya sé, luz de tinieblas,

cómo el brillo de tus huellas

asustado resplandece

cuando el sueño amargo te desvela.

PD

«La Alhambra y Sierra Nevada», el precioso cuadro que ilustra este poema, es de la pintora británica afincada en España Margaret Merry, cuyos dibujos de Granada pueden verse en su magnífico blog https://paintingsofgranada.wordpress.com

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Granada, calle de Elvira

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Puerta de Elvira (Granada), pintura de Julio Visconti (http://fpjuliovisconti.com)

De este a oeste,

frontera de presagios y miedos,

cruza los abismos inmortales del tiempo

la Granada dormida,

la Granada despierta.

Nacida para lo eterno,

bajo un arco de espuma roja,

aspira el viento de la vida,

se enfunda un manto de sombras

y camina tímida y despacio,

serpenteando silencios,

murmullos acristalados,

tentaciones hendidas

en un corazón vehemente y furtivo.

Granada, calle de Elvira,

próxima y lejana,

solitaria y perdida,

quién puso un verso en tu boca

y luego te besó enamorado,

mientras pasaba la noche

navegando de orilla en orilla

en su hermoso barco de penumbras.

Elvira, calle sin nombre,

nunca ciegan los ojos que te miran,

nunca tiemblan las manos que te acarician,

nunca, Elvira, cesan los pasos

que enloquecidos te recorren

hasta dejarte reposar a oscuras

en lo más inmenso de otro mundo,

donde ya no eres tú,

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Desconocidos poetas

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Foto: twin1961 (Pixabay)

Los desconocidos poetas son como la cara oculta de la luna: se saben que existen pero nadie logra verlos. Se les ha condenado despiadadamente a vivir de espaldas a la luz de las miradas. Permanecen atrincherados en la ocultación y en la sombra, en la desidia ajena y en la penumbra, pero también en la desnuda pasión por desentrañar hasta la más mínima definición de la vida.

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Tiempo de silencio

Se me fue el tiempo. Ni siquiera me despedí de él. Antes de que pudiera darme cuenta, ya se había ido sin decir una sola palabra. Es posible que en ese momento estuviera distraído o quizá mi mente anduviese perdida en la nada, pero su marcha me pilló a traición, con el paso cambiado y el corazón a punto de dejar de latir.

Oda a la soledad

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Se deshizo entre mis dedos lo único que me quedaba. Mis manos se quedaron vacías, como mi corazón y mi alieno. Desde que te fuiste, de repente, sin tiempo para despedirte, no tengo nada, no siento nada, no quiero nada. Mi boca se secó y mi voz solo pronuncia palabras mudas, que no dicen ni callan.

Sé que no quisiste irte, ni yo que te fueras. Sé que no fuiste tú quien decidió abandonarme, ni yo quien te animó a que lo hicieras. Por eso, quizá debimos irnos juntos. Todo menos soportar esta inmensa soledad que tanto me duele, que tanto me pesa y tanto me hiere. Si no estás tú, no tengo a nadie. Solo sombras y silencios a mi alrededor que me envuelven en el doloroso vértigo de tu ausencia.

Cuando cerraste los ojos para siempre, me prometí a mí misma seguir viviendo, intentar sobrevivir sin dejar de…

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Un país lejano y próximo

 

Cuando llegué a Madrid a mediados de los 60, después de haber pasado buena parte de mi infancia en Noruega, tuve la sensación de haber aterrizado en lugar ajeno, al que no pertenecía, en el que todo me resultaba extraño: el laberinto de calles con olor a gallinejas y vermú con sifón del barrio de Lavapiés al que nos trasladamos a vivir, las gentes con todos los acentos que lo poblaban, sus tiendas de ultramarinos todavía con decorados de posguerra…, e incluso el español, que era como mi segunda lengua. Sigue leyendo

Tiempo

Ilustración: Ernest Descals (https://ernestdescals.files.wordpress.com)

I

El tiempo detiene su péndulo

buscando su última palabra.

La lluvia juega a caer,

ritmo de gota incesante.

El cielo se viste de oscuridad,

final del trayecto,

alguna razón perdida

que se intenta recuperar.

Y un silencio profundo

agota las rendijas del alma,

todo el cansancio de un momento.

II

El tiempo apaga luces,

cruza una lágrima en su trayecto,

sin dejarse tocar una milésima de su cuerpo.

El tiempo sueña, y yo con él,

pero ama con un solo instante en la mano;

se pierde como un soplo de brisa

sin dejar rastro de su llanto.

El tiempo busca mañanas,

un punto en el infinito,

lejano, siempre inalcanzable.

El tiempo busca como busco yo

tu sombra en la noche,

el rumor de tus pasos,

que parece callar

cuando trato de seguirlos.

El tiempo intenta volar,

atravesando siglos en un minuto,

mientras yo juego a flotar sin más

en el eco perdido que lanzó tu voz

hace una eternidad,

hace una vida, hace nada.

III

El tiempo se envuelve en un vendaval

que arrastra cuanto encuentra a su paso

sin dejarse ver ni tocar.

El tiempo se tiñe de mil colores,

rojo intenso a veces,

azul, verde, gris o negro;

negro de locura sin despertar,

de delirio que nunca despertará.

El tiempo es querer y no querer,

ambición y desatino,

deseo y desesperanza,

Incertidumbre y destino,

tiempo de su tiempo.

Canción a solas

«Los amantes» (1928), de René Magritte (Museo de Arte Contemporáneo de Nueva York)

Tú, tan solo tú, un anochecer suspirando y yo. Tú y yo, un espacio adormecido jugando entre ambos, el aire leyendo la despedida de la tarde. A solas tú y yo. Tímidamente a solas, entre paredes temblando como rosas de papel, tendidos nuestros corazones al pie de un rincón incendiado por una pasión llorando a solas. Sigue leyendo