En nombre del padre (I)

Jorge Manrique & Rodrigo Manrique de Lara

«Jorge Manrique» (h. 1440), de Juan de Borgoña

Cariño póstumo

Hubo una vez un tiempo en el que no había escuela o colegio y, por ende, profesor de lengua o de literatura que no creyeran de esencial importancia enseñarnos los valores literarios de los escritores más ilustres de las letras españolas. Entre ellos, amén de autores imprescindibles en nuestro catálogo académico, como Miguel de Cervantes, Calderón de la Barca, Lope de Vega, Luis de Góngora o Francisco de Quevedo, había otros que, a fuerza de leerlos, también terminaron por convertirse en «cómplices» necesarios del interés y la pasión que muchos acabamos sintiendo por la literatura. Sigue leyendo

Soy

Ilustración: Alina Louka
https://www.saatchiart.com/alinalouka

Soy celoso hasta del viento

que acaricia tus ojos,

hasta del silencio

que quiebra nuestras miradas

cuando nada dicen ni nada sienten.

Soy celoso del tiempo que nos ausenta,

y de los pasos que lentos nos alejan

hasta el final de la distancia.

Soy temeroso de las negras luces de la noche,

cuando desesperadas te persiguen

para apresar el resplandor de tu cuerpo.

Soy nada, soy tuyo,

soy el aire que se agota en tu aliento,

soy el miedo que se estremece en tu huida,

en tu largo deambular por el límite

de lo imposible.

Soy el fiel defensor del amanecer

que en tus manos crece

como espigas de sol.

Soy el temor a perderte,

a ser el vacío que tu boca pronuncia

indiferente y callada.

Soy el oscuro atardecer

que entre las sombras te busca,

como si nada existiera sin ti,

como si la vida fuera

el profundo abismo de la nada.

Soy el llanto de tus lágrimas ocultas,

un gemido de dolor que grita y muere

al sentir que no puede ver

tu corazón en penumbras.

Soy el mar vacío sin tus aguas,

el solitario firmamento

al encuentro de la estrella

que brilla en tu alma.

Soy el anhelo a encadenarse a ti.

Soy el más angustiado celoso

de tu amor y de tus sueños.

La más alta cima

Ilustración: Pixabay

La arena del reloj celeste a veces se duerme en su propio sueño, alargando hasta lo imposible su último segundo misterioso. Deja, poco a poco, impacientar mi deseo de que una brisa cualquiera asome a través del ventanal resplandeciente y me anime a volar con ella hacia la abierta inmensidad de un universo aún por descubrir.

Desde lo alto, desde la cima más dibujada en el aire, he de observar caminos indescifrables, gigantes de humo, enanos de piedra, solitarios y mudos, que tratan de agitarse empujando sus vidas. No me sentiré ni más ni menos, ni alto ni poderoso. Solo pretenderé asomarme entre nubes hacia la confusa insolencia de un mundo que parece querer alejarme de ti. Volaré solo si es preciso, cubierto de lluvia, nieve o viento, hacia la luz, hacia un planeta con un infinito horizonte.

Si en un destello de suerte buscada pudiera adivinar tu figura, te diría ven, deseo sentir tu cuerpo a mi lado, flotando suavemente cerca de mí, y, apartados del polvo y la tierra, habitaríamos solos en la más elevada cima del universo.

Oda a la soledad [Anexo]

Ilustración: Egin Akyurt

Los hay que aún andan huérfanos de amor y un poco de compañía, solos en mitad de un vacío que no consiguen colmar. Pero también los hay que han visto cómo lentamente se desvanecían sus viejos sueños, sus grandes o pequeñas esperanzas, sus revoluciones interiores o las que querían aflorar para cambiar el mundo. Tal vez es que, casi sin darnos cuenta, cuando echamos la vista atrás comprobamos que hemos ido perdiendo demasiadas cosas que siempre debieron pertenecernos, pero que alguien nos ha ido arrebatando sin pedirnos permiso. Quizá es que nos hemos dejado abducir por falsas promesas para luego dejarnos desnudos en mitad de la nada, enredados en un laberinto de ideas y enajenaciones ajenas.

En este «invierno de nuestro descontento» ya no queremos que nos hieran más, que nos desangren el corazón y la mente. Solo queremos recuperar nuestra vida, nuestra única y preciosa vida, por la que cada día tenemos denodadamente que desvivirnos para seguir viviéndola. Solo queremos que nos devuelvan nuestra realidad y nuestra ficción, lo que fuimos y lo que hemos dejado de ser, que no hay nada más hermoso que recostarse plácidamente cada noche al abrigo de nuestros pensamientos y nuestros recuerdos, nuestros amores perdidos, siempre eternos o nunca olvidados, nuestras aventuras y desventuras, nuestra simple rutina cotidiana, nuestros horizontes cercanos, esos que cada día somos capaces de rozar apenas con la punta de nuestros dedos.

