Cada todo

raheel19630 (Pixabay)

Cada palabra un mundo.

Cada gesto un universo.

Cada mirada un sol

que intriga hasta esconderse

Cada sonrisa un dios

que deja alabarse.

Cada paso un camino,

un laberinto sin fondo

del que cuesta salir.

Cada suspiro, viento,

ráfaga de frío intenso

capaz de atravesar el alma.

Cada despedida

un quisiera matar el tiempo.

Cada saludo,

despertar sin aliento

Cada insinuación, sentimiento,

balada que incita a volar.

Cada todo tuyo, deseo,

quizás amor, seguramente.

A ninguna parte

Una madre y su hijo, refugiados en cualquier sitio. Imagen: heblo (CC0)

Habían atravesado la capa de nubes y un sol radiante bañaba todo el interior del avión… Por la ventanilla, se podía ver volar en perfecto orden a aquella hermosa bandada de pájaros amarillos y turquesas. Batían sus alas con energía, como si se esforzaran por marcar una senda invisible por la que, al parecer, nuestro vuelo debía discurrir. En realidad, nadie de las decenas de personas que allí dentro permanecíamos hacinadas sabíamos exactamente adónde nos dirigíamos, qué fatal destino nos deparaba al final del viaje. Por el momento, de lo único que éramos conscientes era de la inquietante paradoja que nos acechaba, que había anestesiado nuestra voluntad y nuestros corazones. Cómo no sentirse inútilmente atrapados, amordazadas las palabras y las ideas, cada vez que observábamos aquel vuelo libre que nos acompañaba. Cómo no desahogarse en lágrimas tratando de entender por qué habíamos sido repatriados sin tan siquiera tener patria. Cómo no desvanecerse sintiendo que hubo un día en el que nos movió el ardiente deseo de encontrar una vida mejor, y ahora nos ahogaba la desesperanza.

A los repatriados de cualquier lugar y tiempo, que fueron condenados a volver al infierno

Granada, calle de Elvira

Puerta de Elvira (Granada), pintura de Julio Visconti (http://fpjuliovisconti.com)

De este a oeste,

frontera de presagios y miedos,

cruza los abismos inmortales del tiempo

la Granada dormida,

la Granada despierta.

Nacida para lo eterno,

bajo un arco de espuma roja,

aspira el viento de la vida,

se enfunda un manto de sombras

y camina tímida y despacio,

serpenteando silencios,

murmullos acristalados,

tentaciones hendidas

en un corazón vehemente y furtivo.

Granada, calle de Elvira,

próxima y lejana,

solitaria y perdida,

quién puso un verso en tu boca

y luego te besó enamorado,

mientras pasaba la noche

navegando de orilla en orilla

en su hermoso barco de penumbras.

Elvira, calle sin nombre,

nunca ciegan los ojos que te miran,

nunca tiemblan las manos que te acarician,

nunca, Elvira, cesan los pasos

que enloquecidos te recorren

hasta dejarte reposar a oscuras

en lo más inmenso de otro mundo,

donde ya no eres tú,

donde tu niebla se convierte

en azules palomas de agua.