«Oda a la soledad [Anexo]» está incluido en el libro El alma desnuda. Relatos desafiando al tiempo (viveLibro, 2018)

Imaginación

Ilustración: vinsky2002

Con un solo vaso de nada

inundé de mares el cálido desierto.

Con un solo aliento

adormecí un rugiente volcán.

De un solo salto elevé mi cuerpo

hasta la inmensidad de un astro.

Con una sola mano

aplaqué la ferocidad de una guerra.

Con una sola lágrima

apagué toda la fuerza

del más devastador fuego.

Un sola palabra me bastó

para crear el mundo otra vez.

Cualquier cosa, dicen,

puede la imaginación,

poder irresistible de la mente apasionada;

poder inagotable y vivo;

poder mágico y maravilloso;

poder, digo, traidor a veces,

desesperanzador y confuso,

ensombrecido y débil,

que lo permite todo…

Todo, menos descifrar un amanecer a tu lado,

en algún lugar, en algún tiempo…

La palabra

Ilustración: Nile (Pixabay)

La palabra contiene la vida,

consuela la expresión del alma,

comunica con recelo

el agobio, la angustia,

una pasión, un sueño,

sentimiento.

La palabra ama la vida,

suspira bajo su regazo

soledad o compañía,

claridad o tiniebla,

alcanzar la muerte de la noche,

apresar el vértigo del día.

La palabra deslumbra la vida,

la engalana de estrellas,

de arrullos y piropos,

de alegrías y penas,

de baladas y tragedias.

La palabra canta la vida,

entona el silencio de la madrugada,

el sonido infinito del atardecer,

el susurro eterno del viento

que grita la búsqueda de tu mirada.

Te sugiero huir

Imagen: Comfreaks (Pixabay)

Camino del mar te espero, camino del callejón solitario y angosto que conduce al corazón de la verdad y el entendimiento. Te espero izado en el horizonte, sobre el arco iris del mil colores que irradia una luz rebosante de vida, aviso de lluvia que momentáneamente habrá de limpiar la imperfección del aire y su velada sombra. Te aguardo tendido en el valle verde, elevando la vista hacia el inmenso cielo, dueño del día y de la noche, compañero del desconsuelo y la agonía. Al tiempo que cada grano de arena va construyendo montañas, adelantaré mi pensamiento al momento justo en que presienta tu cálida presencia, tu inconfundible cercanía, pausada y sonriente, que sin querer quiere infundir en mí impaciencia y solivianto.

Te soñaré dormido o despierto, agonizante o vivo, ávido de palabras o en silencio, pero siempre en brazos de la diosa fantasía, en la que, al amanecer, se refugian los que sueñan con volar algún día al planeta de lo indescifrable. Te espero a las puertas del amor, de pie sobre la apacible vereda que sinuosa se extiende hasta el lugar en el que el destino habita, como un tiempo irreconocible e incierto que se hace rogar sumergiéndose en el desconcierto, la inquietud y la duda.

Te lloro por fuera, liberando lágrimas que impiden cualquier uso de la razón, seguramente ansiosa por ocultar tu imagen en las entrañas del olvido. Te lloro por dentro e inundo mi espíritu de sentimientos frágiles e indefensos ante tu voz o tu mirada, ante tu más mínimo gesto, pretendidamente inexpresivo, pero capaz de arrastrarme hasta lo más profundo de la inconsciencia. Te sugiero huir hasta la otra orilla; solo es preciso caminar sobre la bravura del agua, para finalmente llegar hasta la frontera de un paraíso recreado en el ensueño, pero real y palpable si quisiéramos, si nuestros deseos tuviesen la fuerza suficiente para convertir lo fugaz en eterno; para transformar tu indiferencia en acercamiento mutuo que permitiese disipar la neblina, encontrar en el laberinto del universo algún rincón inexplorado y maravilloso, hecho solo para amar y ser amado.

Desconocidos poetas

Foto: twin1961 (Pixabay)

Los desconocidos poetas son como la cara oculta de la luna: se saben que existen pero nadie logra verlos. Se les ha condenado despiadadamente a vivir de espaldas a la luz de las miradas. Permanecen atrincherados en la ocultación y en la sombra, en la desidia ajena y en la penumbra, pero también en la desnuda pasión por desentrañar hasta la más mínima definición de la vida. Sigue leyendo